Qué leen los platenses: de Villa Elisa hasta el casco urbano

Autoras latinoamericanas, misterio, no ficción argentina y novedades calientes: un retrato del presente lector en la región. Las librerías de La Plata revelan qué títulos buscan sus lectores

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Hay una manera de saber qué piensa una ciudad: mirar lo que leen sus habitantes. A veces basta con asomarse a una librería —esas trincheras pequeñas donde el deseo todavía vende ejemplares— para descubrir que el pulso de La Plata no está solo en las diagonales sino también en esos anaqueles que resisten a fuerza de recomendaciones, clubes de lectura y catas de vino.

Y también, claro, a fuerza de libreros que hacen equilibrio en plena recesión económica, tratando de que la caja cierre sin que se cierre la persiana.

CITY BELL Y VILLA ELISA

Ana Lorean, dueña de una librería histórica de City Bell, observó -en diálogo con EL DIA- un movimiento particular: “Por lo general es un público informado, ávido de leer las últimas tendencias”, expresó.

Sus cinco libros más buscados arman una foto limpia: “Secretos de sangre” de Viviana Rivero; “Las cruzadas del siglo XXI” de Bernabé Malacalza; “La soledad” de Gabriel Rolón; “Mi niñera de la KGB” de Laura Ramos; y “Lyna y Mandarina” de Lyna Vallejos.

Una mezcla que ilumina, sin pedir permiso, la pluralidad del lector suburbano: novela histórica, geopolítica nacional, psicología mainstream, crónica híbrida y literatura juvenil con sello de influencer.

Ahí, en esa variedad, se percibe un lector atento al presente, ansioso de novedades, pero también dispuesto a leer mundos familiares: dramas íntimos, conspiraciones geopolíticas, duelos personales, secretos domésticos. El barrio como ecosistema lector, en pleno norte platense, respira esa mezcla de sofisticación y consumo rápido.

Por otro lado, Sandra Martínez, dueña de una librería de City Bell, contó a EL DIA: “Acá hay un público mayoritariamente que busca y lee literatura de mujeres, que pueden ser argentinas o no, pero hay una búsqueda de voces femeninas” y añadió: “Por otro lado un público infantil y adolescente muy ávido que busca desde historietas y mangas, hasta fantasía y aventuras”.

¿Títulos? “Diría que se vendió otra vez “Cometierra” de Dolores Reyes por la aparición de la serie, “Un lugar soleado para gente sombría de Mariana Enriquez” y en infantiles El árbol de los disparates, de Asterix”, concluyó Martínez.

 

El Nobel de Literatura del año pasado explotó en ventas cuando se anunció el premio

 

EN EL CASCO URBANO

En el centro, una librería histórica del casco (ubicada en calle 7 entre 55 y 56) muestra otro termómetro. “Lo que más se vende son libros escritos por autoras mujeres, medio oscuros tirando al terror”, explica Jorge García.

Y la lista no falla: Han Kang —con “Imposible decir adiós” y “La vegetariana”—, Mariana Enriquez —desde “Los peligros de fumar en la cama” hasta “Un lugar soleado para gente sombría”— y algunos pesos pesados que siempre funcionan: el nuevo Dan Brown, Rolón, Alconada Mon.

La ciudad parece tener, en su corazón, una inclinación por el misterio: lo que perturba, lo que roza lo espectral, lo que hace que un lector se quede un rato más despierto. Pero también hay otro sector, más adulto y mayoritariamente femenino, que busca horóscopos, tarot, autoayuda suave: esas brújulas afectivas que prometen alivio en tiempos de incertidumbre.

El dato no es menor: cuando la economía se derrumba, la literatura de protección —la que promete orden, sentido, recuperación— suele ganar terreno. Y en La Plata, que no escapa a la tendencia nacional de consumo retraído, la lectura se vuelve no solo un refugio simbólico sino un producto regulado por la billetera.

