La política desinflacionaria, ¿éxito o espejismo?

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Agustín Kozak

eleconomista.com.ar

Aún sobrevuela en la opinión pública la idea de que el abordaje del problema inflacionario del gobierno de Javier Milei ha sido relativamente exitoso, a pesar del repunte del IPC de los últimos seis meses. Esta creencia se apoya en dos elementos:

El “inédito” ajuste de las cuentas públicas y la supuesta eliminación de la dominancia fiscal.

La caída del IPC del 25% mensual (diciembre de 2023) al 3% (enero de 2026), un desplome difícil de ignorar.

La idea de “inédito”, entendida como “la primera vez que se hace algo así”, es muy discutible: los pilares del programa -atraso cambiario, tasas de interés reales muy positivas, congelamiento salarial y apertura comercial- están lejos de ser novedosos. Pero no quiero detenerme en los ingredientes, sino en los resultados.

Y cuando hablo de resultados, no me refiero a sus consecuencias productivas de la combinación de apertura comercial, atraso cambiario y tasas elevadas. Porque es obvio que, sin una reforma tributaria profunda previa y con la infraestructura deteriorándose al ritmo de la desidia oficial, difícilmente haya un destino distinto al de un proceso de desindustrialización acelerada.

Sólo basta con observar el EMAE y el empleo registrado, dos indicadores con apertura sectorial, para comprobar que los sectores que más sufren la actual política económica son aquellos aportan algo de complejidad a la estructura productiva nacional y generan empleo de calidad.

La destrucción de puestos de trabajo registrado debe ser imputada como otra consecuencia económica del Sr. Milei. Es especialmente elocuente que incluso sectores muy favorecidos por este modelo, como la minería, destruyan empleo formal. Los militantes mediáticos del gobierno se aferran al aumento del cuentapropismo para relativizar las críticas laborales, como si ese incremento no expusiera las crecientes dificultades para “llegar a fin de mes” o la precarización del mercado de trabajo. Pero no es mi punto aquí.

Así como alguna vez, Mauricio Macri pidió ser evaluado por su capacidad para reducir la pobreza, quiero enfocarme en el terreno donde el propio gobierno pide ser evaluado: su efectividad desinflacionaria. En este sentido, el “Ajuste más Grande de la Historia de la Humanidad” pudo haber reducido la inflación del 25% al 3% (recordemos que ese 25% inicial fue consecuencia de una devaluación del 50% realizada por el propio gobierno para cerrar una brecha cambiaria que el entonces candidato había contribuido a ensanchar con declaraciones explosivas). Pero, aun así, su efectividad es bastante pobre.

Comparaciones, de acá y de afuera

Comparado con otros planes de estabilización, transcurridos 24 meses de implementación, el Plan Milei es el que más inflación acumula. En el plano local, su desempeño sólo es mejor a un Plan Austral ya fuera de control para esa altura. Los programas de convertibilidad y de pos-convertibilidad fueron mucho más eficientes. Al cabo de dos años desde su implementación, el programa de Milei acumula el doble de inflación que el de Menem o el de Néstor Kirchner.

Y la experiencia internacional deja más expuesto al gobierno: todos los planes exitosos seleccionados acumularon menos inflación que el de Milei tras dos años de implementación. A esta altura Israel y Brasil tenían la mitad de la inflación acumulada por Argentina; Chile y México en el orden del 60%. Sólo se acerca Perú, con el 80%.

Notar que este análisis se cierra antes de que el viento internacional sople de frente. La crisis petrolera amenaza con fortalecer la ya resiliente inercia inflacionaria. Podrá ser usado como excusa, pero la baja efectividad viene de antes. Sin ahondar en la devastación de la infraestructura, la desindustrialización, la destrucción de empleo de calidad y el avance de la informalidad laboral, basta decir que son costos demasiado elevados para una política económica que exhibe resultados tan mediocres, incluso evaluada bajo su vara preferida: la inflación.

política desinflacionaria

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