El Goyo (Parte 2)
Edición Impresa | 30 de Noviembre de 2025 | 04:53
Por JUANA GRACIANI
Mientras tanto mi violín sonaba distinto, las sonatinas de Clementi y algunos valses de Chopin daban cuenta de la alegría que me causaba, éste, mi secreto amor; por primera vez yo era feliz.
Una tarde de primavera, al descender del ómnibus vimos una humareda que salía de la ventana de la cocina de mi casa y escuchamos los gritos desesperados de doña Rufina pidiendo auxilio. Sin dudarlo ni un instante, el Goyo corrió, y sacando rápidamente agua de la piscina en incesante trajín pudo sofocar el incendio producido por un imprudente descuido.
Satisfecho, con su cara tiznada por el hollín, sonreía de oreja a oreja, mientras doña Rufina no cesaba de agradecer y lamentarse por lo ocurrido. Por supuesto, que al llegar mi padre fue anoticiado de lo sucedido; de la valentía del joven, de lo servicial que había sido, de lo bueno que era tenerlo como vecino, todo de boca de la cocinera, pero eso pareció no importarle demasiado a él, atinando solo a decir que habría que llamar urgentemente al pintor para volver a poner en condiciones el ambiente.
El Goyo, poco a poco pasó a ser algo así como un personaje necesario en la vida cotidiana de mi hogar; si se rompía la máquina de cortar el césped ayudaba al jardinero a repararla, si doña Rufina no podía con las bolsas de los mandados él colaboraba y hasta un día en que el automóvil de mi padre se averió, él con sus rudimentarios conocimientos de mecánica lo auxilió. Pero nada de eso parecía hacer cambiar su opinión, seguía siendo “el intruso”.
Los fines de semana se hacían interminables, no había manera de encontrarnos, así que me dedicaba a mis estudios como también el Goyo lo hacía para poder culminar sus exámenes finales, de ese su último año del secundario. Trataba de darle más expresividad al sonido de mi fiel violín, pero parecía que ello era imposible, tras intentarlo una y otra vez desistía y abandonaba la tarea algo desilusionada.
Llegó el caluroso diciembre y el Goyo recibió su diploma de graduación, se sentía feliz porque al fin podría trabajar y ayudar a la economía familiar. Ese fin de semana junto a varios compañeros irían a pasar el día al río, festejarían así, de esa única y austera manera la finalización de los estudios. Yo me sentía también feliz por sus logros y por la alegría que experimentaba por esa su primera incursión a una playa.
Esa noche no podía dormir, entre sueños escuché sollozos y gritos desgarradores que venían de la casa vecina. El río es traicionero me dijo doña Rufina cuando muy temprano me desperté. La miré, tratando de encontrar una respuesta, me abrazó , lloramos.
Fue el verano más triste de mi vida. No disimulaba mi dolor, ya no importaba que todos se enteraran que había perdido a mi primer, grande y secreto amor. Mi amigo el violín, se convirtió en mi aliado para mitigar tanto sufrimiento, el mismo sufrimiento que me hizo madurar tan de golpe y así la ira y el llanto contenidos, el desaliento, la frustración dieron por fin expresión a mi música, la música del alma.
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