En la librería de Guadalupe Reboredo (ubicada en 42 entre 8 y 9), la tendencia es clara: lectoras jóvenes y no tan jóvenes que buscan autoras latinoamericanas contemporáneas. Mucha Mariana Enriquez, mucha Samanta Schweblin. También Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero —ambas ecuatorianas—, que ya integran ese canon inmediato donde la crudeza, el gótico latinoamericano y la violencia como respiración generan una zona estética reconocible, casi una marca de época.

Guadalupe agregó otro dato: el Nobel de Literatura del año pasado, László Krasznahorkai, explotó en ventas cuando se anunció el premio. “Antes no se había vendido nunca”, admitió a este diario. El Nobel como algoritmo humano: una notificación que activa compras impulsivas incluso en una economía devastada.

Y aunque todavía faltan los libros de Sandra Martínez, la librera de Villa Elisa, todo indica que van por el mismo lado: lectoras fieles, consumo retraído, la sombra del misterio contemporáneo, las apuestas seguras, el boca a boca.

 

Malabares para sostener ventas: clubes de lectura, presentaciones, entre otras actividades

 

CONTEXTO DE CRISIS

Pero este mapa lector no puede leerse sin su contexto. Argentina vive desde hace más de dos años una crisis económica que obliga a recalcular cada gasto. El dólar tocó techos nuevos. En septiembre, el consumo tuvo caídas del 6,3% intermensual y del 7,9% respecto del año anterior —que ya había sido malo—. La morosidad familiar crece. Y las librerías, aunque siguen abiertas, avanzan a los tumbos.

El informe de la Cámara Argentina del Libro junto al Núcleo de Innovación Social lo confirma: el 68% de las librerías del país tuvo caídas interanuales en sus ventas. Una estadística contundente que coincide con los relatos locales.

“Las ventas cayeron un 25 por ciento”, decía meses atrás Ana Borean. “Este año, apenas emparejamos lo del 2024, que ya había sido malo”. En la librería de calle 7, Santiago Aranciaga sumaba otra variable: “En 2024 hubo un aumento muy fuerte del precio del libro. Este año se mantuvo, pero eso no siempre reactiva la venta”. Hoy, un libro promedio cuesta entre 29.000 y 49.900 pesos.

La resistencia, entonces, no es solo poética: requiere estrategias. Clubes de lectura con café, catas de vinos o de whisky, ferias, presentaciones, actividades culturales. En un país donde la gente hace números antes de comprar un litro de leche, sostener un negocio que vende ficción es casi un acto espiritual.

“Cuando entran adolescentes buscando un libro que vieron en TikTok, se entusiasman, gritan. Eso es maravilloso”, contó Borean. Porque hoy, además, ser librero es ser community manager: sacar fotos, filmar reels, responder consultas, estudiar la métrica. La red social como vidriera y como supervivencia.

Pero no todas sienten el mismo pulso. Para Guadalupe Reboredo, “ya es normal vender poco y vivir con deuda”. Y Sandra Martínez, desde Villa Elisa, también advierte una baja sostenida y menos promociones bancarias.

Frente a ese panorama, lo interesante no es solamente qué leen los platenses sino cómo sostienen su lectura. Y ahí aparece la trama fina: la clientela fiel, el vínculo artesanal, la recomendación pensada, la librería como refugio y como club social involuntario.

Lo que se vende hoy en La Plata —novelas oscuras, autoras latinoamericanas, misterios contemporáneos, psicología accesible, crónicas locales— compone una radiografía emocional del presente: una mezcla de inquietud, búsqueda de sentido, necesidad de compañía y deseo de mirar —aunque sea desde una página— mundos más intensos o más comprensibles.

Quizás por eso las librerías siguen abiertas. Porque incluso en crisis, incluso en la ciudad que ajusta, la lectura se mantiene como ese pequeño lujo negociado: lo que se compra después de sacar cuentas, lo que se elige cuando todo lo demás parece incierto. En esas elecciones silenciosas, que empiezan en City Bell, atraviesan el Casco y llegan a Villa Elisa, La Plata arma su propio canon del presente. Su respiración. Su narrativa íntima.

Y como siempre, una librería —una sola— basta para saber quiénes somos.

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