Estimado lector, muchas gracias por su interés en nuestras notas. Hemos incorporado el registro con el objetivo de mejorar la información que le brindamos de acuerdo a sus intereses. Para más información haga clic aquí

Enviar Sugerencia
Conectarse a través de Whatsapp
UN CASTILLO EN RUINAS

El Palacio olvidado de Punta Lara

Fue construido para brillar frente al Río. Pero nadie logró que la belleza del Palacio Piria sobreviviera. De casona de fin de semana de la familia Castells y hotel de lujo del millonario uruguayo Francisco Piria sólo quedan las ruinas. Hoy lo habitan animales de granja mientras un grupo de soñadores intenta llevar a cabo un proyecto de restauración. La historia de un palacio que parece condenado desde el primer día

Por MARISOL AMBROSETTI Y PATRICIA SERRANO

El Palacio Piria parece maldito. Todos lo abandonan. El primero que lo imaginó, Luis Castells, se suicidó en esas tierras en 1897. Su hijo lo construyó en 1910 y no tuvo mejor suerte. Tras declararse en bancarrota cayó en manos del Estado. Francisco Piria lo compró en 1925 y nunca pudo convertirlo en el lujoso hotel que soñaba. Pudo ser residencia de verano para gobernadores, pero ninguno quiso habitarlo. Terminó como hogar de huérfanos. Y de ahí en más se fue a pique. Hoy corre peligro de derrumbe y sus huéspedes de honor no son damas de alcurnia si no 5 chivos que alfombran de bosta lo poco que queda del mármol de Carrara.

Punta Lara en invierno es triste y húmeda. El cielo y el río, variaciones de grises. Uno podría pensar que sólo un delirante sería capaz de imaginarse acá un balneario turístico como la Piriápolis uruguaya. Del lado de la costa, hay un club de pesca, mesas y parrillas, hombres que toman cerveza, árboles altos y arena sucia. Pero enfrente, a 300 metros del Río de La Plata, se imponen las ruinas del delirio: un palacio de 1.500 metros cuadrados, 40 columnas corintias, tres plantas y una terraza. Un aire a la fachada sur de la Casa Blanca, un escenario digno del Gran Gatsby, pero en una película de terror.

En los papeles es Monumento Histórico y forma parte del patrimonio cultural de la provincia de Buenos Aires. Así lo dice la ley 12.955 de 2002. En los hechos, desde mediados del siglo pasado, nadie puso un peso para que esta obra faraónica se mantuviera en pie. En el archivo de este diario las notas sobre el Palacio Piria tienen el mismo tono: la indignación por la desidia y el abandono de una construcción opulenta de la que nadie pudo sacar provecho. Ni siquiera el Estado.

Sin embargo un hombre cree que eso es posible. Se llama Jorge Greifenstein, es administrador de edificios platenses que participó en la restauración de la Iglesia de las Mujeres en Dresde, Alemania, Y fantasea con la fiesta de reinauguración del castillo: dice que se realizará en 4 años cuando el Centro de Convenciones Internacionales que planea sea una realidad. Detrás de este sueño están las señoras de la Casa Española de Mujeres que esperan tener ahí su nueva sede. Por ahora, son los únicos que presentaron a la Provincia un proyecto de restauración que requerirá una inversión de 13 millones de pesos. Hace una semana se reunieron con el intendente Bruera y su próxima reunión, aseguran, será con la presidenta Kirchner.

UNA MUJER SIN MIEDO

Un día del año 2000 en la comisaría de Punta Lara. Llega el comisario y cuenta la nueva misión: uno de ellos debe ser el custodio del Palacio Piria. La razón: una nena de 5 años sufrió un accidente en el lugar y ahora la Provincia debe evitar que pase de nuevo. La primera que se ofrece es una rubia fornida. La suboficial de la Bonaerense se llama Nora García y tiene 37 años. Por dos años dormirá entre las ruinas y no tendrá miedo. “Desde el momento en que yo tengo una 9 milímetros en el bolsillo”, explica ella, “no tenemos nada más que hablar”.

El palacio derruido en medio del campo y frente al río no está iluminado, ya se han robado decenas de vigas metálicas, los escalones de mármol, las cerámicas españolas. Quedan la mugre y las plantas que crecen caóticas entre las montañas de escombros. La postal de un bombardeo. Por si fuera poco están los fantasmas. Los vecinos hablan de la mujer de blanco que aparece para echar a los intrusos. También de un jinete que custodia el ingreso al palacio. Nora no tiene miedo. Aunque Apolo, el dogo que la acompaña, aúlle por las noches en las escalinatas del Piria.

Si bien las habitaciones medían 15 metros por 7, la última cuidadora dormía en una carpa iglú que le prestaba su hija ¿Por qué? En el 2000, de esas habitaciones, no quedaban más que paredes cayéndose a pedazos. Sin embargo, cada vez que hacía el rondín -una vez cada hora durante toda la noche- la suboficial García no podía dejar de imaginar una fiesta a la belle époque: el sonido de un piano y las parejas bailando con sus vestidos y trajes europeos en la Sala de los Espejos. “Era como entrar en el túnel del tiempo y uno quería estar ahí”.

En 2002, Nora dejó el puesto de cuidadora porque la cambiaron de comisaría. Unos meses más tarde el Palacio quedó sin custodia policial. Así sigue hasta ahora. Sólo queda la casilla sin piso en la que se refugió durante los últimos tiempos y el alambrado puesto por el ministerio de Economía, con dos agujeros por los que se cuelan los chivos y los curiosos. La mujer policía volvió en estos días, miró las ruinas y pensó: ¿Por qué alguien no hace algo?

