Hay que saber cortar chiquito para poder compartir comida con todos
| 19 de Diciembre de 2005 | 00:00
Por ALEJANDRO CASTAÑEDA
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**** MUY BUENA
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EL NOVENO DIA (Alemania, 2004); basado en un relato de Jean Bernard ; con Ullrich Mathes; realización de Volker Schlondorff estrenada en Cinema San Martín.
Película honda, reflexiva, dura, rigurosa. Es un drama de conciencia en el despertar de los horrores de la Segunda Guerra, cuando el Tercer Reich buscaba que la iglesia lo aceptara como una barrera ante el comunismo. Está basada en el relato autobiográfico del abad Jean Bernard, un cura católico que fue enviado como castigo al campo de Dachau. Allí, había un pabellón reservado para los sacerdotes que no aceptaban al nazismo. Las miserias, los tormentos, las degradaciones eran parte de la rutina de ese lugar donde afloraba fatalmente lo peor del ser humano. El protagonista, el padre Henri Kremer, un día es sorpresivamente liberado. Vuelve a la ciudad de Luxemburgo, visita la tumba de su madre, se reencuentra con su familia. No sabe muy bien por qué lo dejaron libre, pero enseguida se entera: un ex seminarista, ahora oficial de la Gestapo ("siendo cura no hubiera podido cambiar el mundo, como lo hago siendo soldado") le confía una misión: el padre Kremer deberá convencer al obispo de Luxemburgo, un hombre que se resiste a pactar con los nazis, de que el régimen de Hitler es profundamente cristiano. A cambio, la familia del cura podrá seguir tranquila y habrá mejor trato para él. Tiene nueve días para poder cumplir esa misión.
¿Qué hacer? ¿Ceder al chantaje de los asesinos para mejorar su condición individual y quizá la de los seres cercanos? ¿O volver al campo de concentración a sufrir como uno mas? El cura primero debe pasar en limpio su fe para poder llegar a su espíritu y a su conciencia. En Dachau ha tenido un acto de egoísmo que lo remuerde. Y siente que en la casa familiar su presencia es más un obstáculo que otra cosa. Además, se trenza en fuertes discusiones teológicas con ese oficial ex seminarista que ve en Judas la figura de un oportunista necesario que trajo más salvación que condenas. El film a la hora de valorar personajes, dice que cada uno tiene sus razones y hasta el mismo obispo deja librado a la conciencia de esta sacerdote confundido la posibilidad de un heroísmo que a veces, como cuentan que pasó en Holanda, produjo más muerte que alivio. El cura duda como dudan casi todos en medio de ese atormentado escenario que parece obligar al pacto o a la desesperación. ¿Hasta dónde la ética de cada uno compromete a otro? ¿Sirve la fe y los principios en ese infierno? En el cura no hay heroicidad sino la admisión de un imperativo ético y moral que lo impulsa a reconocer que no puede haber acuerdos con ese horror.
"El noveno día" es una obra parca, severa, desnuda. La estupenda máscara del actor Ullrich Mathes, con esos ojos que parecen contener todo, le da el tomo agónico a un filme que tiene el rostro de un sacerdote que elige cruzar por el infierno acompañado solo por su integridad. Es un pastor de pocas palabras, que no sabe si está donde debe estar, que ignora qué hay que hacer ante semejante sufrimiento y que se para frente a la vida para preguntarse cual es el lugar de la religión en este escenario, cuáles son las posibilidades y responsabilidades de los religiosos, hasta dónde la iglesia puede avanzar con sus reclamos sin comprometer la suerte de sus seguidores. Los de "El noveno día" son seres que se hacen preguntas en medio de un infierno que va degradando la vida, la gente y las conciencias. Una película valiosa, difícil, seca, quizá algo discursiva, pero profunda y conmovedora.
En la escena final el padre Kremer retorna a ese campo de concentración que en alguna medida ha elegido. Y enseña (y aprende) que la salvación a veces puede tener el sabor de esa salchicha tan repartida. Porque ante el aniquilamiento no queda otra que llamar a la mesa y convidar con solidaridad; saber cortar chiquito, pero en muchos pedazos, para compartir con todos.
