Anécdotas y enseñanzas de un Arzobispo de La Plata
Edición Impresa | 1 de Marzo de 2026 | 23:27
En 1985 Monseñor Antonio Quarracino fue nombrado Arzobispo de La Plata y, en 1990, de Buenos Aires. Un año más tarde, el 28 de julio de 1991, fue designado cardenal por Juan Pablo II. Un intelectual británico, Austen Ivereigh, luego biógrafo del Papa Francisco, dijo que Quarracino le agradaba a Juan Pablo II y que era “cercano a los obreros, sólido en cuestiones de doctrina, pro-vida y pro-justicia social. Polemista elocuente, poseedor de un potente sentido de la ironía, tenía el don de la calidad y una capacidad peronista para conectar con el pueblo común. Pero también podía ser descarnado, y su tendencia a decir lo que pensaba, hacía que se lo viese como alguien más reaccionario de lo que era”.
Pronto la diócesis platense se vería sorprendida por la capacidad intelectual y el estilo abierto de esta suerte de político renacentista, diplomático de primer nivel y con gran capacidad para conducir mucho más que los destinos de una arquidiócesis. Considerado como un conservador, no se duda que Quarracino fue quien le facilitó y abrió el camino a Jorge Bergoglio, a quien sacó de un virtual retiro en el interior del país y lo catapultó para que lo nombraran Papa. Tenía una fuerte influencia en el Vaticano.
La vida de Jorge Bergoglio “dio un vuelco cuando el cardenal Quarracino lo escogió, precisamente, como uno de sus obispos auxiliares, fascinado por sus condiciones sacerdotales, su visión de la Iglesia y su inteligencia”, diría años después el publicista católico Sergio Rubín.
LA CURIA PLATENSE
Cuando Quarracino asumió en la Curia platense fue entrevistado por dos periodistas de EL DIA y de entrada lo que hizo fue pedir que no se publicara lo primero que les iba a decir: “No quiero hacer quedar mal a mis antecesores, pero lo que advierto es que La Plata es una ciudad muy racional, universitaria, llena de facultades, de institutos, de colegios profesionales. Y me encuentro con que hay numerosas parroquias milagreras, con pétalos de rosa que se venden, paredes que chorrean sangre y todo eso…De modo que cambiaré a muchos párrocos y pondré curas racionales, para que estén más cercanos a la comunidad platense”.
Cinco años después, en 1990, cuando lo designaron Arzobispo de Buenos Aires, recibió para la entrevista de despedida a los dos mismos periodistas de EL DIA, a quienes agradeció que hubieran aceptado “aquel pedido que les hice de no decir que iba a cambiar los párrocos...” (tenía una memoria excepcional). Y entonces dijo lo siguiente: “Me equivoqué al pensar eso. Tenían razón mis antecesores porque esos párrocos milagreros respondían a la necesidad de frenar una avanzada... Yo los cambié, puse a curas racionales y resulta que la Arquidiócesis se llenó de sectas...Ahora me voy y tengo que reconocer que mi supuesto remedio fue peor que la enfermedad...”.
TRAYECTORIA
Quarracino nació en Pollica (provincia de Salerno, Italia) el 8 de agosto de 1923 y llegó a la Argentina con sus padres a los 4 años. Luego de pasar su infancia en San Andrés de Giles (provincia de Buenos Aires), realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario San José de La Plata y, al alcanzar la mayoría de edad, se nacionalizó argentino.
El 22 de diciembre de 1945 fue ordenado sacerdote en la basílica de Luján por el obispo de Mercedes, monseñor Anunciado Serafini.
El 3 de febrero de 1962, San Juan XXIII lo nombró obispo de Nueve de Julio (provincia de Buenos Aires), sede de la que fue su segundo diocesano. Y el 8 de abril de 1962, en la catedral de Mercedes, recibió la consagración episcopal también de manos de monseñor Serafini, según lo destaca la agencia AICA.
Luego, el 3 de agosto de 1968, San Pablo VI lo trasladó como obispo de Avellaneda, tras el retiro de monseñor Jerónimo Podestá. Se desempeñó también en el Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), del que en 1978 fue elegido secretario general.
Unos años más tarde, en 1983, pasó a ocupar la presidencia de este Consejo, elegido por una asamblea reunida en Puerto Príncipe que inauguró San Juan Pablo II, cargo que ocupó hasta 1987.
EN LA PLATA
El 18 de diciembre de 1985, por otra parte, el entonces Papa Juan Pablo II lo había promovido a la Arquidiócesis de La Plata, en la que desarrolló, como en las otras sedes, una encomiable labor pastoral. En nuestra ciudad tomó contacto no sólo con los medios católicos sino con rabinos y pastores de diversas religiones, una actividad en la que en años posteriores convertiría en una suerte de constante de su política sacerdotal.
Sus biógrafos señalan que Quarracino “fue un intenso cultor del diálogo interreligioso, tanto en el orden local como latinoamericano, cuando se desempeñó en el Celam”.
En tal sentido, mantuvo una estrecha relación con el rabino reformista León Klenicki y con Baruj Tenembaum, ciudadano argentino residente en Estados Unidos que promovió la Casa Argentina en Israel Tierra Santa y luego la creación de la Fundación Raoul Wallenberg. “En una ocasión, compartió con él un acto junto con Emilie Schindler, que pasó sus últimos años en la Argentina, quien, con su marido salvó a muchos judíos durante el régimen nazi (lo que inspiró a la famosa película “La lista de Schindler”, de Steven Spielberg)”, dijeron.
Quarracino sintió siempre una marcada inclinación por la labor periodística y siendo Arzobispo de La Plata renovó la Revista Eclesiástica Platense. Publicó también las siguientes obras: Jesucristo y su Iglesia; Sacerdote, pero ¿cómo?; Seguir a Cristo en la doctrina social de la Iglesia; Notas sobre la realidad argentina (tomos I y Claves de un Cardenal (sus disertaciones por televisión); Palabra y Testimonio; Perfiles Sacerdotales.
Colaboró en “Sapientia”, la revista de filosofía impulsada por monseñor Octavio N. Derisi; en la “Revista de Teología” y en “Notas de Pastoral Jocista”; como así también en los muchos diarios del país.
El 10 de julio de 1990 el mismo Papa lo nombró Arzobispo de Buenos Aires y cardenal Primado de la Argentina, cargos que asumió el 22 de septiembre siguiente, convirtiéndose en el décimo Arzobispo de Buenos Aires.
Con posterioridad, en la asamblea plenaria que los obispos celebraron en noviembre de 1990 en la Casa María Auxiliadora (San Miguel, provincia de Buenos Aires), fue elegido presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, y luego reelegido hasta 1996. Mientras tanto, el 28 de junio del año siguiente el Papa Juan Pablo II lo creó cardenal de la Santa Iglesia Romana.
En el Vaticano fue miembro de la Congregación para los Obispos; del Pontificio Consejo para la promoción de la Unidad de los Cristianos; del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios; del Consejo de cardenales para el estudio de los problemas organizativos y económicos de la Santa Sede; de la CAL (Pontificia Comisión para América Latina); y de la Comisión preparatoria del Sínodo Americano.
Al fallecer el cardenal Quarracino en 1998, a sus exequias asistieron dos cardenales, unos ochenta obispos y alrededor de cuatrocientos sacerdotes, además de numerosos fieles. Sus restos yacen enterrados en una capilla lateral de la Catedral porteña.
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