Muertos olvidados
Edición Impresa | 30 de Noviembre de 2025 | 04:47
Alejandro Castañeda
afcastab@gmail.com
Una triste sorpresa causó la aparición del cuerpo momificado de Antonio Famoso, un hombre de 86 años, que permaneció 15 años muerto en su casa de la ciudad de Valencia, Ningún vecino advirtió su fallecimiento, nadie reparó en su ausencia. El hallazgo muestra que la soledad es más elocuente y dolorosa en las grandes ciudades, donde la discreción se confunde con la indiferencia. La aparición, tras quince años de absoluto abandono, confirma aquello que dijo Borges: “el nombre es arquetipo de la cosa”, porque a este famoso al final no lo conocía nadie.
La noticia de su muerte, asombros por lo que tardó en develarse, revive sin querer algo que sucedió aquí, en un PH de la calle 33, en marzo de 2014, cuando los insistentes maullidos de un gato callejero permitieron encontrar los cuerpos de una mujer y su hijo cuarentón que estaban allí, desde hace cuatro años, esperando que alguien los recogiera. Como se trataba de una madre y su hijo, la escena llegaba envuelta en misterio. ¿Nadie notó su ausencia? Estaban en cuartos separados, acostados, como si hubieran elegido ese final.
El vecindario de hoy no tiene la sana curiosidad de antes. No hay tiempo para andar vigilando otras vidas cuando exige mucho cuidado poder vigilar la nuestra. Los vínculos barriales han ido desapareciendo en defensa propia. Estos dos vecinos no vivían en el medio del campo. Estaban en la calle 33, compartiendo PH, pasillo y cielo con otras cuatro familias. Algunos habían notado que faltaban, pero hay tantos faltantes que ya nadie saca cuentas. ¿Por qué estas muertes duraron tanto?
Los pasillos del lugar aún siguen preguntando. ¿Qué pasó? ¿Escape de gas, envenenamiento, suicidio pactado? No hay signos de violencia ni mensajes. Como la justicia no encontraba rastros hubo que recurrir a un antropólogo para poder reconstruir una historia que mezclaba la soledad y el horror. Nadie los reclamaba ni los extrañaba ni los lloraba. Eran dos cuerpos que estaban allí, hechos polvo y olvido. Habían visto pasar sobre ellos los días y las noches. Y habían logrado seguir juntos sin dar noticias a nadie de su partida, apenas visitados por las inundaciones, esa lluvia mortal que pasó sobre ellos, quizá para purificarlos y cubrirlos con algo, una correntada que fue la única caricia que recibieron, como si el ir y venir de esas aguas hayan sido la mortaja fugaz de unas vidas que se fueron sin generar sospechas ni despedidas.
Deseada o no, alcanzaron una soledad perfecta: en vida no intercambiaban afectos con extraños y muertos alcanzaron el anonimato supremo de no ser notados por nadie. Fue un adiós absoluto, el final inadvertido de una madre y un hijo que solo dejaron, como mínimas pistas, papeles y facturas, únicos signos de pertenencia que al menos acreditaban la fecha de la muerte y echaban algo de luz sobre sus filiaciones. Nadie vino a visitarlos y nadie vino a reclamarlos. Es como si se hubieran ido sin haber estado. Tanto en Valencia, como en la calle 33, estos desoladores casos repiten una historia conocida, la de marcharse callados y de a poco, acompañados solamente por muebles, ropas y fotos que se han ido muriendo con ellos. Así se marchan esos viejos que están muy solos porque la vida les ha durado más que sus esperanzas.
Sorprende y conmueve tanto desamparo y tanto olvido. Son desapariciones que revelan un grado extremo de soledad y abandono. ¿Cómo se puede vivir así, absolutamente sin nadie a la vista? Los barrios deberían hacer cada tanto un inventario. Registrar los faltantes. La vecindad se ha ido quedando sin referencias próximas. Nadie pasa lista a lo que vamos dejando en el camino. Y el olvido se aprovecha de estas distracciones para seguir borrando cosas.
Kodokushi se llama en Japón a estos cuerpos solitarios que permanecen un largo período sin ser descubiertos. Para contrarrestarlo, se creó en 2013 un proyecto de “aislamiento cero”: un grupo de voluntarios visita mensualmente a los mayores de 70 años que viven solos. Es para constatar que aún hablan, escuchan y respiran. Han tomado nota que sigue creciendo ese universo de gente aislada que al final de sus días sin querer puede alcanzar una soledad absoluta: no solamente viven solos, también se marchan de este mundo sin que nadie se dé cuenta que estuvieron.
La soledad es más elocuente en las grandes ciudades, donde la discreción se confunde con la indiferencia
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