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**** MUY BUENA
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EL NOVENO DIA (Alemania, 2004); basado en un relato de Jean Bernard ; con Ullrich Mathes; realización de Volker Schlondorff estrenada en Cinema San Martín.
Película honda, reflexiva, dura, rigurosa. Es un drama de conciencia en el despertar de los horrores de la Segunda Guerra, cuando el Tercer Reich buscaba que la iglesia lo aceptara como una barrera ante el comunismo. Está basada en el relato autobiográfico del abad Jean Bernard, un cura católico que fue enviado como castigo al campo de Dachau. Allí, había un pabellón reservado para los sacerdotes que no aceptaban al nazismo. Las miserias, los tormentos, las degradaciones eran parte de la rutina de ese lugar donde afloraba fatalmente lo peor del ser humano. El protagonista, el padre Henri Kremer, un día es sorpresivamente liberado. Vuelve a la ciudad de Luxemburgo, visita la tumba de su madre, se reencuentra con su familia. No sabe muy bien por qué lo dejaron libre, pero enseguida se entera: un ex seminarista, ahora oficial de la Gestapo ("siendo cura no hubiera podido cambiar el mundo, como lo hago siendo soldado") le confía una misión: el padre Kremer deberá convencer al obispo de Luxemburgo, un hombre que se resiste a pactar con los nazis, de que el régimen de Hitler es profundamente cristiano. A cambio, la familia del cura podrá seguir tranquila y habrá mejor trato para él. Tiene nueve días para poder cumplir esa misión.
¿Qué hacer? ¿Ceder al chantaje de los asesinos para mejorar su condición individual y quizá la de los seres cercanos? ¿O volver al campo de concentración a sufrir como uno mas? El cura primero debe pasar en limpio su fe para poder llegar a su espíritu y a su conciencia. En Dachau ha tenido un acto de egoísmo que lo remuerde. Y siente que en la casa familiar su presencia es más un obstáculo que otra cosa. Además, se trenza en fuertes discusiones teológicas con ese oficial ex seminarista que ve en Judas la figura de un oportunista necesario que trajo más salvación que condenas. El film a la hora de valorar personajes, dice que cada uno tiene sus razones y hasta el mismo obispo deja librado a la conciencia de esta sacerdote confundido la posibilidad de un heroísmo que a veces, como cuentan que pasó en Holanda, produjo más muerte que alivio. El cura duda como dudan casi todos en medio de ese atormentado escenario que parece obligar al pacto o a la desesperación. ¿Hasta dónde la ética de cada uno compromete a otro? ¿Sirve la fe y los principios en ese infierno? En el cura no hay heroicidad sino la admisión de un imperativo ético y moral que lo impulsa a reconocer que no puede haber acuerdos con ese horror.
"El noveno día" es una obra parca, severa, desnuda. La estupenda máscara del actor Ullrich Mathes, con esos ojos que parecen contener todo, le da el tomo agónico a un filme que tiene el rostro de un sacerdote que elige cruzar por el infierno acompañado solo por su integridad. Es un pastor de pocas palabras, que no sabe si está donde debe estar, que ignora qué hay que hacer ante semejante sufrimiento y que se para frente a la vida para preguntarse cual es el lugar de la religión en este escenario, cuáles son las posibilidades y responsabilidades de los religiosos, hasta dónde la iglesia puede avanzar con sus reclamos sin comprometer la suerte de sus seguidores. Los de "El noveno día" son seres que se hacen preguntas en medio de un infierno que va degradando la vida, la gente y las conciencias. Una película valiosa, difícil, seca, quizá algo discursiva, pero profunda y conmovedora.
En la escena final el padre Kremer retorna a ese campo de concentración que en alguna medida ha elegido. Y enseña (y aprende) que la salvación a veces puede tener el sabor de esa salchicha tan repartida. Porque ante el aniquilamiento no queda otra que llamar a la mesa y convidar con solidaridad; saber cortar chiquito, pero en muchos pedazos, para compartir con todos.
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