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A 50 minutos de La Plata, en el barrio quilmeño refuerzan los controles para que los contagios no terminen en un brote sin freno
Son las diez y media de la mañana y en la plaza Papa Francisco, cerca del límite de Itatí con Villa Azul, la fila de personas que esperan por un hisopado llega casi a las dos cuadras. Separadas a una distancia de dos metros, pueden esperar hasta una hora o más para que los médicos del programa “Detectar” les pregunten no sólo por los síntomas que tienen sino por los contactos estrechos de los últimos días. “En casa estoy solo”, decía Nahuel, de 34 años y uno de los tantos que ayer esperaban para saber si tenían “el bicho”, como él mismo decía. “Hace dos días que me empezó a doler la garganta y me siento afiebrado, como cansado -contaba-. Algunos no quieren saber nada porque les da miedo o piensan cualquiera. Yo no, yo quiero saber si estoy embichado...”
En esa zona de la Villa Itatí, una de las más pobres del Conurbano profundo, la mayoría de los vecinos son changueros y empleadas domésticas. Con la cuarentena como escenario principal, la pandemia no hizo más que potenciar lo que ya eran carencias de todos los días. “Esto agravó lo que ya es un desastre”, resumía César Galeano, un obrero de la construcción que, como tantos, ayer no hacía cola para recibir un testeo sino para que le den un plato de comida. “Desde que arrancó la cuarentena que vengo todos los días con mi tupper a buscar algo”, contaba este vecino que recorre las calles y pasillos de esa villa desde hace casi cuarenta años.
A unos metros de él, en la misma fila, Rosalía Muñoz cargaba un bebito en brazos y confirmaba el temor que por estas horas sobrevuela ese paisaje de casas inconclusas y calles con pozos como cráteres. “El miedo es a que nos encierren -decía-. En casa somos cinco y no salimos, sólo para venir a buscar comida. Pero si acá está el virus no tengas dudas de que nos contagiamos todos. Es cuestión de días nomás”.
En la Itatí, como en tantas otras villas del Conurbano y de nuestra periferia, los comedores populares se improvisan en casas y es la propia gente del barrio quien se la ingenia para cocinar y darle de comer a sus propios vecinos. A unos 50 minutos de La Plata, la Itatí son unas 36 manzanas asimétricas donde predominan las callejas como si fuesen laberintos y el naranja intenso de los ladrillos sin revocar. Ni bien se entra, al pasar el Acceso Sudeste que divide este asentamiento con la Villa Azul, el paisaje es más o menos el mismo que el de cualquier barrio donde falta todo y se necesita más. Cables enredándose en las alturas sin ton ni son y casas precarias cuyos frentes conviven con publicidades de un kiosco, toldos de despensas y verdulerías o hasta cartelitos de peluquería. Si “barrio popular” devino en estos días en eufemismo de villa miseria, decir que en Villa Itatí viven más de 15 mil personas es poco menos que otra licencia del lenguaje, porque en este asentamiento del municipio de Quilmes las familias no parecerían vivir sino más bien hacinarse.
“Y el hacinamiento es lo más peligroso que tenemos acá”, advertía ayer Cecilia Lee, referente en uno de los comedores populares de esa barriada y para quien, por las condiciones del lugar, “sería muy difícil realizar un aislamiento como el que se hizo en Villa Azul. Acá la gente va y viene de un lugar al otro y por eso hay tanto miedo: nos separa la autopista pero somos lo mismo”.
Lo que contaba Cecilia se confirma con una simple recorrida por la zona: si bien están separadas por el Acceso Sudeste, las villas Azul e Itatí son caras de una misma moneda y, pese a que una pertenece a Avellaneda y la otra a Quilmes, los vasos comunicantes entre una y otra son permanentes.
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“Todos tienen familia o amigos en Azul y por eso el pánico es que terminemos todos encerrados y contagiados”, decía ayer, en la puerta de su casa ubicada frente a la plaza Papa Francisco, Héctor Vargas, un vecino que habita la Villa Itatí desde hace 63 años, cuando era apenas un descampado ocupado por migrantes llegados del interior del país y de países limítrofes.
Como tantos, desde que arrancó la pandemia Héctor se quedó sin ingresos y repleto de miedos. “En mi casa somos tres nomás -contaba-, pero acá hay casillas de dos por tres donde viven cinco, siete y hasta ocho personas todas juntas. Ahora vienen a hacer los testeos pero después se van y acá no queda nadie. A nadie le interese la gente que vive acá. Ahora tienen miedo porque si acá se contagia uno se contagian todos, pero el alcohol en gel y la lavandina no llega a todos. Te digo más: para allá, del otro lado, la gente no tiene ni siquiera agua. ¿A quién carajo le van a pedir que se lave las manos?”.
