Adicción a las redes: también afecta a los mayores

El uso excesivo también impacta en adultos y genera debate sobre su abuso. Sugieren evaluar sus efectos y aplicar medidas para limitar el tiempo de pantalla

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El uso intensivo de redes sociales también puede afectar a los adultos y generar conductas que algunos especialistas comparan con otras adicciones conductuales o a sustancias. Aunque existe debate académico sobre si corresponde utilizar el término “adicción”, investigadores y profesionales de la salud mental coinciden en que muchas personas experimentan dificultades para limitar el tiempo que pasan en plataformas digitales.

Entre las aplicaciones más utilizadas se encuentran Instagram, TikTok y Snapchat. Estas plataformas se financian principalmente a través de publicidad y cuentan con sistemas diseñados para maximizar el tiempo de permanencia de los usuarios. El acceso permanente desde dispositivos móviles, la reproducción automática de contenidos y las notificaciones constantes forman parte de esos mecanismos.

La doctora Anna Lembke, psiquiatra y directora de medicina de adicciones en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford, define la adicción como el uso compulsivo continuo de una sustancia o comportamiento pese al daño que pueda generar. Durante su testimonio en un juicio en Los Ángeles sobre presuntos daños vinculados a redes sociales, sostuvo que el acceso permanente y sin fricciones es uno de los factores que favorecen el uso compulsivo.

El concepto de “adicción a las redes sociales” no está reconocido como trastorno oficial en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), referencia utilizada por profesionales de la salud mental. Parte de la discusión gira en torno a la ausencia de criterios clínicos unificados y a la dificultad para diferenciar entre uso intensivo y un cuadro con síntomas como urgencia incontrolable o síndrome de abstinencia.

La doctora Laurel Williams, profesora de psiquiatría y ciencias del comportamiento en la Facultad de Medicina de Baylor, señaló que un indicador relevante es cómo el uso impacta en la vida cotidiana. Si el tiempo en redes desplaza otras actividades, interfiere con responsabilidades laborales o personales, o genera malestar emocional frecuente, puede considerarse problemático.

El investigador Ofir Turel, profesor en la Universidad de Melbourne, afirmó que no existe consenso sobre la terminología, aunque sostuvo que el uso intensivo plantea un desafío social. En la misma línea, Ian A. Anderson, investigador del Instituto Tecnológico de California, propuso intervenciones conductuales simples para reducir la frecuencia con la que se abre una aplicación, como modificar la ubicación de los íconos o desactivar notificaciones.

Especialistas recomiendan comprender el funcionamiento de los algoritmos y de la publicidad digital antes de intentar limitar el tiempo de uso. Señalan que los contenidos se organizan para mantener la atención y que la repetición puede influir en la percepción de veracidad de la información.

Los dispositivos también incorporan herramientas para regular el tiempo de pantalla. En los teléfonos de Apple, la función Tiempo de Pantalla permite programar períodos de inactividad y establecer límites para categorías de aplicaciones o apps específicas. Los sistemas operativos Android incluyen opciones similares. Estos límites pueden ser modificados por el propio usuario, por lo que funcionan como recordatorios más que como bloqueos definitivos.

Algunas personas optan por medidas adicionales, como configurar la pantalla en escala de grises para reducir el atractivo visual o utilizar teléfonos con funciones limitadas. También existen soluciones físicas desarrolladas por empresas como Unpluq, Brick y Blok, que requieren el uso de dispositivos externos para desbloquear aplicaciones.

La firma Yondr comercializa fundas y cajas diseñadas para bloquear el acceso al teléfono durante determinados períodos.

Profesionales de la salud mental señalan que, cuando las estrategias técnicas no resultan suficientes, puede ser útil explorar factores subyacentes como ansiedad, estrés, soledad o depresión. En esos casos, la consulta con un especialista y el apoyo de redes sociales presenciales pueden contribuir a modificar los hábitos digitales y reducir el uso problemático.

 

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