“Aquella fue la época más feliz de mi vida, quizá la única en que fui feliz”
Edición Impresa | 1 de Marzo de 2026 | 23:26
Aquí cursó el secundario en el Colegio Nacional; aquí accedió al doctorado de Física en la facultad de Ciencias Exactas de la UNLP. También aquí conoció a la mujer, con quien se casó y nació su primer hijo; en la Ciudad se inició en la militancia política y, fundamentalmente, fue en La Plata donde se encendió su vocación literaria.
Ah, faltaba decir que aquí también se convirtió en un “furioso” pincharrata.
Y aunque Ernesto Sábato no era platense, la “magia” de la Ciudad lo envolvió no bien llegó en 1924, con apenas doce años de edad y procedente de la localidad de Rojas, para cursar sus estudios secundarios compartiendo un cuarto de pensión con Juan, uno de sus hermanos mayores que seguía la carrera de Ingeniería.
En aquellos tiempos la Universidad era el principal eje en torno al cual discurría la vida de nuestra ciudad. La atmósfera intelectual ganaba la mayor parte de los espacios en los que los jóvenes se movían. En síntesis, era La Plata la tierra más fértil en la que podía prosperar y desarrollarse a pleno en todas sus aristas la personalidad de este hombre bueno, inteligente y soñador.
Fueron personalidades como las de Pedro Henríquez Ureña y Ezequiel Martínez Estrada, las que en La Plata inspiraron en la segunda mitad de la década de los veinte, sembrando con acierto en el joven Sábato la semilla literaria, según él mismo sostuvo en diversas oportunidades.
UN VERDADERO PLATENSE
Pero no se trata en este artículo de reseñar su trayectoria científica, política o literaria, sino de brindar un pantallazo de la relación con nuestra ciudad que tuvo esta reconocida personalidad.
Siempre se definió como un “verdadero” platense, porque no sólo fue el nuestro el ámbito en el que forjó su personalidad, sino que siempre estuvo regresando a La Plata tras radicarse en 1943 en la ciudad de Buenos Aires.
Volvía a visitar a sus padres y hermanos, radicados en una magnífica casona del barrio de Meridiano V, a sus múltiples amistades cosechadas durante sus años como alumno y docente universitario, y para ir a la cancha a ver a su Estudiantes del alma.
Sostenía que “me hice Pincha no bien llegué a La Plata”, y aunque practicó brevemente varios deportes, incluso el box, se alistó en las divisiones juveniles albirrojas en una época en donde el fútbol argentino aún transitaba la etapa del amateurismo.
Ernesto era un joven amable, muy educado y respetuoso, pero dentro del campo de juego, según relató en una entrevista periodística, era un defensor “muy violento; me decían ‘rompe canillas’; pegaba mucho y hasta me agarraba a las trompadas con los de Gimnasia”.
En la página web de Estudiantes hay un capítulo destinado a Sábato, en el que se reconoce su trayectoria como hincha y socio de la institución, al tiempo que se detalla que “la Biblioteca situada en el Colegio del Country Club de City Bell lleva su nombre, para que los cientos de alumnos no olviden su legado”.
EL COLEGIO NACIONAL
En el Colegio Nacional Rafael Hernández el joven Sábato hizo el secundario. En su biografía se destaca su paso por esa institución educativa platense, señalándose que esa época fue la que el futuro literato, según él mismo narra, aprovechó para “leer incansablemente”.
“En 1992, nuestra Casa de Estudios le otorgó el Doctorado Honoris Causa y nuestro Colegio, en el año 2005, lo nombró Egresado Ilustre. En su honor, la Sala de Lectura de nuestra biblioteca lleva su nombre”, se añade en la web del Nacional.
A los 17 conoció a la platense Matilde Kusminsky Richter con la que se puso de novio para casarse en 1936 tras egresar de Ciencias Exactas; y Jorge Federico, el mayor de los dos hijos que tuvo el matrimonio, nació el 25 de mayo de 1938 en La Plata.
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