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Es penitenciario, estuvo cinco años preso y ahora lo declararon inocente

Leonardo Villafañe era guardia en Olmos cuando se suicidió un interno y lo acusaron de abandono de persona seguido de muerte. Estuvo en una alcaidía y con domiciliaria. Murió su hijo, lo absolvieron y quiere volver al SPB

Es penitenciario, estuvo cinco años preso y ahora lo declararon inocente

Leonardo Villafañe tiene ahora una hija de 7 años y se ilusiona con retomar su trabajo/sebastián casali

Alejandra Castillo

Por: Alejandra Castillo
acastillo@eldia.com

1 de Septiembre de 2019 | 05:52
Edición impresa

Leonardo Villafañe es un alcaide del Servicio Penitenciario Bonaerense que tiene 34 años y proyectos a los que ahora se le anima, pero si cada quien es lo que lo marcó en la vida, a él lo definen los últimos cinco, que tienen mucho que ver con el trabajo que eligió siendo un chico y con lo que pasó el 23 de octubre de 2013.

Ese día tomó su turno en la Unidad Penitenciaria 1 de Olmos, donde había 2.300 presos. Antes de las 8 de la noche, uno de ellos se había suicidado en una celda de aislamiento, más conocidas como “buzones”. Se llamaba Mauro Pérez Ugarte y también era penitenciario, aunque estaba detenido por una causa de robo. Villafañe terminó procesado por “abandono de persona seguido de muerte” después de que varios internos declararon que le negó a Pérez Ugarte la posibilidad de hacer un llamado, ignoró su amenaza de suicidio diciéndole “Ahorcate, total, un menos” y hasta demoraron “mucho tiempo” para asistirlo.

Villafañe estuvo preso -primero en una alcaidía y después con domiciliaria- hasta hace poco más de un mes, cuando lo absolvió el Tribunal Oral Criminal 3 de La Plata.

En todo ese tiempo murió su hijo de 7 años, perdió afectos y la chance de avanzar en su carrera, pero en esta tarde de finales de agosto se entusiasma con la idea de retomar su trabajo en el Servicio. “No se si en un penal”, aclara, porque “ya estuve de los dos lados de las rejas y es difícil”, reconoce.

Leonardo se imaginó en la fuerza desde muy chico, por un tío que lo “crió desde los 4 años. El era suboficial mayor retirado”, dice, de modo que lo que siguió a la escuela secundaria fue el ingreso en la de Cadetes.

“En el tercer año hice la pasantía en la Unidad 9 (La Plata) -relata- y al recibirme me dieron como destino la (Unidad) 32 de Varela”, donde pasaron tres años más, seguidos de “otros tres en la 23” y el traslado a la 1 de Olmos, la cárcel más grande del país. Para entonces Villafañe tenía 28 años. Al año y medio, ya como alcaide antiguo, conoció a Mauro Pérez Ugarte.

“Por lo que me contó, él había estado trabajando en la Unidad de San Martín hasta que cayó detenido por un robo”, explica Villafañe, detallando que el interno estaba en un pabellón especial por su condición de penitenciario.

Del quinto piso lo pasaron a la planta baja, mientras que Villafañe “estaba a cargo de tres áreas en el mismo momento” apunta Miguel Molina, que se hizo cargo de la defensa del alcaide junto con Alfredo Gascón, y considera a esa imposición de tareas “un imposible fáctico”. Es que una recorrida desde el pabellón de separación y aislamiento al quinto piso “demanda entre 30 y 40 minutos, mientras Villafañe iba asistiendo a los diferentes reclamos de los internos”, destaca el abogado. Según los dos, a esa mole de cemento y gente que es la “1 de Olmos” la custodiaban esa noche 16 agentes, entre los cuales no había “más de 7 oficiales”. Por ser “el segundo más antiguo”, Villafañe “le daba una mano” al encargado de turno en control.

