Amor a la Misa

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Por DR. JOSE LUIS KAUFMANN (*)

Queridos hermanos y hermanas.

El papa Francisco afirma: “La naturaleza sacramental de la fe alcanza su máxima expresión en la Eucaristía, que es el precioso alimento para la fe, el encuentro con Cristo presente realmente con el acto supremo de amor, el don de sí mismo, que genera vida…” (Lumen Fidei, 44). Amar a la Misa es responder a ese “acto supremo de Amor” hecho por Cristo y que se prolonga en el tiempo.

Si el cristiano cree, no puede no amar. Y amar a Dios es amar la Misa, que se celebra por el mandato de Jesús - verdadero Dios y verdadero Hombre - en la Última Cena y Primera Misa: “hagan esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19; cf. 1 Cor 11, 24-25).

Sólo el demonio - que no sabe nada de amor - odia la Misa; y la odia porque en Ella fue vencido para siempre y condenado al mal irreversible. El demonio la comprende, sabe bien que es la Salvación para el mundo, pero la odia. Por eso el cristiano nunca se deja disuadir por las invectivas diabólicas y participa activamente en la celebración dominical del “Misterio de nuestra fe”. En la Misa no somos nosotros los que hacemos fiesta para nosotros, sino que es Dios mismo Quien nos permite participar en el Sacrificio en la Cruz por la Salvación nuestra y del mundo.

Sólo el demonio - que no sabe nada de amor - odia la Misa; y la odia porque en Ella fue vencido para siempre y condenado al mal irreversible

 

Con nuestro amor a la Misa afianzamos también nuestro amor a la Iglesia y a los Sacramentos que necesitamos para nuestro peregrinar hacia la Vida Eterna. Pero si vivimos la Misa, amándola, nos abrimos solidariamente a los hermanos y nos empeñamos en buscar su bienestar a la luz del Evangelio.

Posiblemente aquellos que no frecuentan la celebración de la Misa estén sumidos en sí mismos y necesiten el testimonio de una comunidad eclesial que vive de la Eucaristía.

En el amor a Dios es Él quien tiene la iniciativa, porque “el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. Así Dios nos manifestó su Amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de Él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero…” (1 Jn 4, 7-10).

Es cierto que ante el Misterio de Amor, que es la Misa, la razón del ser humano experimenta toda su limitación, y sólo se puede captar o intuir su inmensidad en la medida que el individuo se anonada, reconociendo la verdad de su contingencia. Y cuando el cristiano se anonada por amor, puede amar y comprender.

Si el creyente responde al Amor de Dios y ama conscientemente la celebración de la Misa, participando de Ella con atenta devoción, será consecuencia lógica que también busque dedicar algún tiempo a la adoración eucarística. Es decir, a encontrarse “en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucaristía, 25). Allí se llega a “palpar el Amor infinito de su corazón” (id).

La adoración eucarística es como una prolongación de la Misa. Allí, en la Divina Eucaristía, Jesús ha querido quedarse, ante todo para ser alimento de su Iglesia, pero también para favorecer nuestra oración de reconocimiento, de gratitud, de súplica de perdón y de ruegos por las necesidades que sin Él son más dolorosas.

En tanto que cada cristiano viva la Misa dominical y aun la diaria, con todas las disposiciones de una profunda fe, irá creciendo en el gozo y la felicidad interiores que lo conducirán a una mayor intimidad con Dios-Amor.

 

(*) Monseñor

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