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La poesía de una samurai

Globos, piñatas y objetos de colores crean un contexto lúdico y entretenido en un monólogo ágil pero crítico

31 de Mayo de 2014 | 00:00

Por NICOLÁS ISASI

Una sala antigua con pisos de madera. Varias cabezas de utilería simulan ser parte de la sociedad y se encuentran tanto en escena como en medio de la platea. Una música carente de melodía pero que evoca diferentes atmósferas sonoras. Hilos casi invisibles llenan el espacio de globos que llegan hasta el techo. Algunas pequeñas luces cuelgan de la araña, otras de los laterales, y algunos veladores intervenidos (con plásticos, frascos o goma espuma), iluminan con detalle los elementos escenográficos. Entre ellos, un teléfono gigante, un maniquí sin cabeza, un banco típico de estación y una valija vieja. Cualquier niño se perdería en medio de ese contexto con el afán de jugar.

En medio de la sala, Stella Maris Faggiano interpreta a una muchacha que transita la obra de forma inquieta y movediza, pero que sabe atravesar todos los estados que la obra requiere. Con un vestido que se desgarra y se reconstruye en cada función; ella camina, corre, salta, se arrastra y baila a medida que modifica ese espacio. La música cumple un rol fundamental al acompañar varias escenas con tangos, valses o simplemente generando un colchón armónico para que ella deslumbre con su canto. En medio de esta caótica poesía, es destacable la simbología del cubo que se pierde en un mar de diálogos disparatados y voces que le resultarán familiares. Al terminar una danza, golpea (sin querer) una cabeza dejándola caer. Se detiene, la recoje y vuelve a colocarla en su lugar pidiéndole perdón como si se tratara de una persona más. Hasta el público inaudible se hace presente ante nosotros.

El lugar se divide en secciones o particiones dentro del mismo espacio escénico. A medida que transcurre la obra vamos a descubrir estos lugares pudiéndolos identificar con la espera, un joven añorado, el tiempo, la poesía, y la escritura. Según palabras del director, Lautaro Metral: “Escépticos abstenerce: su poesía engendra la taquicardia, la desfachatez y el desparpajo, golpea las paredes de la carne para ser pronunciada. De ella solo voy a decirles una cosa: su pasividad es ruidosa. Existe”.

La gente tarda en reaccionar, a la vez que sale cargada con globos y caramelos en sus manos. Ese vestido anteriormente reconstruido se vuelve a romper. Representa la piel de la protagonista. Una piel áspera, con marcas. Y ¿qué hay debajo de esa piel? Bueno, eso les toca descubrirlo a ustedes.

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