Covid: por qué no hay que olvidar las lecciones aprendidas en pandemia

Un enfermero y una infectóloga reflexionan sobre los desafíos, hazañas y enseñanzas que la sociedad “aún no incorporó”

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Francisco L. Lagomarsino

flagomarsino@eldia.com

El 3 de marzo de 2020, Argentina confirmó su primer caso de Covid-19. Lo que siguió al aterrizaje del inquietante virus detectado inicialmente en Wuhan, China, fue una vorágine de restricciones inéditas -dentro y fuera de los hospitales, trabajos y hogares-, un sistema sanitario bajo creciente y constante presión, y los dolorosos efectos locales de una pandemia que antes de apaciguarse dejó millones de muertes en el mundo.

Seis años después, el balance de aquellos meses mezcla aprendizajes y advertencias, logros y cuentas pendientes. También algunas amnesias “funcionales”: sabemos que la espada de Damocles puede seguir sobre nuestras cabezas y, quizás por eso, preferimos no mirar hacia arriba.

Quienes estuvieron en la primera línea de atención sanitaria conservan, sin embargo, una memoria muy vívida de aquellos días. Uno de ellos es Rafael Bobadilla, enfermero platense que trabaja en los hospitales Italiano y Alejandro Korn. Cuando vuelve mentalmente a aquel marzo de 2020, la primera imagen que se le aparece es la de la incertidumbre, mezclada con una preparación contrarreloj.

“Recuerdo cuando tuvimos nuestra primera sospecha de paciente con posible COVID-19. Tuvimos la suerte de contar con una terapia preparada en el Hospital Italiano, con personal previamente capacitado para recibir pacientes aislados. Eso nos dio una base para empezar a enfrentar lo que venía. También fue muy importante tener jefes médicos y de enfermería que siempre estuvieron al pie del cañón, trabajando a la par de todos los que estábamos en la primera línea. Hubo miedo, claro que lo hubo, pero al mismo tiempo éramos conscientes de que teníamos que estar ahí y dar lo mejor”, subraya.

Con el correr de las semanas, esa preparación inicial se vio desbordada por una realidad que evolucionaba a la velocidad de una pesadilla. Las guardias cambiaron de ritmo y de escala, y los centros de salud entraron en crisis. “La atención fue algo caótico en el momento pico de la pandemia. Eran muchísimos los contagiados y la terapia intensiva se llenó de pacientes en un abrir y cerrar de ojos”, cuenta Rafael: “había compañeros que se contagiaban, y eso significaba que el resto tenía que cubrirlos. Terminábamos sobrecargados, muchos con doble jornada. Llegamos a atender hasta cinco pacientes ventilados a la vez. Y siempre quisimos dar lo mejor, pero había momentos en los que, por más esfuerzo que uno pusiera, no se podía llegar a todo como uno hubiera querido”.

El temer y el deber

“¿Si tuve miedo por mi salud? Sí, por la mía y por la de mi familia” admite: “Era vivir con el cubrebocas todo el tiempo, evitar visitar a los seres queridos, tratar de mantener distancia... Las jornadas eran tan largas que hasta te olvidabas de comer. Yo perdí más de ocho kilos; era un desgaste físico y emocional enorme, pero seguíamos yendo a trabajar porque sabíamos que nos necesitaban”.

En esa montaña rusa, la palabra “vocación” empezó a repetirse, a resonar entre aplausos colectivos a la hora de la cena, en discursos y homenajes. “La vocación existe, y en ese momento la manifestamos todos” afirma Rafael: “Atendimos a los pacientes de una manera muy profesional, aun estando muy cansados, con sólo un franco semanal, y aun así cada uno trataba de dar lo mejor que podía. Había compañerismo, y también la convicción de que cada paciente que entraba a la terapia necesitaba que estuviéramos ahí, atentos, haciendo todo lo posible”.

“Si la vacunación baja, hay riesgo de reemergencia. Está pasando con otras enfermedades”

Con el paso de los años, Bobadilla cree que la memoria sobre aquellos meses permanece vívida únicamente para quienes atravesaron la pérdida en carne propia. “Considero que con el paso del tiempo la sociedad no llegó a dimensionar realmente la gravedad de lo que fue la pandemia. Tal vez sí lo sienten quienes perdieron a un familiar o a un ser querido. Pero en general se sigue desvalorizando al personal de salud. Sólo aquel que estuvo del lado del paciente sabe lo que se vive: el desgaste, el poco reconocimiento y también la poca remuneración”.

