Argentina y una geopolítica de emergencia

Entre rescates financieros, alineamiento estratégico y tramas políticas opacas, el Gobierno consolida un rumbo con escaso margen de corrección y múltiples costos latentes

La política exterior argentina dejó de ser un tablero para el equilibrio y se convirtió en un sistema de auxilio permanente. El Gobierno de Javier Milei ratificó en Davos que su eje excluyente es Estados Unidos, no como preferencia coyuntural sino como condición estructural de gobernabilidad. El mensaje no tuvo épica ni estridencias: fue la confirmación de que el margen de maniobra se agotó y que cualquier alternativa quedó clausurada por necesidad financiera.

El contexto internacional tampoco ofrece amortiguadores. Washington tensiona con Europa, revisa acuerdos comerciales, presiona con sanciones y retrocede cuando los mercados reaccionan. La amenaza sobre Groenlandia, finalmente desactivada tras mediaciones y concesiones estratégicas en bases militares, dejó una postal elocuente: incluso las potencias ajustan su retórica cuando Wall Street se inquieta. En esa escena, Milei eligió el bajo perfil. Evitó el conflicto central del foro y aceptó un rol secundario, consciente de que la prioridad no es disputar liderazgo sino sostener respaldo.

La asimetría del vínculo quedó expuesta en varios planos. Mientras la Argentina acompaña decisiones sensibles —como la adhesión al Consejo de Paz impulsado por Donald Trump o la revisión para abandonar decenas de organismos internacionales—, el Gobierno carece de información clave sobre asuntos propios. El caso del gendarme argentino detenido en Venezuela es ilustrativo: no hay novedades oficiales ni canales diplomáticos activos, en un país donde la representación quedó vacante tras el retiro de Brasil. El alineamiento no garantiza, por ahora, capacidad de incidencia.

La dependencia tiene raíces concretas. Los dos salvatajes financieros de 2025, uno del FMI y otro del Tesoro estadounidense, resultaron decisivos para sostener la estabilidad y también para el triunfo legislativo del oficialismo. Ese respaldo condiciona el presente y el futuro inmediato. Cualquier gesto que incomode a Washington —ya sea en política comercial, financiera o geopolítica— aparece como un riesgo que el Gobierno no está dispuesto a asumir.

Sin embargo, la realidad económica introduce tensiones adicionales. China se convirtió en el principal socio comercial argentino, impulsada por la exportación de soja tras la quita temporal de retenciones y por la apertura importadora, que alcanzó niveles récord. El dato incomoda a Estados Unidos, pero el Gobierno lo administra en voz baja, como una necesidad estructural que no admite confrontación discursiva. La frase presidencial en Davos —“China ofrece muy buenas oportunidades”— funcionó más como formalidad que como señal de autonomía.

En paralelo, la economía doméstica no termina de reaccionar. La actividad sigue débil, las reservas se refuerzan por exigencia externa y el Ejecutivo apuesta a captar dólares fuera del sistema formal como palanca de reactivación. Esa estrategia abrió conflictos internos. La renuncia del titular de la UIF, tras objeciones a la ley de “inocencia fiscal” por su posible contradicción con normas internacionales antilavado, expuso un choque entre la urgencia económica y los compromisos asumidos con los organismos que hoy sostienen al país.

Puertas adentro, el poder libertario muestra una fisonomía menos disruptiva de lo que su relato promete. El armado político se nutre de operadores experimentados, negociaciones por cargos y financiamiento, y vínculos que atraviesan fronteras difusas entre la política, los negocios y zonas grises del sistema financiero. Cambian las consignas y los eslóganes, pero persisten prácticas conocidas: regateos por candidaturas, aportes interesados y alianzas funcionales al acceso al Estado.

Ese entramado convive con una vigilancia constante. La lógica de la seguridad y del control externo se filtra en la vida política, con información sensible que circula, advertencias preventivas y una supervisión que no siempre es visible pero resulta efectiva. La estabilidad del proyecto parece descansar tanto en el respaldo financiero internacional como en la capacidad de administrar —y contener— esas tramas internas.

La política migratoria estadounidense, cada vez más dura, y la expansión del aparato de control también forman parte del paisaje que observa la Casa Rosada. No se trata solo de una agenda externa: es un termómetro del clima político en Washington, donde Trump enfrenta elecciones de medio término con pronóstico incierto. El resultado tendrá impacto directo en la Argentina, más por dependencia que por afinidad ideológica.

Así, el Gobierno avanza en una geopolítica de emergencia. La prioridad es sostener el flujo de apoyo externo, aun a costa de resignar autonomía y aceptar un rol subordinado. El dilema no es nuevo, pero se presenta con rasgos más nítidos: menos opciones, más condicionamientos y una estructura de poder que se organiza bajo presión constante. El rumbo está definido. Lo incierto es cuánto tiempo puede sostenerse sin que el costo político, económico y social se vuelva inocultable.

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