El dilema estratégico de una guerra fácil de iniciar y difícil de cerrar

Analistas advierten que la ofensiva puede derivar en un conflicto prolongado, con impacto regional y consecuencias globales

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El ataque lanzado por Estados Unidos e Israel contra objetivos iraníes reconfiguró el escenario en Medio Oriente y abrió interrogantes sobre su alcance real. Especialistas en defensa coinciden en que iniciar la ofensiva puede haber sido una decisión táctica relativamente sencilla, pero concluirla con éxito político y militar será considerablemente más complejo.

Alex Crowther, investigador principal del Programa de Defensa y Seguridad Transatlántica del Centro de Análisis de Políticas Europeas (CEPA), sostiene que existen “dos fallas importantes” en el enfoque estadounidense. La primera es histórica: ninguna potencia logró forzar una rendición únicamente mediante campañas aéreas sostenidas. Desde el Blitz alemán sobre el Reino Unido hasta los bombardeos sobre Vietnam del Norte, los antecedentes muestran que este tipo de ofensivas suelen reforzar la resistencia del adversario en lugar de quebrarla.

En ese marco, la Casa Blanca enfrenta una contradicción central: el presidente Donald Trump no ha manifestado interés en una intervención terrestre, pero sin presencia sobre el terreno resulta difícil alcanzar objetivos estratégicos profundos, como el desmantelamiento estructural del régimen o de sus capacidades militares.

Exigencias “existenciales” y margen nulo de negociación

El segundo problema señalado por Crowther es político. Washington exige que Teherán renuncie a capacidades que el régimen considera existenciales: su programa nuclear, su desarrollo misilístico y su red de aliados regionales. Desde la lógica iraní, aceptar esas condiciones equivaldría a una capitulación estructural.

Esta dinámica pone en cuestión la etapa previa de negociaciones. Osamah Khalil, profesor de Historia y especialista en Medio Oriente en la Syracuse University, afirma que los contactos diplomáticos no habrían sido “de buena fe”. Según recuerda, el ministro de Asuntos Exteriores de Omán —país mediador— había informado recientemente sobre avances en torno al programa nuclear y una concesión significativa de Teherán. Sin embargo, Washington y Jerusalén optaron por la vía militar.

Para los analistas, esa decisión altera el cálculo estratégico iraní: si el objetivo real es el cambio de régimen y no solo la contención nuclear, la probabilidad de rendición disminuye drásticamente y aumenta la disposición a sostener un conflicto prolongado.

El riesgo de la regionalización

Uno de los principales temores es la expansión del conflicto más allá del territorio iraní. Según Crowther, el mayor riesgo inmediato es que Teherán active su red de aliados y utilice su arsenal misilístico contra intereses estadounidenses y socios regionales.

Ya se reportaron explosiones en capitales del Golfo como Riad, Abu Dabi, Dubái, Doha y Manama, además de ataques en Bahréin. A ello se suma la capacidad operativa —aunque debilitada— de actores como Hezbollah en Líbano, Hamás y los hutíes en Yemen.

Khalil advierte que esta nueva fase podría tener implicancias económicas severas. El eventual cierre del estrecho de Ormuz —clave para el tránsito global de petróleo— o ataques a instalaciones energéticas del Golfo Pérsico impactarían de manera directa en los mercados internacionales. Además, el movimiento Ansar Allah en Yemen ya reactivó restricciones al tráfico comercial en el Mar Rojo, un corredor estratégico para el comercio global.

Vulnerabilidades militares y costos materiales

Los estrategas estadounidenses han advertido en reiteradas ocasiones que bases y buques de guerra en la región son vulnerables a misiles y drones iraníes. La situación se complejiza por la escasez de interceptores y municiones, tras conflictos recientes como la denominada “Guerra de los 12 Días” y el prolongado frente en Ucrania.

Los primeros reportes indican que algunos proyectiles iraníes habrían logrado evadir sistemas de defensa antimisiles estadounidenses e israelíes. De confirmarse, ese dato modificaría el equilibrio disuasivo y elevaría el costo de sostener la campaña.

El “día después”: el fantasma de Irak y Libia

Más allá del frente inmediato, los expertos señalan una pregunta estructural: ¿qué ocurre si la operación logra desestabilizar o derribar al régimen iraní?

Crowther recuerda la experiencia de Irak en 2003, donde un cambio de régimen sin planificación posterior derivó en años de violencia y fragmentación institucional. Un escenario similar en Irán —un país más poblado y con mayor peso geopolítico— podría generar un vacío de poder de consecuencias imprevisibles. El antecedente de Libia también funciona como advertencia: intervención, caída del régimen y posterior desintegración del Estado.

En este contexto, la ausencia de un plan claro para la reconstrucción o estabilización incrementa el riesgo estratégico. Si la operación fracasa, Irán podría radicalizarse aún más; si tiene éxito parcial, el caos interno podría irradiarse hacia toda la región.

El frente externo se combina con el frente interno. Trump enfrenta índices de aprobación históricamente bajos y había asegurado que el programa nuclear iraní había sido “aniquilado” en conflictos anteriores. La decisión de avanzar nuevamente con una ofensiva implica una apuesta política considerable.

Si el conflicto se prolonga, con víctimas civiles crecientes y efectos económicos globales, el costo doméstico podría escalar. Y si, como advierten los analistas, la meta es un cambio de régimen, la posibilidad de una rendición rápida se reduce.

La conclusión compartida por los especialistas es contundente: iniciar la ofensiva fue una decisión táctica; terminarla con estabilidad regional y sin una guerra prolongada será el verdadero desafío estratégico. En Medio Oriente, la historia reciente demuestra que la superioridad militar no garantiza cierres políticos ordenados.

 

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