Lo que vino después: cuando la muerte es el camino de entrada

Las personas que aquí llamaremos como E y V, apenas se conocían. Tras la muerte de un individuo nexo -que será A-, y con el paso del tiempo, construyeron un vínculo inesperado y adulto

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La historía llegó a los oídos de este cronista por parte de los propios protagonistas y, por trazar un inicio, un día cero, podría comenzar así: E. y V. no eran desconocidos, pero tampoco tenían trato. Se habían cruzado en cumpleaños, alguna comida familiar, saludos cordiales sin continuidad.

E. era el hermano menor de A.; V., la mujer que había estado casada con él durante más de veinte años. E y V eran cuñados pero apenas se conocían, la vida nómade de A se había convertido en una frontera invisible dentro del núcleo familiar.

Lo que el trabajo y la labor de A había convertido en distancia, la enfermedad lo transformó en cercanía primero, luego en urgencia. Lo cierto es que E y V coincidieron de verdad en una sala de espera de hospital un martes a la mañana, cuando todavía no había terminado de aclarar.

Los dos estaban ahí por la misma persona. Esta vez no hubo mesas largas ni conversaciones superpuestas. Se sentaron cerca, se reconocieron sin necesidad de presentaciones y entendieron que la espera iba a ser compartida.

Durante los primeros días, mientras empeoraba el cuadro de A, E y V compartieron café de máquina, silencios largos, alguna información práctica: quién se quedaba a la noche, a qué médico había que insistirle, dónde estacionar sin que multaran.

Se conocían poco y nada pero sin querer, pasaban mucho tiempo juntos.

La prioridad era A. aunque durante los últimos meses, ambas relaciones no funcionaban. Con E, su hermano menor, casi no hablaba: apenas algunos mensajes esporádicos. Con V, su esposa y madre de sus hijos, se habían separado pero vivían en la misma casa. Eso sí: era un secreto intrafamiliar.

Lo cierto es que A. tenía cáncer pero había decidido no hacer nada con ello: se dejaría morir. Él dormía casi todo el tiempo. Cuando despertaba, pedía agua o preguntaba la hora. No había escenas memorables. Era una espera organizada.

Durante estas semanas de compañía que se convirtieron en meses, E y V compartieron almuerzos y charlas. E le contó que estaba escribiendo un libro y V, la verdad de su matrimonio. Una tarde, en especial esa tarde, llovía. Habían tenido que esperar un resultado médico bajo la lluvia y decidieron ir a cambiarse al departamento de E. No pasó nada pero hubo un deseo tácito que bramaba en el aire.

A. murió un jueves, a media tarde. No hubo últimas palabras. Después del entierro, cada uno volvió a su casa. E. regresó a una rutina conocida pero alterada: había perdido a su hermano. V. volvió a una casa grande, con hijos que ya no vivían ahí todos los días. Ordenó la ropa de A., regaló algunos libros, guardó otros en cajas que no volvió a abrir. No se escribieron con E.

DESPUÉS DEL DUELO

El primer mensaje llegó dos meses más tarde. V. necesitaba un papel que había quedado en poder de E., un trámite pendiente. El intercambio fue breve. Se encontraron en un bar de barrio. Hablaron de horarios, de oficinas, de sellos. Cuando se levantaron, ninguno apuró la despedida. Se quedaron un rato más. No hablaron de A., pero tampoco de nada importante. Fue suficiente para repetirlo.

Empezaron a verse una vez por semana. Siempre de día. Siempre en lugares públicos. El acuerdo tácito era no forzar nada. A veces hablaban de A., sin dramatizar: una costumbre, una frase repetida. Otras veces no hablaban de nada. El silencio no incomodaba.

Fue después de la muerte de A. cuando el vínculo entre E. y V. empezó a cambiar. No de golpe. No con una decisión. E. dudó varias veces. V. también. No era culpa, pero sí una sensación de desorden. Lo hablaron una tarde, sin solemnidad. Coincidieron en que no estaban reemplazando a nadie.

Un día se tomaron de la mano cruzando la calle. Otro día se besaron. No hubo un inicio formal. Tampoco secretos. No se mudaron juntos. Cada uno siguió con su vida, con sus horarios, con sus rutinas.

LA COMPAÑÍA

Los hijos de V. lo supieron al tiempo. Ya eran grandes. Hicieron pocas preguntas. Los amigos de E., después. Nadie se escandalizó demasiado. A cierta edad, las explicaciones sobran.

Hoy llevan cinco años. Viven en casas separadas, pero se llaman todos los días. Cocinan juntos los domingos. Comparten médicos, turnos, discusiones menores. Visitan el mismo cementerio, aunque no siempre al mismo tiempo.

Cuando les preguntan cómo se conocieron, dudan. A veces dicen la verdad. Otras, cambian de tema. No sienten que tengan que justificar nada. No fue un premio ni una compensación. Fue algo que pasó, cuando ya no esperaban nada nuevo.

No creen en las segundas oportunidades. Creen, más bien, en lo que puede aparecer cuando la vida ya dejó de prometer demasiado.

 

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