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Policiales |Directo a Brasil
El millonario asunto de los 30 pares de zapatos

Cuatro días antes de la Navidad de 1991, cuando el país atravesaba una fuerte turbulencia, hubo un robo con ribetes novelescos y hasta hoy sin total resolución

El millonario asunto de los 30 pares de zapatos
Hipólito Sanzone

Por: Hipólito Sanzone
hsanzone@eldia.com

31 de Mayo de 2020 | 02:13
Edición impresa

-¿Y unos de vestir? Digo yo, para una fiesta, un casamiento, un evento importante.

-Mostrame uno de esos de la vidriera, con la hebilla al costado.

-Yo le iba a ofrecer unos acordonados.

-Pero me gustan los de la hebilla. Si también voy a llevar unos de vestir los quiero con la hebilla.

El vendedor de zapatos de ese local de la Galería del Sol, en 49 casi 8, creía estar en un sueño: 30 pares le llevaba vendidos a aquel hombre morocho, de rasgos duros, pelo crespo, y modales discretos pero amables. Si hubiese sabido que a aquel cliente le decían “El Indio”, no hubiese necesitado preguntar por qué.

Al vendedor le llamó la atención que el hombre llevaba puestos un jean y una camisa nuevos pero en los pies tenía unos borcegos con manchas de tierra seca. Le pareció un calzado militar o de esos que les daban a los obreros de Propulsora o alguna de las empresas del Polo Petroquímico en la zona de “la olla”, como siempre le han llamado los ensenadenses a la enorme estructura que se ve humear desde lejos.

El vendedor estaba entusiasmado y trataba que no se le notara. Temía que, como suele pasar en los sueños que al fin y al cabo sueños son, la realidad le diera un cachetazo. Y entonces, una de dos: o se despertaba en su cama o el cliente aquel se levantaba y se iba por donde había llegado, dejándolo pronto y sin visitas, con las cajas apiladas y los zapatos desparramados y sin vender.

Pero aquello no era ni sueño ni broma. Al cabo de casi dos horas de probarse y elegir pares de zapatos, el hombre sacó un rollo de australes que en unos días más serían pesos con igual valor al dólar. Y pagó.

No quedó registro del monto final. Lo que se sabe es que aquella compra fue la punta por donde empezaron a tirar los detectives que buscaban a los autores de un robo tan conmocionante como multimillonario, ocurrido apenas cuatro días antes de la Navidad de 1991.

Un grupo armado, de los que suele definirse como “comando” se alzó con el dinero destinado a los sueldos del personal de una empresa. El monto era importante, pero “nada” comparado con otra suma que casi por casualidad los ladrones encontraron en una dependencia del lugar al que fueron a robar.

Ocurrió en el obrador que la empresa Mc Kee Río de la Plata había montado sobre un predio del camino Vergara, en Ensenada, una cinta de asfalto que para los platenses es la continuación de la calle 43 cuando se traspone la avenida 122 hacia el río. La obra tenía que ver con la planta de Petroken.

El robo y lo que vino después fue digno de una película. Inesperado y sin resolución total hasta el presente.

El golpe se cocinó mucho antes de ese diciembre de economía turbulenta. Empezó en las tardes y noches de “ranchada” en uno de los pabellones de la unidad carcelaria 9, donde los que conocen el tema aseguran que entre mate y mate se charla y se fantasea sobre robos “bien grandes”, de esos que aseguren una vida en paz, sin los riesgos de tener que caminar por las veredas del delito. “Retirarse a una vida digna”, dicen algunos que le llaman a la jubilación del ladrón.

En aquella ranchada, que a algún memorioso se le ocurrió que fue en una tarde de lluvia muy cargada de tortas fritas, Gustavo Luis Heguilor, alias El Indio charlaba con su compañero de pabellón, Pablo Ernesto Verón, alias El Sapo.

