Einstein y la Relatividad: una chica hermosa y una estufa caliente

“Una hora sentado con una chica guapa en un banco del parque pasa como un minuto, pero un minuto sentado sobre una estufa caliente parece una hora”. Así explicaba Albert Einstein a los profanos que el tiempo es relativo.

“Hasta la llegada de Einstein, según la física clásica, el espacio y el tiempo eran independientes y absolutos, es decir, el espacio era el mismo en todos los sitios y el tiempo transcurría igual en cualquier lugar”, explica la doctora en Física Cuántica Sonia Fernández-Vidal.

Pero, “de pronto, todas esas premisas se resquebrajan con la Teoría de la Relatividad”. El espacio y el tiempo dejan de ser absolutos para depender de la velocidad a la que se mueven las cosas. “La Teoría de la Relatividad de la mano de la Teoría Cuántica rompen completamente el paradigma de cómo entendíamos el mundo”.

En 1905, Einstein publicó cuatro artículos fundamentales en el mundo de la física. En uno de ellos sentó las bases de la Relatividad Especial, con la que postuló que, en el vacío, la velocidad de la luz es constante (300.000 kilómetros por segundo), un límite cósmico que nada ni nadie puede superar.

Y partiendo de esa premisa, con el tiempo y el espacio pasan cosas extrañas cuando nos acercamos a la velocidad de la luz: El tiempo pasa más despacio y el espacio se contrae.

“De hecho, no hace falta realizar viajes interestelares para sufrir los efectos de la relatividad”, explica Fernández-Vidal, quien añade: “Si viajamos de París a Nueva York en avión, al bajarnos seremos una quicemillonésima de segundo más jóvenes que los amigos que dejamos atrás”. Sin embargo, y a pesar del éxito alcanzado, Einstein sabía que algo no cuadraba del todo y el problema tenía un nombre: La Gravitación Universal enunciada por Newton.

“Aunque las leyes de Newton supusieron una extraordinaria revolución tecnológica -no hay que olvidar que bastaron sus ecuaciones para llevar a un hombre a la Luna- ni él ni los que le sucedieron supieron explicar cómo funcionaba la gravedad”, recuerda la científica.

La disonancia entre Newton y Einstein residía en que, para el primero, la fuerza de la gravedad afecta a los objetos de forma instantánea -cuando tiramos un pelota al suelo cae inmediatamente-, pero con ello se saltaba el límite de la velocidad de la luz.

Según la gravitación de Newton, si el Sol desapareciese de repente, los planetas saldrían inmediatamente disparados de su órbita. Sin embargo, Einstein sabía que la luz del Sol tarda ocho minutos en recorrer la distancia que le separa de la Tierra, eso significa que seguiríamos viendo su luz durante ese lapso ¿Cómo era posible, entonces, que el planeta se saliera de su órbita antes de quedar a oscuras?.

“Buscando respuesta a esa pregunta, construyó un modelo en el que la gravedad no sería instantánea, sino que viajaría exactamente a la velocidad de la luz. Acababa de nacer la Teoría de la Relatividad General”, señala Fernández-Vidal.

Pero fue más allá. El espacio y el tiempo, hasta entonces independientes, Einstein los unifica en el tejido espacio-tiempo, donde la gravedad no sería una fuerza en sí, sino el resultado de la deformación de ese tejido por la presencia de objetos celestes.

Cuando Einstein formuló su Teoría de la Relatividad General estaba en la treintena y hasta su muerte, en Estados Unidos en 1955, siguió sorprendiendo con sus aportaciones científicas, aunque quizás no tanto como con aquella a la que el físico ruso Lev Landau calificó de “la más bella teoría científica”.

Albert Einstein
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La Teoría
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