Tour de pesca inolvidable
Edición Impresa | 29 de Marzo de 2026 | 05:51
Por RAQUEL CORTÉS
Conjugadas las condiciones climáticas ideales y cumplidos varios compromisos ineludibles, por fin, en marzo, hice realidad, el regalo de cumple 80años que mis hijos habían gestionado a través de un shop de pesca. El miércoles 11, me levanté a las 6:00 am, desayuné liviano y me dirigí a Berisso. Llegado a la zona ribereña me perdí entre los embarcaderos pero finalmente llegué a Aimara Fishing a las 8:05, donde encontré a mis compañeros de andanza deportiva, a quienes aún no conocía. Cargados los enseres y aparejos necesarios, dejamos el muelle rumbo a las cuatro bocas del río de La Plata, cercano a los astilleros de Río Santiago. Pablo, capitán de la embarcación (ucraniano, de unos 50 juveniles años con 25 de residencia en Argentina), experto en este tipo de tours por los riachos del Delta, La Plata y la costa Marplatense, amable, didáctico y atento a todos los “vaivenes” propios de una jornada de estas características. Los otros, Carlos y Rubén (cercanos a los 70/75 años) tipos sencillos, de buen trato y avezados protagonistas en historias y avatares de capturas piscícolas, ya fuere desde la costa, muelle o embarcados. Y yo, Raúl, docente “felizmente jubilado” (como gusto autocalificarme) desde hace más de una década, completamos la tripulación de la lancha de unos 5 por 2,50 mts. aproximadamente.
Un día agradable de cielo límpido, ligera brisa del este, bajo un sol brillante que ya escalaba sobre nuestras cabezas, mientras nos deslizábamos sobre las aguas. La travesía por el canal de entrada al puerto de La Plata entre la Isla Paulino y la Isla Santiago en el margen opuesto, me trajo innumerables recuerdos vividos en mi juventud hace 50/60 años en sus riberas, la extensísima y solitaria playa, junto con su interior selvático. Un poco más adelante salimos a aguas abiertas bordeando los restos de antiquísimos malecones de madera, construidos hace más de 100 años para delimitar el canal del puerto. El transcurrir del tiempo y encarnizados vendavales los arremetieron durante décadas, reduciéndolos a mudos despojos, cuyas bases o lo que hoy queda de ellas, apenas afloran sobre la superficie de las aguas. Con mano experta el timonel acercó la embarcación a uno de esos maderos y la amarró a él. Enseguida los tres dispusieron sus equipos y, encarnadas con granos de trigo crudo, lanzaron las líneas al agua, a la espera del ansiado pique de las bogas. Yo, entretanto, esperé el turno en que Pablo preparó un aparejo para mí y me sumé al terceto. Esperamos bastante tiempo por el pique que, pasada una hora larga no se produjo. Fue ahí que, debido al ajetreo de las olas que sacudían la embarcación con persistencia, asida como estaba por el cabo de popa al malecón y con el ancla de proa enterrada en el fondo, comencé a padecer un malestar estomacal que no pasó desapercibido a mis acompañantes. Dejé la caña en la porta caña adherida a la borda y me incliné como un “ovillo”, oprimiendo la zona ventral y esperé... No tardaron en llegar las náuseas con arcadas y asomes por la borda para descargas de estómago. Por suerte no experimenté dolor de cabeza como en otros trances semejantes, pero la situación me descompensó. Busqué entonces abrigo en la campera que traía en la mochila y me acurruqué aguardando sucesivos espasmos y volcadas fuera de borda que me tuvieron a mal traer. Así pasaron un par de horas “interminables”, en las que me preguntaba “¿Qué estaba haciendo yo, ahí?”. Los demás tripulantes me alentaban al verme en un estado tan deplorable. Incluso Pablo ofreció suspender la jornada y volver, idea que rechacé de plano para no arruinarles el día de pesca. Pasado el mediodía decidieron buscar otro lugar para probar mejor suerte y revertir la nula captura de las esquivas bogas. Dejamos esas aguas en busca de un remanso tranquilo donde reanudar las acciones. En el nuevo emplazamiento, sin tanto oleaje, comenzó a mejorar mi estado fisiológico como anímico. No ingerí agua ni alimento en todo ese tiempo, -más allá del desayuno en casa-, para mantener el estómago sin sobrecarga. Fue debido a ese “renacer” que retiré la caña de su anclaje y me sumé a la espera del pique. Cerca de las 13, mientras se evocaban anécdotas y relatos de jornadas venturosas de pesca -que en nada semejaban la presente-, en una racha de suerte, Pablo logró una seguidilla de capturas que incluyeron varios ejemplares de diferentes especies y portes, que valió el comentario jocoso del resto: “Este debería pagarnos a nosotros. Nos trajo hasta acá… y ¡el único que pesca es él!”. Al rato fue mi línea la que comenzó a moverse dando varios sacudones. Di el consabido cañazo para ensartar la presa y comencé a recogerla girando las manillas del reel, ante el estupor de mis acompañantes que se decían: “No puede ser... ¡Este estaba medio muerto y ahora logra lo que nosotros no pudimos en todo este tiempo!”. Pablo filmó los instantes en que manipulaba un bagre amarillo que estimaron de un porte que no ameritaba sacrificar su vida. Decidimos, de común acuerdo, devolverlo al agua, previo dejar documentado en imágenes mi desempeño pesquero. Luego Rubén y también Carlos, pescaron algunas bogas y bagres que, al regresar a puerto faenaron y repartieron, disponiéndolos en sendas heladeritas para freezar y degustar oportunamente. Yo, agradecí su ofrecimiento pero desistí enfáticamente de mi parte del botín. Ya en tierra, retirados nuestros bártulos personales, obsequié a cada uno una caja con vasos para “trago largo”, que fabrico con botellas de vino vacías, como suvenir de esa jornada especial e inolvidable. Un original regalo de cumpleaños, cuya idea, propiciada y solventada por mis queridos hijos -Javier, Silvina y Raúl Andrés-, sazonado con alternativas tan variadas y pintorescas, recordaré siempre.
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