A Don Jofre Pérez Macchi

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Por ANDRÉS SALINERO

La puerta del galpón se queja cuando Don Jofre Pérez Macchi, ochenta y tantos años, arqueólogo aficionado y maestro rural jubilado, la abre. Adentro todo es oscuridad y polvo. Entra y se inclina sobre unos cajones de madera tapados con telas. Sus manos curtidas descubren su tesoro: herramientas líticas que hace cientos e incluso miles de años hombres y mujeres de estas tierras desoladas utilizaran para subsistir: puntas de flecha, morteros, boleadoras, que Jofre fue encontrando a lo largo de varios años en diversos yacimientos patagónicos de la estepa y la costa marítima, siguiendo el curso de los ríos o al lado del mar.

Las manos agrietadas del viejo los van distribuyendo sobre una mesa, mientras me explica usos y funciones de cada uno, y cómo los construían.

Antes de irnos, me regala unas puntas de flecha y un par de pesadas piedras boleadoras. Volvemos a su casa en su viejo e impecable Peugeot 404. La mañana en Puerto Madryn es fría, luminosa.

Ya en su casa, que comparte con su esposa también octogenaria, y mientras me muestra viejas fotos de la Península de Valdés en épocas de la explotación intensiva de la sal, recuerda como para sí su época de maestro rural en plena Cordillera de los Andes, en una comunidad Mapuche.

Allí había construido una precaria casa, acarreando materiales a lomo de mula desde el pueblo más cercano, a varios kilómetros. Ya mayor, se convirtió en encargado de la explotación ovina de una estancia, hasta que se retiró.

Al irme de su casa, ya de noche y a pesar de apenas habernos conocido, me da un fuerte abrazo, como quien intuye un fin próximo, y hasta llego a adivinar alguna lágrima en sus ojos enrojecidos. Intento decir algo, agradecerle su generosidad, pero la garganta se me hace un nudo y no me permite pronunciar una palabra. No hacía falta, pienso, luego, caminando sin rumbo fijo por la costanera sinuosa.

 

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