La furia y la prosa que vuelve a la vida
Edición Impresa | 30 de Noviembre de 2025 | 04:57
Hay libros que no piden permiso para entrar: directamente patean la puerta. “El niño resentido”, de César González, empieza así, con una caída literal y simbólica: un nene de cuatro años que, mientras su madre fracciona cocaína, se escapa a la calle y se hunde en una cloaca abierta.
Una mano que lo agarra de los pelos lo rescata de esa oscuridad líquida. Todo lo que viene después —balas, robos, drogas, muertes, hospitales, cárceles— parece una extensión natural de ese primer naufragio. Como si el destino hubiera quedado escrito en ese barro inicial que lo recibió como una profecía.
La novela, publicada por Reservoir Books, es una autobiografía sin filtros y sin épica: un descenso al corazón de un barrio donde “la desesperación por la pobreza hizo florecer una rica tradición delictiva”.
González cuenta la historia de un chico que nació afuera de todo: hijo de una madre adolescente, adicta y delincuente; hijo de un padre linyera; nieto de una evangelista que lo puso a leer la Biblia y, sin saberlo, le entregó una llave para salir del infierno.
Pero la salida —cuando llegó— no fue inmediata ni recta: fue zigzagueante, furiosa, llena de tropiezos. Antes de escapar, hubo que tocar fondo muchas veces.
La novela es, también, un wéstern. Uno de balaceras, de persecuciones, de autos robados, de motos ajenas, de armas apoyadas en la cintura. Pero un wéstern de los años 90, en un país que se deshacía, en villas donde el Estado no entraba y donde la vida se defendía a los tiros.
“Dueños de todo en medio de la nada”, escribe. Los pibes chorros como cofradía, como hermandad que no promete redención sino brillo fugaz: chispazos de oro en un pozo ciego.
LA ESCRITURA Y EL SENTIDO
César González no narra para exculparse ni para conmover. Narra porque es la única forma que encontró de escapar a una vida destinada a terminar temprano, de forma precoz.
A los trece ya robaba motos, autos, casas; a los dieciséis, después de secuestrar a un turista brasileño, lo detuvo el GEOF. Esa detención le salvó la vida: la cárcel como umbral, como interrupción violenta que le permite leer, escribir, imaginarse otro.
Las críticas lo leen así: como un escritor que devuelve una mirada inédita, un lente que no está polarizado.
Lucrecia Martel dice que este libro “da miedo y tiene la llave para salir del miedo”. Leonardo Oyola lo llama “Beatle de la Carlos Gardel”. Medios periodísticos y críticos literarios coinciden en algo: González interroga las relaciones de clase, expone las grietas del relato hegemónico sobre la villa, desmonta los espejos deformados del arte y los medios.
Pero quizá lo más conmovedor del libro sea su manera de iluminar los pliegues: ese 24 de diciembre de 2001 que no fue saqueo ni violencia sino una fiesta dionisíaca en la villa; ese recuerdo de la música compartida, de los amigos muertos que envejecieron en el pecho; ese orgullo absurdo pero vital de la ropa nueva comprada con plata robada.
Momentos mínimos, luminosos, que irrumpen como destellos en un campo de batalla donde la miseria es el enemigo más abstracto y más real.
“El niño resentido” es brutal. Es poético. Es una cachetada. Y es, también, un recordatorio: detrás de cada historia que los medios muestran en cámara lenta —las sirenas, los patrulleros, los “delincuentes abatidos”— hay un chico que alguna vez quiso brillar.
Un chico que cayó en una cloaca y salió vivo. Un chico que encontró, en la escritura, la forma menos probable de escapar del destino que le habían asignado.
Leer este libro es atravesar el vidrio polarizado. Mirar lo que no queremos ver.
Y, además, entender que, aun en el borde del abismo, la vida insiste en arder.
El niño resentido
César González
Editorial: Reservoir Books
Páginas: 192
Precio: $24.699
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