El Indio venía trasladado del penal de San Nicolás por robo de automóviles y El Sapo de Olmos, por robos. Los dos estaban en la etapa final de sus encierros y esa tarde se prometieron hacer juntos algún día “un laburo bien grande, para dejarse de joder y vivir tranquilos”.

Poco después los liberaron y hacia la mitad de 1991 ninguno ya sabía nada del otro. La casualidad quiso reunirlos acodados en la barra de Macondo, un emblemático bailable platense de variopinta concurrencia. Desde esa noche empezaron a “caminar” (verbigracia de salir a robar) juntos y poco después se les sumaría Germán El Gitano Ghío, un joven de Ringuelet que por entonces no tenía antecedentes penales pero que hacía todo lo posible por reunirlos.

El trío “reventó” una casa de artículos para el hogar en Berisso y al poco tiempo hicieron, en una vivienda de la calle 63 en La Plata, una entradera que por aquel tiempo no se llamaban entraderas pero que ya existían. La víctima había sido un platense, Raúl Scop al que privaron de su libertad junto a su familia y lo desvalijaron.

El tiempo pasaba, los riesgos en la calle aumentaban y el gran golpe “salvador” no llegaba.

El recién llegado Gitano Ghío fue quién apareció con el dato. La Justicia nunca pudo probarlo pero se cree que había logrado contactarse con un amigo “de la noche” que trabajaba en una empresa de seguridad privada y que le habría descripto con lujo de detalles los movimientos de los días de pago de salarios. Era en el obrador de Mc Kee.

En aquellos tiempos sin masiva bancarización, no era raro que en muchos trabajo se pagaran los sueldos en sobres que hasta contenían las monedas cuando no había redondeo. “Son como 30, 40 operarios más los jefes, ingenieros, todos cobran ahí. Es un montón de guita”.

Los detectives a los que se les asignó el caso siempre estuvieron convencidos de la existencia de un entregador pero nunca pudieron probarlo.

En cambio, llegaron a otras certezas.

El golpe al obrador de Mc Kee ocurrió pasadas las tres de la tarde del 20 de diciembre de 1991. Esa misma mañana uno de la banda, se cree que El Indio, se encargó de “levantar” un Dodge 1500 celeste metalizado que su dueño había dejado en la puerta de una veterinaria. En ese auto llegarían al obrador del camino Vergara o “la 43” para los platenses y en el mismo auto se irían con el botín.

Habían conseguido la misma ropa y los cascos azules que usaban los trabajadores de la empresa. Y una ametralladora, dos pistolas y un revólver. Un testigo del asalto juró que uno de los ladrones le mostró una granada de mano.

Con una audacia y sincronización que obligó a la policía a hablar de “alto grado de profesionalidad exhibido” redujeron a unas 30 personas para llevarse la caja con el dinero de los sueldos. Pero ocurrió algo inesperado. Cuando interrogaron a un empleado sobre el lugar donde estaba el dinero, el hombre les indicó una habitación contigua al lugar donde habitualmente se pagaban los salarios. Y ahí la banda encontró varias veces más la suma que, en principio, calculaban llevarse.

Una fuente policial explicaría que el empleado creyó que los ladrones iban por “la plata grande” y no por lo que consideraban “la chica” que era para pagar los sueldos.

“Por la mañana había llegado el camión de caudales con el dinero de los sueldos y cerca del mediodía llegó otro camión, con una suma mucho mayor para el pago de proveedores y otras erogaciones importantes. En síntesis, lo que habían ido a buscar era monedas comparado con el botín que encontraron de casualidad en la otra habitación”.

Por entonces se barajaron muchas cifras. Pero todas coincidieron en lo de “millonario botín” en dólares y en australes. Por aquellos años de agitación económica no era raro que algunas empresas se manejaran en billetes verdes para cancelar algunas obligaciones.

