La visa para entrar a Estados Unidos, las redes y la ilusión mundialista

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La cuenta regresiva para el Mundial de Fútbol 2026 ya empezó y, con ella, el sueño de miles de argentinos —también de muchos platenses— de acompañar a la Selección en Estados Unidos. Pasajes, alojamiento, estadios. Todo entra en la planificación. Pero hay un factor menos visible que comienza a pesar tanto como el turno en la Embajada: la huella digital.

Desde 2019, quienes solicitan una visa estadounidense deben informar sus identificadores en redes sociales. No es un detalle administrativo ni un formalismo menor: forma parte de un esquema de seguridad que se ha ido profundizando con el tiempo. Como recuerdan desde la representación diplomática, la visa es “un privilegio, no un derecho”. Y en ese marco, el control no se agota en la entrega del formulario. Es continuo: durante el trámite, al momento de la aprobación y a lo largo de toda la vigencia del permiso.

Las exigencias varían según el tipo de visa. Para estudiantes (F, M y J), desde junio de 2025 se exige mantener los perfiles en modo público. Para visas laborales H-1B y H-4, la obligación rige desde diciembre. En el caso de turismo (B1/B2), por ahora no se exige que las cuentas estén abiertas, pero sí deben declararse. En todos los casos, una publicación conflictiva puede derivar en demoras, preguntas adicionales o entrevistas más exhaustivas.

Las llamadas “red flags” incluyen discursos de odio, expresiones antisemitas, apoyos a organizaciones consideradas terroristas o indicios de haber excedido estadías previas. También se analizan eventuales participaciones en protestas catalogadas como “sensibles” o mensajes que sugieran intención de migrar de manera irregular. Un posteo antiguo o un “like” polémico no suelen ser determinantes por sí solos, pero pueden abrir la puerta a una revisión más profunda.

En este escenario, donde lo digital se entrelaza con lo migratorio, no tardó en aparecer un nuevo mercado: herramientas basadas en inteligencia artificial que escanean perfiles públicos y advierten sobre posibles alertas antes de que lo haga un oficial consular. No eliminan contenidos ni acceden a mensajes privados; simplemente marcan posibles “banderas rojas”. Luego, la decisión queda en manos del usuario.

El fenómeno revela algo más profundo que la ansiedad por llegar al Mundial. Además del debate sobre si es correcto que un país analice todo esto para otorgar o no una visa, expone cómo las redes sociales dejaron de ser solo espacios de expresión, ocio o intercambio personal para integrarse a un ecosistema global de evaluación y control. Lo que ayer parecía una opinión al pasar, hoy puede transformarse en un elemento bajo escrutinio oficial.

Para una sociedad como la nuestra, donde el debate público es intenso y las redes amplifican cada postura, el tema invita a una reflexión serena. No se trata de renunciar a la libertad de expresión ni de promover la autocensura preventiva, pero sí de comprender que la vida digital tiene consecuencias reales, incluso en trámites que exceden fronteras.

En tiempos donde el sueño mundialista convive con nuevos filtros invisibles, la pregunta no es solo si obtendremos la visa a tiempo. También es qué lugar ocupa nuestra identidad digital en un mundo donde cada publicación deja rastro. La ilusión de alentar a la Selección en 2026 puede depender, en parte, de aquello que escribimos años atrás sin imaginar que alguien, en algún momento, lo volvería a leer.

 

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