LA POETA DEL TRAILER

La única custodia que hoy tiene el Piria es una civil. Armada con una escopeta y una gomera no piensa dos veces a la hora de defender el palacio y ver quién anda por ahí. Vive a 150 metros en un trailer, y es socia fundadora de la Sociedad Tradicionalista Punta Lara, instalada hace cinco años en esos terrenos aledaños al palacio.

“Son recuerdos de mi infancia sólo el casco de la estancia llamado el chalet de Piria espera que alguien decida si sigue con su prestancia” Soledad Mareco

“Son recuerdos de mi infancia sólo el casco de la estancia llamado el chalet de Piria espera que alguien decida si sigue con su prestancia” Soledad Mareco

Esta mujer de 62 años recuerda que iba a la escuela con los huérfanos del Piria en la década del 60, cuando el palacio dependía del Instituto de Minoridad, y los chicos se dedicaban a cultivar flores y alimentos. Ella también iba a misa en la segunda planta del Palacio y todavía recuerda con asombro los angelitos desnudos con racimos de uva que colgaban de las chimeneas.

“Me duele el abandono, la desidia, uno lo ha visto en todo su esplendor. Si no cuidás tu pasado, no tenés futuro”, dice Soledad Mareco, quien pasa sus días trasmitiendo las tradiciones y es autora de un libro de versos criollos titulado “El sol de la esperanza”. En la portada, una foto la muestra joven, con un vestido rojo y, de fondo, se ve el Palacio que siente como su casa.

Soledad es una especie de guía turística: todos los fines de semana llega gente a preguntarle qué fue esa mole en ruinas. Ella deja por un rato sus tareas campestres y explica la historia que conoce de memoria. Y luego sigue con su granja, donde pasa las horas a cargo de 11 perros, 12 caballos, 50 gallinas, 5 chivos -que suben a la terraza del Piria a los saltos-, 30 patos criollos, 4 chanchas, 22 gansos y dos pajaritos. Hoy, dueños y señores del palacio.

EL PASADO QUE NO FUE

Cuando Francisco Piria conoció Punta Lara, las crónicas de la época describían al río y sus costas como el paseo elegido por la oligarquía porteña. No exageraban. La destilería de YPF aún era un proyecto; la contaminación y la pobreza no eran parte del paisaje y las grandes personalidades llegaban en tren a la estación Remolcador Guaraní kilómetro 51. Alrededor todo era selva y desafío para un aventurero excéntrico y millonario. Ya había recorrido el mundo, tenido hijos, fundado un diario, emprendido la creación de Piriápolis, cuando a los 80 años cruzó el río y se cargó sobre los hombros la empresa increíble de domar la costa bonaerense.

En 1925 compró el palacio y las 5 mil hectáreas que lo rodeaban y se convirtió en el hacendado que pudo haber logrado la unión de las costas del río. Sus esfuerzos por convertir Punta Lara en un balneario glamoroso se agotaron en cuatro años. Regresó a Uruguay. Sin embargo, su nombre quedó ligado al palacio hasta hoy. Casi nadie recuerda a Castells pero muchos en el barrio adoptaron el apellido uruguayo: Barrio Piria, club Piria, Asociación de Abuelos Piria y, como no, Palacio Piria.

LOS SOÑADORES

Jorge Greifenstein tiene 59 años, casi dos metros que dan fiel testimonio de su origen alemán y una carpeta con 19 páginas que pasea hace cinco años por oficinas públicas y privadas con su obsesión: la restauración del palacio Piria. La fascinación le viene de chiquito. Una tarde paseaba con su padre en camioneta cuando se le apareció el castillo. Dice que nunca pudo olvidarlo, ni siquiera durante los 20 años que vivió en Alemania.

No es arquitecto, ni ingeniero sino periodista. Sin embargo, siempre trabajó en la construcción y se dedica a la dirección y ejecución de obras y al reciclado de edificios. Hoy está convencido de que la restauración del palacio es un hecho. Cuando se le pregunta por qué está tan seguro de lograrlo pese a décadas de abandono mira impasible y responde: “Yo soy distinto de todos y si empiezo algo es para terminarlo”.

Dice que los hombres trascienden “por su acción”, y esta sería su obra para la posteridad.

Aunque Greifenstein y las mujeres de la Casa Española parezcan embarcados en una empresa quijotesca, el prestigioso arquitecto, restaurador y docente de la facultad de Arquitectura de la UNLP Fernando Gandolfi, afirma que es posible. Y explica que edificios históricos como la Biblioteca de las Escuelas Pías de Madrid y el castillo Astley de Inglaterra, ambos arrasados por un incendio y abandonados durante décadas, fueron restaurados y hoy funcionan como atractivos para el turismo. “Eso sí, hoy no sabemos cuánto saldrá porque dependerá de lo que se pretenda hacer”, asegura.Posible o no, la restauración deberá comenzar rápido. Todos coinciden en que las estructuras de hierro que sostienen el Palacio Piria no soportarán mucho, tal vez dos años o un poco más. Habrá que ver si la próxima nota en este diario hablará sobre la gran fiesta de inauguración que sueña Greifenstein o, una vez más, sobre la desidia del Estado mientras siguen las ruinas. Lo seguro es que hoy la única fiesta en el Palacio la bailan las comadrejas y los chivos. Hagan sus apuestas.

Debe iniciar sesión para continuar

cargando...