El golpe duró menos de 5 minutos. A las 15.30 la banda salió del obrador, tomó el camino Vergara hasta el centro de Ensenada y por las calles de adentro llegó a Punta Lara. En el puente del arroyo La Guardia Ghío detuvo el Dodge 1500 y desparramó los fajos del botín sobre el techo y el capot del auto. Ninguna cámara de seguridad, ni GPS ni cualquier otro dispositivo de los que hay ahora podían ponerlos en riesgo. Es más, cuentan que la policía de Ensenada tardó más de 20 minutos en llegar al obrador.

El cerebro de la operación repartió los fajos en partes iguales. Para la policía, Ghío se llevó también la porción de torta que le hubiese correspondido al entregador que nunca apareció.

El Indio Heguilor se quedó con el Dodge y lo abandonó en la terminal del micro 307. Desde ahí, no se sabría más de él. Los demás caminaron hasta una parada del colectivo 275. Uno tomó la letra A y el otro esperó un rato y tomó la C. Llevaban miles de dólares y australes repartidos en los bolsos de trabajo que cada uno apretaba contra su cuerpo como si fuesen cansados pasajeros de regreso de un laburo decente.

Antes de la despedida, Ghío ya erigido como jefe de la banda, dio una orden que sonó a recomendación pero que al fin y al cabo fue una orden.

“Nadie gasta un solo austral”

“Nadie, pero nadie, gasta un solo austral, ni un solo dólar hasta que yo no les diga. Ustedes esperen, yo me voy a saber comunicar. Pero no gasten nada, de nada, de nada. No llamen la atención, no compren nada caro, no hagan boludeces porque donde cae uno, caemos todos”.

El Indio y el Sapo asintieron con la cabeza, nerviosos y apurados por seguir la fuga. Y antes del último saludo, Ghío avisó: “El 7 de enero festejamos mi cumpleaños en Río de Janeiro. Ustedes quedensé tranquilos, hagan lo que les digo, no llamen la atención que yo me encargo de todo”.

En una de esas noches de confesiones al pasar que suelen tener ladrones y policías, el Sapo reconocería, dicen, que aquella tarde sobre el puente del arroyo La Guardia le arrancó una carcajada a sus compañeros de asalto. “Río de Janeiro no me gusta, dicen que hay muchos chorros, que te roban en la calle”, disparó.

El robo y lo que vino después fue digno de una película. Inesperado y sin resolución total

Aquel enero en La Plata no fue como otros eneros. Los efectos de la hiperinflación reciente y un tiempo loco que no se ponía de acuerdo sobre si quería ser verano o un otoño con derecho a roce, habían hecho fracasar la temporada en la costa atlántica. Había entonces en La Plata “mucha gente”. Y eso mismo pensó Arturo Palladini cuando cruzó la calle 49 a la altura de 8 y enfiló hacia la pequeña Galería del Sol, hasta lo de Scalise. El hombre al que llamaban cariñosamente El Tano, alquilaba el local de zapatería Tino a la familia de “La Turca”, la esposa de Palladini que se encargaba de los cobros mensuales.

“Me parece que te voy a pagar dos meses juntos”, lo abarajó el inquilino. Y ahí le contó a su locador que un rato antes había vendido 30 pares de zapatos, todos juntos, al contado, en efectivo y sin que le discutieran un precio ni por asomo.

Por esas cosas que pasan en los infiernos grandes Palladini no fue el único en oír el cuento de los 30 pares de zapatos.

Los detectives de la por entonces Brigada de Investigaciones de La Plata no tardaron muchos en ver que aquel hilo perdido era la punta de un ovillo grande, el ovillo que andaban buscando y que en el extremo final tenía al Indio Heguilor.

Una antigua novia

Heguilor había dejado La Plata y andaba por San Nicolás. Había ido a buscar a una antigua novia a la que sorprendió con algunos regalos caros. Y una tarde, sencillamente la dejó muda cuando paseaban por el centro y al pasar frente a una agencia de autos la tomó del brazo y le pidió: “Acompañame que me voy a comprar esa coupé”.

