Las promesas de fin de año
Edición Impresa | 11 de Enero de 2026 | 02:09
Por MARTINA
Casco Urbano
Las promesas de fin de año tienen algo de acto íntimo y algo de puesta en escena. No se le prometen a nadie en particular, pero necesitan ser dichas, aunque sea en voz baja, para existir. Funcionan como una tregua: durante unos días creemos que todo puede ordenarse con solo proponérnoslo. Que alcanza con querer.
El problema no es prometer, sino el peso simbólico que les damos. Convertimos el calendario en juez y al 31 de diciembre en una especie de frontera moral. Como si los errores del año viejo caducaran a medianoche y el año nuevo viniera, por defecto, con otra versión de nosotros mismos.
Tal vez habría que bajarles el volumen. Pensar las promesas no como un contrato anual, sino como pequeñas decisiones cotidianas. Menos grandilocuencia y más constancia. Menos lista y más proceso. Porque cambiar no suele empezar un 1° de enero: empieza un martes cualquiera, cuando nadie está brindando.
Las promesas de fin de año no están mal. Consolan, ordenan, ilusionan. Pero quizá su verdadero valor no esté en cumplirlas, sino en lo que revelan: eso que deseamos ser, incluso cuando sabemos que no siempre podemos.
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