Él estaba al tanto de la historia de Pérez Ugarte porque poco antes el detenido le había estado “cebando mates mientras yo hacía mi trabajo de papeleo en una oficina” y esperaban a que hubiera lugar en una de las 22 celdas de aislamiento. “Yo sabía que era penitenciario, lo veía inquieto y era una manera de tenerlo observado. El quería irse trasladado. Y me dijo que iba a salir en libertad porque no tenían pruebas suficientes; había ascendido a cabo hacia poco”, recuerda Villafañe.

La guardia siguiente, dice, “tomé mi puesto como siempre. Estaba todo normal; 19.20, más o menos, me acerqué a hablar con un oficial y Pérez Ugarte empezó a llamarme. Lo saludé y me dijo ‘don, necesito hablar por teléfono’. Le dije que no podía” porque el horario es hasta las 18 y “si lo sacaba a él me generaba un problema con el resto (de los internos)”. Según Leonardo, después de aquel cruce se fue a Control y le pasó “la novedad al encargado de turno”, quien le pidió que fuera al quinto piso y que luego “podíamos sacarlo (a Pérez Ugarte) diciendo que iba a Sanidad”, para evitar que sus compañeros exigieran lo mismo. Pero nada de eso pasó.

“Cuando yo bajé ya estaban pateando en el pabellón -relata-; sonó la alarma, salieron corriendo y cuando me acerqué con una escopeta, porque no sabía lo que estaba pasando, me pidieron una manta”. Pérez Ugarte se había ahorcado con su cinturón de la reja de la puerta.

El primero en advertirlo fue el preso de la celda de enfrente, que desde la abertura del pasaplatos lo vio quedarse quieto después de pedirle varias veces, “mono, dejate de joder”, figura en su declaración.

Villafañe era consciente de que se abriría un sumario en el que todos los que estuvieron en contacto con Pérez Ugarte deberían rendir cuentas. Lo que no imaginó fue lo que sobrevino después. “Nunca pensé que iba a pasar esto y justamente con ese interno; me dijo que se iba en libertad”, reflexiona, mientras suma Molina que los psiquiatras y psicólogos que declararon en la causa coincidieron en informar que “ninguno podía anticipar el hecho de ninguna manera”.

Lo que definió la suerte de Villafañe fueron las declaraciones de 18 detenidos que dijeron haberlo escuchado “desafiar” a su compañero, situación que cambió radicalmente en el juicio, donde solamente dos mantuvieron sus dichos. Lo cierto es que ocho meses después de la muerte del preso Villafañe fue detenido y pasó los cuatro siguientes en la alcaidía Pettinato, con ex compañeros que se volvieron sus carceleros. “Fue chocante”, reconoce.

Desde que le concedieron el arresto domiciliario hasta el juicio oral pasaron cinco años, en los que no salió de su casa más que para hacer changas de albañilería (salidas laborales mediante) y visitar a su hijo de 7 años en el hospital de Niños. Murió de leucemia.

“Yo estaba juntado y tenía dos hijos chiquitos- cuenta-; se te cruzan muchas cosas por la cabeza. Los del Patronato de Liberados me venían a controlar cada mes y al principio te visitan todos los amigos, hasta que se van olvidando. Yo también me aislé, eso sí. Si no me levantaba de mal humor, lloraba, pero por lo menos los trabajos de albañilería ayudaban; salía y me despejaba”.

“Al principio miraba tele todo el dia. Mi hijo no entendía que no pudiera ir a su cumpleaños o a un acto en la escuela; hubo peleas familiares fuertes”, enumera, como buceando entre los recuerdos. El veredicto que lo absolvió, el 17 de julio, le dio una oportunidad nueva.

“Mi idea es volver a trabajar”, anticipa. Aclaran sus abogados que no tiene impedimentos para hacerlo, por lo que ya tramitan su reincorporación, actualización de jerarquía y el pago de la diferencia salarial, ya que en estos años le descontaron el 40% del sueldo.

“El Servicio es mi vocación, pero no se qué a va pasar. Fue duro verme del otro lado de las rejas”.

 

 

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