“Allá”, como dice Héctor, es el centro profundo de la villa, en La Cava, un pozo de casi 300 metros de hondo que se formó en tiempos de dictadura militar para la extracción de tosca que requería la construcción de la autopista cercana. Si el paisaje más visible de Villa Itatí son las casitas de colores chillones, las calles rotas y atravesadas por pasillos indescifrables y medianeras frágiles que se improvisan con chapa ondulante pero también con plástico y cartones que hasta le dan cierto aire ribereño, La Cava asoma como el lado oculto y más temido del lugar. Son casillas que se enciman en pendiente unas con otras y parecen precipitarse hasta lo más profundo de aquel pozo donde reina la basura, La Cava es el punto donde todas las miradas parecen mirar con miedo. Es el corazón hundido de la villa.
“En La Cava se hace difícil controlar cualquier cosa”, asegura Esther Sánchez, vecina de esa geografía castigada desde hace 40 años. Apoyada en la puerta de su casilla, Esther cuenta que vive sola con cuatro nenes, de los cuales uno -de cuatro años- es un paciente oncológico que necesita tratarse fuera de la villa una vez a la semana.
“Si me cierran acá no sé cómo voy a hacer -se preguntaba-. Vos pensá que acá falta todo siempre: agua, luz, comida. Todo de todo, pero ahora es mucho peor: con esto del coronavirus todo es peor”.
Para cuando arranca el invierno, todos los 9 y 12 de julio, en Villa Itatí se celebran cada año las fiestas de su patrona, la Virgen que le pone nombre al lugar. Se organizan bailes, procesiones multitudinarias y bien coloridas y se cocina para servir todo en mesas populares de las que comen chicos y grandes. “Este año nos vamos a quedar con las ganas”, contaba Ramiro, 47 años y otro de los tantos que ayer esperaba para que le dijeran si tenía o no COVID-19. En su caso, empezó hace dos días con ardor de garganta y dolor en el cuerpo. “Pero fiebre no tengo”, aclaraba, y contaba que en su casa, una vivienda de dos piezas donde viven cinco personas, “se complica bastante estar aislados entre nosotros”.
Lo que contaba Ramiro a este cronista lo repetía media hora después ante las dos médicas del llamado operativo “Detectar”, que hasta ayer -mientras se esperaba por el resultado de los hisopados realizados el jueves- había confirmado en ese asentamiento 11 casos positivos y tenía otros 75 que eran sospechosos. “La situación está controlada y no creo que acá sea necesario el aislamiento”, decía Cecilia Lee, sin dejar de mirar la fila de personas sintómaticas que se iba formando frente al camión del programa “Detectar”, cuya logística contemplaba además un censo organizado conjuntamente entre el municipio, el ministerio de Salud bonaerense y organizaciones sociales. Ayer, mientras la fila de personas con síntomas daba la vuelta a casi toda la plaza Papa Francisco, el censo casa por casa continuaba y la grilla de preguntas era en casi todos los casos la misma: ¿Fiebre? ¿Tos? ¿Dolor de garganta?
Todo aquel que tuviera alguno de los síntomas iba a formar parte de la fila de sintomáticos, que el jueves pasado dejó un saldo de 75 casos sospechosos y 11 confirmados. “Testear a todos va a ser imposible”, reconocía un integrante de Defensa Civil de Quilmes que ayer ayudaba a separar con cintas y conos viales a los supuestos infectados de aquellos que, a tan sólo metros de distancia, hacían fila para recibir una ración de comida.
“En los registros tenemos que son unas 15 mil personas en poco más de 4 mil hogares -decía el agente de Defensa Civil-, pero son más, muchísimos más. ¿El doble? ¿El triple? Andá a saber...por ahí en esta zona podés tener un poco de control, pero te vas más adentro de la villa, hacia La Cava, y ahí hay gente que no está registrada en ningún lado y que vive donde puede: en tiendas de plástico y cartón, al borde de zanjas, entre matorrales o incluso adentro del basural. Ahí es muy difícil llegar. Pensá que son años, décadas que ahí no llega nadie”.
Hasta el momento hay 75 casos sospechosos y 11 confirmados en el asentamiento
El operativo “detectar” volvió a desplegarse para hallar personas infectadas en la Villa Itatí, frente a la villa azul / demian Alday
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