Aquello que no dijimos en voz alta y se quedó para siempre

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Se amaron con pudor, como si el amor fuera algo frágil que podía romperse con una palabra de más. Dormían de espaldas, pero se buscaban con los pies. En la cocina compartían silencios largos, de esos que parecen vacíos pero están llenos de cosas que no se animan a salir. Él pensaba en decirle que el mundo era menos hostil desde que ella estaba. Ella ensayaba frente al espejo cómo explicarle que ya no imaginaba futuros donde él no apareciera. Ninguno hablaba. Y aun así, todo estaba dicho en los gestos: en el mate cebado a la temperatura justa, en la campera prestada, en el mensaje “avisame cuando llegues”. El día que se dijeron “te amo” no fue épico. Fue martes, llovía y no había luz.

 

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