“La experiencia que me quedó es la de que si uno trabaja con vocación, y con un equipo que acompaña, se puede” sintetiza el trabajador de la salud: “Tuvimos muchos pacientes que lograron irse de alta y que hasta el día de hoy vuelven a visitarnos para agradecer. Eso para nosotros vale muchísimo. Como profesional aprendí mucho, porque atravesar una pandemia no es para cualquiera. Uno aprende a ser más humano: mientras atendés a un paciente, también estás acompañando, de alguna manera, a toda una familia que está detrás. En lo económico, lamentablemente, no hubo grandes avances. Seguimos siendo mal pagos, y muchos seguimos haciendo guardias dobles para poder llegar a cubrir la canasta básica”.

El olvido selectivo

Desde una mirada abarcativa del sistema sanitario, la infectóloga platense Silvia González Ayala —docente, ex titular de la Sociedad Argentina de Infectología Pediátrica— coincide en que el paso del tiempo fue diluyendo lecciones que dejó la pandemia y que no conviene relegar.

“La gente ha utilizado un mecanismo de defensa que es olvidarse, el olvido”, resume. Y es tajante al concluir que “realmente, tanto en el equipo de salud como en la comunidad… podemos decir que no aprendimos”.

“Prácticas que habíamos incorporado, como la higiene de manos, no compartir el mate o mantener cierta distancia entre las personas, se olvidaron muy rápidamente. Ni hablar de la vacunación. Después de lo que fue el clamor por las vacunas a mediados de 2020, cuando se empezó a vacunar el 29 de diciembre de 2020, hubo una muy buena aceptación que se mantuvo durante el primer semestre de 2021. Pero después, paulatinamente, se produjo un olvido de la vacunación. En la actualidad es muy escaso el número de miembros del equipo de salud y de la comunidad que continúan con la vacunación anual para la prevención de la COVID-19”.

Para la especialista, una de las mayores fortalezas de aquel momento fue la respuesta del sistema de salud y el compromiso de su personal. “Realmente el desempeño de los trabajadores y profesionales, y la reconversión de funciones en el sistema, fueron espectaculares. La respuesta fue excelente inicialmente, con un reconocimiento de la comunidad que también fue muy visible; recordemos los aplausos. La reacción fue uniforme y muy eficaz. Pero muchos pagaron con la vida esa dedicación. Y otros padecieron Covid-19, incluso prolongado; algunos todavía están en tratamiento o con secuelas por haberse contagiado en ese contexto”.

La deuda interna

La experta aclara que “la sociedad y las autoridades están en deuda con el sistema de salud, porque nunca fue reconocido ese esfuerzo gigantesco. Hoy los salarios son paupérrimos para todos. Las distintas profesiones no están jerarquizadas, algo que también ocurre con la docencia o con el personal de las fuerzas de seguridad”.

En cuanto a las prácticas médicas, González Ayala observa que muchas de las medidas que se incorporaron durante la emergencia tampoco se sostuvieron. “Hoy volvemos a ver miembros del equipo de salud con el ambo en la vía pública. Durante la pandemia se había establecido claramente que había que circular con ropa de civil y utilizar la vestimenta profesional sólo en el ámbito de trabajo. Esto tampoco lo aprendimos”.

“Salvo los que perdieron a alguien, no se dimensiona la gravedad de lo que fue la pandemia”

“No hay conciencia de que el SARS-CoV-2 sigue circulando. Se producen casos en todos los grupos de edad y no hay aceptación de la vacunación de rutina” señala: “Se perdió el concepto de riesgo de la enfermedad, pese a ser tan reciente. Y cuando las coberturas vacunales bajan, el riesgo es la reemergencia. Está pasando con otras enfermedades prevenibles por vacunación, como la tos convulsa o el sarampión”.

“La Covid no es un tema del pasado, de la misma manera en que la gripe no lo es” razona González Ayala: “Los virus de influenza son endémicos: continúan circulando y producen casos durante todo el año. Además, tienen capacidad de mutación, es decir, pueden generar cambios frente a los cuales la población no tiene inmunidad completa”.

Vacunar, vacunar y vacunar

Por eso, la infectóloga insiste en la importancia de sostener las medidas de prevención y, especialmente, la vacunación. “Es necesario aplicarse una dosis de refuerzo anual contra la Covid-19. Si hay que priorizar grupos, por supuesto son los extremos en edades de la vida, las personas con comorbilidades y las embarazadas. Lamentablemente, desde el año pasado la vacuna disponible en el subsector público es para personas de 12 años y más. Eso significa que los niños pequeños y los inmunocomprometidos menores de 12 años hoy no tienen posibilidad de vacunación contra COVID-19 en el sistema público en Argentina”.

 

 

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