Formados para pensar, obligados a sobrevivir
Edición Impresa | 1 de Marzo de 2026 | 04:24
Durante décadas, estudiar Sociología, Filosofía, Historia o Letras en la Argentina no era solamente una elección vocacional: era también una apuesta a una inserción profesional ligada al Estado, a la docencia, a la investigación y a la producción cultural. Ese horizonte hoy aparece resquebrajado. La crisis de las profesiones con raíz en las ciencias sociales y humanidades ya no es una sensación difusa en los pasillos universitarios sino un fenómeno concreto que combina ajuste presupuestario, mercado laboral deprimido y una transformación más profunda en la manera en que la sociedad valora el conocimiento.
El telón de fondo es una economía golpeada, con pérdida de empleo formal y una creciente precarización que atraviesa todos los sectores. En ese contexto, las carreras humanísticas cargan con una fragilidad adicional: dependen en gran medida del financiamiento público y de un entramado institucional que hoy atraviesa tensiones severas. La reducción del presupuesto en educación superior y ciencia impacta de lleno en las universidades nacionales y en el sistema científico, donde la disminución de becas, subsidios y cargos de investigación achica el horizonte para miles de graduados.
El caso del CONICET es paradigmático. Históricamente, el organismo funcionó como una vía de profesionalización para doctores en ciencias sociales y humanas. Sin embargo, la menor apertura de convocatorias y el retraso en ingresos a la carrera de investigador han generado una acumulación de jóvenes doctores que no encuentran lugar en el sistema. Muchos sobreviven encadenando contratos temporarios, consultorías o cargos docentes interinos, mientras otros optan por emigrar o reconvertirse laboralmente.
En paralelo, el mercado privado tampoco absorbe con facilidad a estos perfiles. A diferencia de las ingenierías o de las disciplinas vinculadas a la tecnología, las ciencias sociales no siempre encuentran una traducción directa en puestos laborales específicos. Si bien existen nichos en consultoría, análisis de datos sociales, recursos humanos o comunicación institucional, la oferta suele ser limitada y altamente competitiva. El resultado es una creciente sobrecalificación para tareas administrativas o empleos no vinculados con la formación académica.
La docencia, tradicional refugio de historiadores, filósofos y licenciados en Letras, también atraviesa dificultades. La caída del poder adquisitivo del salario docente y la reducción de horas cátedra en algunos distritos obligan a muchos profesionales a multiplicar cargos en distintas instituciones para alcanzar un ingreso básico. La vocación pedagógica choca así con la necesidad de sostenerse económicamente en un escenario adverso.
Pero la crisis no es solamente presupuestaria o laboral. Hay un cambio cultural en curso. Diversos estudios y encuestas muestran que una parte significativa de jóvenes percibe que el título universitario ya no garantiza movilidad social ascendente. En ese clima, las carreras humanísticas quedan especialmente expuestas a cuestionamientos sobre su “utilidad” inmediata. La lógica del rendimiento rápido y del retorno económico medible desplaza a saberes cuyo valor es más difícil de traducir en cifras.
Sin embargo, reducir el problema a una supuesta falta de “demanda” sería simplificarlo. Las ciencias sociales y humanidades cumplen un papel central en la comprensión de fenómenos como la desigualdad, la violencia, los cambios culturales o las transformaciones políticas. En momentos de crisis, cuando se redefinen consensos y se tensiona el tejido social, su aporte resulta crucial para interpretar y procesar esos conflictos. El desafío radica en cómo articular ese capital simbólico con un modelo de desarrollo que hoy privilegia otras áreas.
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