Era una Ford Sierra XR4 Edición Limitada. Decían los entendidos entonces que la habían fabricado para “enfrentarse” a la Renault Fuego. Como fuera, era el sueño de cualquier “tuerca” de los de antes y de muchos de los de ahora.

Una semana más tarde y en franca rebeldía a las órdenes de Ghío que les había pedido no gastar un solo centavo hasta el programado encuentro del 7 de enero en Río de Janeiro, el Indio se compró una casa en City Bell, por la zona del Camino Belgrano y Lacroze. Cuesta creerlo pero en el jardín de esa propiedad lo encontraron los brigadistas. En short de baño y ojotas le estaba pasando lustre a aquella hermosa máquina después de haberla lavado cuidadosamente. Si hasta le había metido uno de esos champús para autos que vendían en las casas de accesorios para automóviles.

En los placares de la casa encontraron los 30 pares de zapatos y el par de borcegos que había usado en el asalto. “Para ponerme un par diferente cada día”, dijo, encogiéndose de hombros, cuando le preguntaron para qué había comprado tantos zapatos.

“Fueron a buscar monedas comparado con el botín que encontraron”

 

El Sapo, que cayó poco después, había sido más cuidadoso. Se decía que las primeras tres noches después del asalto había dormido, vestido, echado sobre el bolso con el dinero. Y que en esas 72 horas se había mantenido a mate y cigarrillos porque ni se animaba a ir hasta el almacén a comprar víveres. Pero después algo le hizo clic porque cuando lo detuvieron a él también le incautaron documentos que probaban que se había comprado dos terrenos, un departamento en La Plata y una casa en la zona de 21 entre 5 y 6 de City Bell.

Presos el Indio y el Sapo, derribados sus sueños de grandeza rápida, quedaba Ghío, el Gitano.

En la tarde del 5 de enero el jefe de aquella brigada, el comisario inspector Edgardo Mastandrea abordaba en Ezeiza un avión de línea con destino directo a El Galeao, Río de Janeiro. No iba sólo: lo acompañaban cuatro detectives de la Brigada de Investigaciones de La Plata. Tenían el dato del hotel donde el prófugo planeaba celebrar su cumpleaños con sus cómplices del golpe a Mc Kee.

“Disfrazados” de turistas

Al día siguiente, “disfrazados” de turistas, los cinco policías se metieron a la pileta del hotel. Hacía 45 grados a la sombra, contaría uno de ellos. Para aflojar tensiones se pusieron a jugar en el agua. En ese asunto de empujarse, reírse y mojarse estaban los detectives cuando se plantó ante ellos, en el borde de la pileta, el jefe de la Policía Federal de Brasil. El hombre era gigante, de piel oscura y llevaba un informe impecable y una gorra de la que, increíblemente, no le bajaba ni sola gota de sudor a pesar de los 45 grados a la sombra sobre los que se desmayaba la tarde. El jefe Mastandrea leía una revista sentado en una reposera bajo una sombrilla y a lo primero que atinó fue pedir disculpas a su colega carioca por la fiesta acuática en la que estaban sus detectives. El brasileño, avisado por la Interpol, venía a ponerse a las órdenes de los brigadistas platenses. El operativo para agarrar a Ghío fue, aseguran, enorme. Pero el prófugo nunca apareció.

La leyenda urbana dice que El Gitano sigue en Brasil, donde supo invertir muy bien el producto de aquel robo. Algunos de aquellos policías insisten en que se quedó con su parte y la del entregador que nunca apareció. Alguna vez, en tal o cual charla transnochada, una fuente policial aseguró que, prescripta la causa por el paso de los años, Ghío habría vuelto a Ringuelet y que viviría ahí como un vecino más.

Como sea, ni él ni sus cómplices ni quienes les echaron el guante olvidarán aquel golpe millonario. Ni olvidarán todos esos sueños de “retirarse a lo grande” que se derrumbaron por 30 pares de zapatos.

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