“Sentí que era una obligación”: cómo se filmó “La noche de los lápices”, la película de Héctor Olivera
Edición Impresa | 22 de Marzo de 2026 | 02:44
Por PEDRO GARAY
Héctor Olivera no quería hacer una película sobre la dictadura. El cineasta y productor se encontraba en un festival de cine cuando le preguntaron directamente por qué no filmaba una película sobre lo ocurrido tras el golpe militar de 1976. Había vuelto la democracia, y su voz estaba en el mundo cinematográfico autorizada por los años al frente, junto a Fernando Ayala, de la legendaria Aries Cinematográfica Argentina (cualquiera que haya vivido los 80 recuerda el logo de Aries, que además de capitanear los éxitos cinematográficos de Alberto Olmedo, dejó en el cine nacional películas como “La Nona” y “Tiempo de revancha”).
Pero Olivera no se consideraba el director para tratar lo ocurrido, y respondió a aquel pedido negativamente. Hasta que un día abrió el diario y encontró las declaraciones de Pablo Díaz en el Juicio a las Juntas. Se estremeció. El cineasta cuenta en diálogo con EL DIA hoy, a sus 94 años, que eran tiempos donde todas las heridas sangraban todavía, todo era muy reciente, muchos hechos no se conocían y él mismo luchaba todavía con dar sentido lo ocurrido en aquella década de sangre. “Pero secuestrar a jóvenes que lo único que pedían era la aceptación del boleto estudiantil era un hecho que no se podía discutir. Eran chicos”, dice Olivera.
Así empezó a gestarse “La noche de los lápices”, película basada en la masacre ocurrida el 16 de septiembre de 1976, cuando los grupos de tareas de la dictadura secuestraron a diez estudiantes de secundaria de La Plata: Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel A. Racero y Horacio Ungaro. Seis serían asesinados sin que se hallaran sus restos hasta la fecha. Los cuatro sobrevivientes fueron Gustavo Calotti, Pablo Díaz, Patricia Miranda y Emilce Moler.
“Me pareció la mayor evidencia de la barbarie del golpe militar. Al tomar conocimiento de lo que había sido realmente el hecho… un realizador, teniendo ese arma que es la pantalla cinematográfica, la capacidad de hacer algo que se refleje, que la gente lo vea y reaccione… sentí la obligación de llevar al cine ese hecho tan terrible”, dice el realizador, que ya se había arriesgado al filmar “La Patagonia rebelde”, una década antes.
Con esa “obligación”, Olivera viajó a La Plata antes de escribir el guion. “Hablé con los familiares, con los compañeros de los chicos, particularmente con Díaz, para informarme”, relata. Luego, se juntó con Daniel Kon, que había escrito “Los chicos de la guerra”, “que me había gustado mucho”. Se basaron en los testimonios de sobrevivientes y en el libro homónimo de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez para escribir el guion.
EL RODAJE
Olivera quiso filmar íntegramente en La Plata: la película muestra varios paisajes de nuestra ciudad, el Colegio Nacional, la Plaza Rocha frente a Bellas Artes, por los que caminaban aquellos muchachos secuestrados porque sí. Los familiares de los desaparecidos prestaron sus casas para el rodaje: algunos cuartos de los chicos seguían intactos. Allí vivieron, para sentir la vida que llevaban sus personajes, varios de los actores que Olivera había elegido: Alejo García Pintos, Vita Escardó, Pablo Novak, Adriana Salonia , Pablo Machado, Pepe Monje y Leonardo Sbaraglia protagonizaron la película, y en algunos casos vistieron la ropa que llevaron los desaparecidos.
El dolor rondaba en el aire en aquel rodaje, en una ciudad devastada por las desapariciones. “Una señora me pidió que no fuera tan cruel de mostrar lo que había ocurrido. Le pedí que se siente, que se tranquilice, y le expliqué: dentro de cientos de años, cuando se estudie este mundo, esta película va a ser un testimonio. Para usted es muy doloroso, pero piense en los miles de espectadores que tendrá”, cuenta Olivera. Fue una de las críticas más recurrentes a la película: la crudeza. Pero el director quería enfrentar lo ocurrido, explica. Por eso eligió a chicos, muchachitos, para encarnar a esos adolescentes, y no a actores disfrazados de jóvenes: quería que cualquiera pudiera sentir que eran unos pibes, que iban a la escuela y discutían sobre lo que les interesaba. Con ese mismo fin, recuerda, reconstruyeron en el estudio de Aries el Pozo de Banfield, construyendo muros de ladrillo: no quería que los chicos se apoyaran, golpearan y lloraran entre paredes de cartón, quería que se sintiera el impacto de ese encierro y esa tortura.
“Un realizador, teniendo ese arma que es la pantalla cinematográfica, la capacidad de hacer algo que se refleje, que la gente lo vea y reaccione… sentí la obligación de llevar al cine ese hecho tan terrible”
Héctor Olivera
Cineasta
EL ESTRENO
“La noche de los lápices” se estrenó hace casi 50 años, en septiembre de 1976, para coincidir con el aniversario del hecho. En la mañana del estreno, Aries amaneció con una bomba: “Cuando las revisadoras llegaban al estudio para revisar que las películas que volvían de los cines estuvieran enteras, a eso de las 5 de la mañana, encontraron un paquete en el canasto de la basura. Una lo agarró y lo llevó al edificio, sin saber por qué alguien había dejado semejante paquete allí. Era una bomba”, cuenta Olivera. El paquete tenía un kilo de trotyl. “Al desarmar la bomba, la policía dijo que estaba armada por especialistas, pero con toda la intención de que no explotara: si explotaba, volaba toda la manzana”.
Ese mismo día, en el cine San Martín, al apagarse las luces durante el estreno de la película, una voz anónima anunció que estallaría una bomba. “Era una prueba del poder que seguían teniendo los militares durante los primeros años de democracia”, dice el cineasta. “Hacer esa película en ese momento fue un acto de irresponsabilidad del que habla: hacer esa película en ese momento era de un riesgo político y práctico. Pero yo todavía creía en la libertad de expresión”.
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