Ocurrencias: menos casorios, menos natalidad y menos sexo

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Alejandro Castañeda

afcastab@gmail.com

Cada vez hay menos casamientos y menos nacimientos. Señales de un descreimiento que articula vínculos que amenazan abandonos. El viejo formato familiar enfrenta fuego enemigo. Y encima–estadísticas últimas- la juventud parece haber encontrado en el camino artificios más cómodos y gratificantes que el sexo. El amor cayó en una encerrona y los divorcios siguen en aumento. Al casorio le cuesta trabajo ganar clientela. Los nuevos tiempos y los nuevos encuadres, desgastan y acechan. Si no hay ganas de casarse ni detener hijos ni del disfrutar del sexo placentero, el señuelo del amor inolvidable empieza a ser un metejón momentáneo a plazo fijo, que no acredita interés, sino desinterés.

Y los platenses no le escaparon a esta tendencia a la baja. Los datos del Registro Provincial de las Personas indicaron que en el 2025 hubo en la Ciudad menos casamientos que en los dos años anteriores, acentuándose así un fenómeno que se reproduce no sólo en la Provincia, sino también a escala global. Sin embargo, hay en la Región un caso excepcional: Berisso, donde la frase de Alejandra Pizarnik -“Me gustaría casarme por el solo hecho de experimentar un estado tan famoso- dejó herederos. Berisso, una barriada casamentera que eligió la formalidad ante una realidad que invita a facturar sólo en negro.

El amor cayó en una encerrona y los divorcios crecen. Al casorio le cuesta trabajo ganar clientela

El mundo mira azorado, sin dar explicaciones, sobre la tendencia de una época donde la inseguridad, en todos los aspectos, es lo único firme. Vivimos una realidad molesta que no ayuda. Los amores jamás serán descartables, pero suelen deshilacharse, víctimas de las rutinas matrimoniales, incluida la del adulterio. Los románticos no se entregan fácilmente: para ellos es un mandato aquello de “hasta que la muerte nos separe”. Insisten que los años le van añadiendo sabiduría y sosiego a la dicha de una vida en común que va adquiriendo diferentes ardores para perpetuarse sanamente a la hora de recorrer juntos los caminos hogareños. Pero, frente a esta banda de sensibles, las cifras muestran que los divorcios prosperan, fruto de esas relaciones desgastadas por una coreografía de aburrimientos, desaires y susceptibilidades.

México, dicen, ha venido estudiando una reforma del Código Civil que incluiría la creación de la figura del matrimonio renovable: cada dos años, al modo de un contrato laboral, los cónyuges volverán a dar el Sí o disolverán la sociedad. Es que las estadísticas aseguran, también allí, que los matrimonios cada vez vienen más frágiles. El amor dura menos y el divorcio es muy ágil. Algunos mexicanos proponen, renovar la pareja o, sino, dejar atrás el mal rato y reciclarse como “esposa/o, con mandato cumplido”.

¿Pero cómo devolverle vivacidad al deseo? Los estudiosos predican allí que se debe insuflarle vibración a un vínculo que suele desgastarse, más por rutina que por exigencias. ¿Pero cómo? Creen que, cuando se aproxime la fecha de vencimiento, cada pareja va a tener que hablar sinceramente sobre lo que está pasando. Los que no quieran renovar el contrato, se irán sin tener que dar razones, esquivando desgastes y reproches, pero admitiendo que en esa casa, que con tanta ilusión fueron armando, ahora sólo compartían cuentas y desgano.

En todos lados la arquitectura matrimonial presenta fisuras. Aquí, el contrato prenupcial vigente tiene hasta una denominación poco alentadora: “capitulaciones matrimoniales”, frase que parece pronosticar batallas. El contrato delimita claramente la sinuosa frontera del enamoramiento, deja en suspenso la familia y pone en duda, de entrada, la tambaleante creencia “de los amores eternos”. Como nos recuerda Emily Dickinson, “el para siempre está hecho de ahoras”.

En Alemania la política Gabriele Pauli lanzó una propuesta que convence a unos y escandaliza a la mayoría: limitar el matrimonio a siete años, con la opción de dejarlo vencer o renovarlo, como un contrato. Es casi una mexicaneada menos impaciente El amor –ha dicho- también tiene fecha de vencimiento”. Cree que tras los siete años de disfrute empieza el declive. "Después, muchas parejas sólo existen para el exterior, pero por dentro están rotas. ", declaró Pauli.

Lo de la reelección indefinida está muy cuestionada por los hechos. Si prospera lo de matrimonios renovables, se lanzarán campañas vendedoras: “Se ofrece; cónyuge usado, con papeles al día”.

 

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