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Editorial

Protocolos claros para enfrentar apagones y otras emergencias

Protocolos claros para enfrentar apagones y otras emergencias

El gigantesco apagón que se registró en las primeras horas de ayer, que afectó a todo el territorio argentino y, por lo menos, a vastos sectores de Uruguay, originado a raíz de una falla en la represa de Yacyretá, se hizo sentir con notable intensidad en la Región y generó trastornos y una indudable preocupación en miles de vecinos. Luego de varias horas de total falta de suministro eléctrico, con las redes telefónicas y de internet también afectadas, la población pudo retornar a la normalidad a medida que se fueron restableciendo gradualmente los distintos servicios.

Según informó Edelap, pasado el mediodía se había restablecido en más del 90 por ciento del suministro eléctrico de nuestra zona, priorizándose a los hospitales y otros centros de salud para ampliarlo luego a los distintos vecindarios. Las primeras informaciones oficiales reseñaron que la falta de energía se enmarcó en un corte general y masivo que abarcó a buena parte de la Argentina y que incluso se extendió a países limítrofes. Cerca del mediodía, desde la Secretaría de Energía de la Nación se reportó un “colapso del Sistema Argentino de Interconexión (SADI)”, posiblemente por una falla en Yacyretá.

Frente a lo que resultó ser una nueva emergencia de magnitud, volvió a quedar expuesta la perentoria necesidad de contar con protocolos claros de actuación, que inculquen en la población sugerencias de índole preventivo -como, por ejemplo, la disponibilidad permanente en los hogares de recursos y elementos idóneos para enfrentarlas-, así como la conveniencia de contar con estructuras de defensa civil plenamente capacitadas.

Convendría señalar aquí que una de las primeras consecuencias del apagón de ayer se tradujo en la casi inmediata falta de agua en miles de hogares, ante la falta de energía eléctrica para hacer funcionar las bombas de distribución. Afortunadamente, como se ha dicho, el corte no se extendió demasiado, de modo que el servicio de agua se normalizó gradualmente. ¿Cómo se hubiera resuelto este problema si el apagón continuaba muchas horas más?

Las extensas colas de automóviles ante las pocas estaciones de servicio que siguieron funcionando marcó, también, una de las alternativas más acuciantes de la jornada. En muchos negocios minoristas se agotaron en poco tiempo las velas y las pilas, convertidas en artículos de primera necesidad durante la emergencia.

Tal como se dijo aquí en ocasiones similares, se trata también de capacitar a vecinos, escuelas, hospitales, clubes y distintas entidades, con el propósito de prevenir y reducir los riesgos que causan estas situaciones ciertamente calamitosas. No puede ignorarse, además, que son cada vez más frecuentes las emergencias climáticas.

La vasta y muchas veces trágica experiencia aquilatada enseña que no debe soslayarse el hecho de las falencias presupuestarias y de recursos materiales que suelen exhibir los organismos dedicados a la defensa civil, cada vez que un apagón, una inundación o un incendio de proporciones los convocan. De allí que deba instarse a las autoridades a consolidar estructuras preventivas, capacitadas para actuar con idoneidad y presteza frente a todo tipo de calamidades.

Es fácil imaginar lo que puede ocurrir en los densos conglomerados urbanos cuando faltan el agua y la luz, sobre todo si la población carece de protocolos para enfrentar esos problemas y, a su vez, los organismos con incumbencia no disponen de los recursos con los que deben contar. Son, entonces, las autoridades nacionales, provinciales y municipales las que debieran garantizarle a los cuerpos de prevención la obtención de los mejores equipamientos posibles, sin perjuicio, como se ha dicho, de que la población sepa a qué atenerse y cómo comportarse para minimizar los potenciales daños y perjuicios.

 

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