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Por MARCELO GUILLERMO PIAZZA

Ante el Rey de un lejano territorio, fue llevada una anciana vestida con harapos, cuya edad era muy difícil de calcular. Se decía que sobrevivía a varias generaciones.

El monarca preguntó al Consejo de notables porqué la habían llevado ante su presencia.

—Está acusada de practicar ritos de hechicería —respondieron sus integrantes—, y por tal motivo debe ser quemada.

El Rey desde su trono la interrogó:

—Mujer, es verdad lo que dicen, ¿que eres una bruja?

La anciana arrodillada, con los brazos atados a la espalda y la cabeza gacha, no contestó.

 

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—¡Responde a tu soberano! —le gritaron los notables. Tu vida está en sus manos.

La anciana, sin levantar la cabeza, dijo con voz firme:

—No soy una bruja mi Señor. Me acusan falsamente —agregó.

—Sin embargo, aseguran haberte visto hacer rituales por las noches —expresó el monarca.

—No lo soy —repitió la mujer—. Si me condenas a la hoguera y me quemas, se cumplirá el designio que maldice mi existencia, y liberarás la peste que vive encerrada en mi cuerpo. Entonces, morirás mi Señor junto a todo tu pueblo.

El Rey consultó una vez más al Consejo, y éstos al unísono gritaron exaltados:

—¡Es una embustera! ¡En verdad es una bruja! Tiene que condenarla a la hoguera —insistieron.

El Rey firmó la sentencia, y la mandó a quemar a medianoche.

Al amanecer, el Rey y el pueblo despertaron infectados por la peste.

 

 

 

 

 

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