Consejos, claves y secretos: para leer libros eternos

Entre agendas saturadas, notificaciones constantes y la ansiedad por avanzar rápido, los libros extensos y exigentes parecen un lujo imposible. Con algunos hábitos simples es posible disfrutarlos

Edición Impresa

Hay libros que, apenas los abrimos, parecen mirarnos desde arriba. Novelas monumentales, ensayos riquísimos en ideas, clásicos con oraciones interminables que nos dejan a mitad de camino.

Frente a la magnitud, suele aparecer el mismo reflejo: esto me va a llevar una eternidad.

Pero, lo cierto es que leer libros largos, densos o difíciles no es una habilidad reservada para lectores profesionales o para quienes tienen horas libres al borde del océano. Es una práctica, casi un músculo, que cualquiera puede fortalecer si abandona la lógica de la urgencia y se entrega al ritmo propio del texto.

Por ello, aquí algunos secretos para enfrentar aquellas lecturas que fueron abandonadas sólo por su extensión de páginas.

El primer secreto es dejar de pensar la lectura en términos de rendimiento. No es un maratón. No hay que avanzar veinte páginas por día ni llegar al final en dos semanas.

Los libros complejos piden otra cosa: paciencia, constancia y una cierta humildad. Leer de a poco —cinco, diez páginas por vez— es una forma válida y poderosa de avanzar. Lo importante no es la cantidad, sino la continuidad. La lectura fragmentada pero cotidiana sostiene la inmersión, incluso cuando el libro demanda un gran esfuerzo intelectual.

Una segunda y posible recomendación es aceptar que no todo se entiende en la primera pasada. Los textos densos suelen exigir volver atrás, subrayar, anotar, conversar con el libro. Ese diálogo es parte del viaje. La dificultad no es un obstáculo, sino un territorio fértil donde aparecen ideas inesperadas. Leer despacio, sin miedo a releer, permite que la experiencia sea más profunda y menos tiránica.

Otra clave: también ayuda ritualizar la lectura. Encontrar un horario y un lugar donde el teléfono no interrumpa, donde la luz acompañe y el cuerpo pueda instalarse sin apuros. A veces, media hora antes de dormir o cuarenta minutos un domingo a la mañana alcanzan para entrar en obras que parecían infranqueables. El hábito vence al miedo: cuando uno vuelve siempre al mismo punto, la historia empieza a esperarlo.

Por último, otro tip fundamental: conviene elegir bien el momento vital para cada libro. Hay obras que necesitan un lector descansado, curioso, dispuesto a dejarse llevar. No es lo mismo empezar “Guerra y paz” en un pico de estrés que abrirlo cuando la cabeza tiene espacio. Reconocer esos tiempos —y no culparse si no son los de otros— hace que la lectura deje de ser una carga para convertirse en una compañía exigente pero generosa.

Leer libros largos y difíciles no es una proeza, sino un modo de volver a la lectura lenta: esa en la que uno escucha su respiración, se detiene en una frase luminosa y, por un rato, sale del ruido del mundo. Un recordatorio de que la dificultad, bien encarada, puede ser un regalo.

consejos
claves
secretos
libros eternos

Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE