Un rumbo a seguir para una mejor reinserción social de los detenidos

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El caso de un joven de 25 años de edad que purgó 6 años contenido en el instituto de seguridad Almafuerte de nuestra ciudad, por un delito penal cometido cuando era menor de edad y que al cumplir la condena y quedar en libertad creó la biblioteca popular “La Esperanza” en el barrio El Palihue, debiera servir para profundizar la resocialización de chicos alojados en institutos de seguridad y también de los adultos presos en las cárceles bonaerenses, muchos de ellos privados de toda actividad laboral o recreativa, en lo que constituye una situación injusta y muy negativa.

Tal como se informó en este diario, el joven ofreció en su testimonio detalles de interés sobre su estadía en el Almafuerte, un establecimiento que, lamentablemente, muchas veces sufrió motines, fugas y desórdenes por parte de los internos. Sobre su caso dijo: “Estuve seis años en un instituto de menores y estando adentro me acerqué a los libros para distraerme de todos los líos que hay ahí. Empecé a asistir a todos los talleres porque buscaba algo que me dé paz, y de pronto pasé a ser el chico que estaba en el rincón, que leía libros, el que compartía poesías o que cantaba solo”, recordó.

Dijo que cuando empezó a leer su mente comenzó a despejarse. Y que empezó a decirle a sus familiares “que no era necesario que me visitaran, que ya estaba tranquilo y cada vez más metido en la biblioteca. Leía mucho para mejorar las poesías que escribía. Y un poco antes de eso yo no era de leer ni de escribir”.

Ya en libertad, tenía en claro que debía darle continuidad a su nueva pasión. “Cuando salí y volví al barrio empecé a contar lo que había hecho. En el Instituto me dieron medallas y reconocimientos, y los pibes me decían ‘mirá como cambió este loco’. Antes me gustaba la esquina, ahora me gustan los libros”, contó. Y fue entonces que abrió una biblioteca barrial, hoy visitada por muchos chicos que lo admiran. Con donaciones y mucha voluntad abrió la biblioteca y a los chicos que van les suele pedir que “escriban sus sueños”.

El ejemplo podría parecer de menor cuantía, pero marca un rumbo, no sólo para los menores detenidos por motivos penales, sino para la población carcelaria adulta. Hay en nuestro país ejemplos muy exitosos en curso que empezaron desde abajo y que hoy son copiados por muchos sistemas carcelarios en el mundo.

Uno de ellos es el impulsado por un ex jugador de rugby, que creó en las cárceles la Fundación Espartanos, un programa de resocialización que empezó con la enseñanza del rugby y que se expandió luego al fomentar la espiritualidad, la educación y la inserción laboral. Esa alternativa hizo bajar en forma drástica, entre los muchos internos que se suman, los niveles de reincidencia delictiva entre los presos que son liberados.

Uno de los países que se interesó en este programa fue la selección de Nueva Zelanda, conocida como los All Blacks, que visitaron un penal en varias ocasiones, en 2018 y luego en 2025, donde compartieron entrenamientos con los presos y no dejaron de realizar su tradicional haka. Lo cierto es que ahora muchos internos quieren sumarse el Programa Espartanos.

En forma reiterada los especialistas vienen señalando que, si los presos tuvieran suficientes alternativas para desarrollar trabajos o espacios recreativos dentro de la prisión, se estaría más cerca de cumplir con el objetivo de su resocialización y se podría potenciar, además, un círculo virtuoso que se observa poco en la actualidad. Ello, sin dejar de ponderar varias y exitosas experiencias puestas en práctica por el sistema penitenciario provincial, que debieran profundizarse y expandirse a todos los penales.

 

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