El costo de vivir solo: por qué cuatro de cada diez jóvenes viven con sus padres
Edición Impresa | 21 de Abril de 2026 | 03:06
Para la mayoría de los jóvenes argentinos, emanciparse del hogar paterno es hoy una aspiración que choca de frente con la dura realidad. Y es que para cubrir los gastos esenciales que implica vivir solo se requiere contar con cerca de 2 millones de pesos por mes.
El dato surge de un relevamiento hecho en la Ciudad de Buenos Aires por la consultora Focus Market, según el cual el rubro más pesado a afrontar es la vivienda. Un monoambiente en alquiler promedia los $550.000 mensuales. A eso se suman expensas por $212.000, servicios básicos —luz, gas y agua— por $104.205, y el prorrateo del depósito inicial, que agrega otros $45.833 por mes. Sólo en techo, un joven debe destinar cerca de $912.000 antes de pensar en comer.
La alimentación y los artículos de limpieza para una persona demandan otros $466.299 mensuales. La salud —una prepaga básica más medicamentos— suma $250.735. El transporte implica $143.123 adicionales, mientras que internet, telefonía y cable suman $113.658.
Frente a esos números, el mercado laboral responde con elocuencia: según datos del Ministerio de Capital Humano, el salario neto promedio de los trabajadores del sector privado formal es de $1.600.263; es decir, una cifra por debajo del umbral mínimo calculado por la consultora.
“Los ingresos no han logrado seguir el ritmo de la inflación en servicios, alquileres y alimentos, lo que genera una barrera estructural. Estamos viendo una generación que, a pesar de tener empleo, se encuentra en una situación de vulnerabilidad financiera para afrontar un hogar propio”, explica Damián Di Pace, director de Focus Market.
EL NIDO LLENO
Las consecuencias de esta ecuación imposible se traducen en estadísticas concretas. Según un relevamiento de la Fundación Tejido Urbano basado en la Encuesta Permanente de Hogares del Indec, el 38,3% de los argentinos de entre 25 y 35 años todavía vive con sus padres. El fenómeno alcanza a cerca de 1,8 millones de personas y, lejos de responder a una elección cultural, se impone como una estrategia de supervivencia económica.
“En la última década, este índice da bastante estanco, de 36 a 40 por ciento, y eso marca un poco los momentos de mayor o menor crisis, pero siempre se mantuvo en estos parámetros”, explica Matías Araujo, investigador de Tejido Urbano.
La brecha de ingresos entre quienes lograron emanciparse y quienes no es reveladora: los primeros ganan, en promedio, el doble que los segundos. Además, la desocupación entre los jóvenes que aún viven con sus padres llega al 10,1%, casi el doble que entre quienes sí pudieron mudarse.
“Un joven que se pudo emancipar gana el 15 por ciento más que el promedio de la población económicamente activa, eso significa que tiene que hacer un esfuerzo mucho más grande para poder alquilar”, comenta Araujo.
Los que sí lograron dar el salto lo hicieron, en nueve de cada diez casos, compartiendo el alquiler con una pareja o un compañero de cuarto. Vivir solo, en sentido estricto, es un lujo que pocos pueden permitirse.
El “nido lleno” es el reflejo de una crisis que convirtió a la independencia en un privilegio
UNA GENERACIÓN POSTERGADA
El problema tiene raíces estructurales. La tasa de informalidad laboral entre los jóvenes trepa al 35%, cinco puntos por encima del promedio general. Los salarios de entrada al mercado formal suelen ubicarse por debajo de la canasta básica total, y la generación de empleo registrado acumula dificultades desde hace más de dos décadas.
El resultado es una generación que posterga hitos que antes marcaban el ingreso a la vida adulta. La emancipación se desplaza hacia los 30 años —o más allá— no por comodidad ni por apego familiar, sino porque los números simplemente no cierran. El “nido lleno” no es una tendencia sociológica: es el reflejo más concreto de una crisis económica que convirtió la independencia en un privilegio.
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