Cómo empezar a correr desde cero: tips par una preparación de pocas semanas
Edición Impresa | 18 de Enero de 2026 | 05:50
El cuerpo quieto también se oxida. No hace ruido, no avisa, pero con el paso de los años el sedentarismo va dejando marcas silenciosas: cansancio crónico, rigidez, falta de aire ante el menor esfuerzo. En ese escenario, cada vez más personas deciden dar un paso tan simple como poderoso: empezar a trotar. No para ganar una carrera ni para subir una foto a las redes, sino para recuperar algo elemental que la rutina moderna fue limando sin piedad, el movimiento.
El problema no suele ser la falta de voluntad, sino la manera de empezar. La escena se repite: alguien sale a correr de golpe, fuerza un cuerpo desacostumbrado, vuelve a casa exhausto y a los pocos días aparecen dolores que sellan el abandono. El error está en creer que correr es un acto inmediato, cuando en realidad es un proceso. Antes de correr, hay que volver a habitar el cuerpo.
El problema no suele ser la falta de voluntad, sino cuál es la manera de empezar
Caminar a buen ritmo suele ser el primer gesto revolucionario. Es una actividad subestimada que despierta músculos dormidos, activa la circulación y empieza a entrenar al sistema respiratorio. Desde ahí, el paso al trote se da de forma natural, casi sin darse cuenta, alternando tramos cortos de carrera con caminatas. El cuerpo, cuando no es castigado, aprende rápido.
Escuchar las propias sensaciones es una de las claves que más repiten entrenadores y médicos deportivos. Respirar fuerte, transpirar y sentir el pulso acelerado es parte del proceso. El dolor intenso, punzante o persistente no lo es. En una cultura que glorifica el esfuerzo extremo, aprender a frenar también es una forma de progreso. Descansar no es fallar: es consolidar.
El equipamiento cumple un rol más importante del que muchos imaginan. No se trata de moda ni de marcas, sino de cuidado. Unas zapatillas pensadas para correr, con amortiguación adecuada, pueden marcar la diferencia entre una experiencia placentera y una seguidilla de molestias en tobillos, rodillas o espalda. El cuerpo agradece cuando el impacto está bien absorbido.
La constancia aparece como el verdadero motor del cambio. Salir a trotar unos minutos, varias veces por semana, tiene más impacto real que una sesión aislada y extenuante. El organismo se adapta a la repetición, no a los gestos heroicos. Con el tiempo, lo que hoy parece un límite infranqueable se vuelve parte del calentamiento.
En el inicio, la comparación suele ser una trampa. Mirar el ritmo ajeno, las distancias de otros o los cuerpos que aparecen en redes sociales solo alimenta la frustración. Cada persona corre con su historia: edades distintas, pesos distintos, años distintos de quietud acumulada. El único parámetro válido es el propio avance, aunque sea imperceptible para los demás.
La respiración, uno de los grandes temores de quienes empiezan, se acomoda con el correr de los días. No hay fórmulas mágicas, solo la búsqueda de un ritmo cómodo que permita hablar con cierta dificultad pero sin ahogo. Cuando falta el aire, casi siempre la solución es bajar la velocidad, no endurecer el cuerpo.
Elegir recorridos cortos y conocidos también ayuda. Saber que la casa está cerca reduce la carga mental y hace que el esfuerzo se sienta más liviano. La cabeza, al igual que las piernas, necesita adaptarse a la idea de correr.
Los objetivos pequeños sostienen el deseo. No se trata de pensar en grandes desafíos futuros, sino en metas cercanas y alcanzables: completar un tramo sin parar, salir tres veces en una semana, volver a casa con la sensación de haber hecho algo por uno mismo. Esos logros, modestos pero reales, son los que construyen el hábito.
Empezar a trotar no es solo una decisión deportiva. Es un gesto íntimo, casi político, en un mundo que empuja a quedarse quieto. No exige talento ni experiencia previa, solo paciencia y respeto por el propio cuerpo. El resto llega solo, paso a paso, respiración tras respiración.
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