Aventura solidaria en Formosa

Un grupo de odontólogos, médicos y estudiantes platenses participaron durante una semana de un programa de atención primaria de la salud en comunidades aisladas del monte formoseño. El impacto sanitario y humano de una experiencia que se repite desde hace siete años.Por OMAR GIMENEZ

Existe una variedad de bambú, en Japón, cuyo cultivo es una invitación a la paciencia y un ejercicio de fe. Sus semillas se deben regar sin pausa, diariamente, durante siete años sin esperar resultados visibles. Pasado ese lapso, la planta, en muy poco tiempo, toma cuerpo y revela cómo la labor silenciosa hecha hasta entonces nunca dejó de ser productiva. Diego Bonifacino cuenta la historia en plena siesta formoseña y la compara con el trabajo que el grupo de odontólogos y estudiantes platenses que integra lleva a cabo en aislados parajes del monte de esa provincia. Un trabajo que empezó siete años atrás, con el objeto de instalar el hábito del cepillado diario en escuelas rurales remotas y repletas de carencias. Y cuyos resultados hoy se notan en las bocas sanas de los chicos que el grupo vio crecer, en la expansión de las mismas nociones de prevención en salud bucodental a sitios más y más aislados en la intrincada geografía del monte y en el enriquecimiento de las propuestas transmitidas para mejorar la vapuleada calidad de vida de las comunidades visitadas.

Es un trabajo arduo, enmarcado por una geografía difícil y aislada: en este rincón del noroeste formoseño cercano a la frontera con el Paraguay, donde el bañado La Estrella es a la vez referencia, maravilla y obstáculo, las distancias son siempre largas y polvorientas, los caminos indóciles y los vehículos tan contados como el combustible disponible para alimentarlos. Aquí una apendicitis puede resultar tan mortal como la picadura de una víbora, dicen los pobladores. El agua escasea hasta el límite, no hay servicios, la pobreza señorea donde se mire y factores externos tan triviales como un chaparrón pueden acentuar la condición de aislamiento, cerrando los caminos por largos períodos.

Este es el panorama que encontró el grupo de profesionales y estudiantes platenses que viajó la última semana de julio hasta el lugar en el marco de un programa de atención primaria de la salud organizado por la Facultad de Odontología de la Universidad de La Plata y la ONG Asociación de Odontólogos Solidarios (AOS) premiado por la secretaría de Ciencia y Técnica de la Nación. De la iniciativa participaron también integrantes de la asociación civil Ñam Puric, integrada por médicos y estudiantes de la Facultad de Medicina de La Plata.

Tomando a las escuelas rurales como base de su trabajo y a los maestros que allí se desempeñan como referentes, durmiendo en el piso y afrontando largas travesías para alcanzar cada uno de los parajes donde se trabajó, los 34 integrantes de la comitiva asistieron a los chicos de cada comunidad, transmitiendo a la vez un mensaje preventivo y brindando nociones de protección medioambiental y herramientas para mejorar la calidad de vida de comunidades especialmente vulnerables.

Los habitantes de cada paraje respondieron con un agradecimiento similar y en cada escuela rural hubo un regalo o un gesto para saludar la iniciativa. Desde una comida reparadora hasta un fuego necesario para afrontar el frío intenso de las noches de invierno en Formosa.

Para Román Almaraz, el maestro de la escuela rancho de Alto Alegre, uno de los pueblos visitados y habitado por apenas 16 familias, la importancia de la visita de los platenses excede lo sanitario: "para los chicos también es importante interactuar con gente que no conocen. Hay que tener en cuenta que estos son caseríos chicos y que la gente a veces no sale de ellos durante años. O no sale nunca. Eso hace que los nenes sean muy introvertidos, lo que en la zona llamamos 'cohuá'. Y es bueno que vean que gente que no conocen se les acerca, los trata con cariño y los integra", opina.

AFECTOS QUE PERDURAN

El itinerario seguido por la comitiva platense comprende numerosos parajes del monte, caseríos de madera de palma cuyos habitantes se conectaron con los odontólogos y médicos con el correr de los años para pedir que se los visite. Para muchos de los chicos atendidos, los platenses fueron su primer médico, su primer odontólogo y nacieron así afectos que se mantienen con el paso de los años.

Silvia "Tivi" Casbarro es médica y dueña de una de las historias más conmovedoras en ese sentido: cuando llegó por primera vez a La Línea a atender a miembros de la etnia pilagá sin conocer su lengua utilizó un títere e improvisó un taller de medicina preventiva y primeros auxilios por medio de señas. Ese títere sigue estando en la escuela del lugar y para los alumnos representa a "la doctora Tivi".

Estos parajes (Bajo Hondo, Punta de Agua, La Línea, Coleto, Alto Alegre, Banderitas), que muchas veces ni siquiera figuran en los mapas de la provincia, tienen poblaciones de entre 9 y 25 familias y se ubican a ambos lados del bañado La Estrella. Con suerte son visitados por un médico y un odontólogo una vez por mes, pero sólo atienden urgencias. El hospital más cercano a ellos está en Las Lomitas y para llegar él se necesita viajar hasta nueve horas por caminos polvorientos no siempre transitables. O cruzar el bañado, capaz de convertirse en una trampa.

Carmen Delgado, directora de la escuela de Banderitas -un pueblo habitado por 9 familias- es una de las que más le teme a esa formación cambiante, derivada de los desbordes del río Pilcomayo. De hecho, nunca volvió a cruzarlo después de que una mañana de abril la canoa en la que viajaba dio una vuelta de campana en la parte más profunda, cuando viajaban en ella junto a un grupo de chicos regresando desde Las Lomitas.

"Nos salvamos porque viajaban con nosotros dos hombres que sabían nadar bien y nos rescataron. Pero nunca me voy a olvidar de mi desesperación al ver a los bebés en el agua", dice y casi enseguida enumera otras historias trágicas del bañado.

A pesar de estos relatos y de las dificultades del camino, la mayor parte de los médicos, odontólogos y estudiantes que participan del programa quieren ir a los lugares más lejanos y a visitar a las localidades más necesitadas de atención. No obstante, un grupo importante se queda atendiendo a los 168 chicos de Fortín Soledad, ubicado a 70 kilómetros de Las Lomitas y el lugar utilizado como base para acceder a los puntos más dispersos en el monte.

DETALLES DE LA VIDA EN EL MONTE

En "Fortín" espera una población ya conocida y agradecida que recibe a los platenses con un pasacalles extendido en la calle principal y única arteria del pueblo. Esa calle fue originariamente una pista de aterrizaje para vuelos militares y más tarde se convirtió en el corazón del caserío, cuenta Elsa Dambra de Maciel, la directora de la escuela.

Pero las historias relacionadas con Fortín Soledad son muchas. Una de ellas cuenta que en el siglo XIX se construyó allí una prisión sin muros, porque no eran necesarios. Quienes eran recluidos allí debían repeler los constantes ataques de los indios de la zona. Si los sobrevivían, todavía les quedaba la lucha contra una hostilidad no menor: la del monte.

Pelear contra las condiciones adversas sigue siendo, en cierto modo, un desafío cotidiano de los habitantes de esa zona. Allí la economía es de supervivencia y la mayor parte de las 2.000 familias que viven en los alrededores de La Estrella en condición seminómade y siempre al arbitrio de los caprichos del bañado, se sostiene con lo poco que le deja la cría de ganado (generalmente porcino) y la caza de víboras, zorros o gatos monteses cuyos cueros se venden por sumas que oscilan entre los 8 y los 20 pesos.

La vida en las humildes casas de palma transcurre al ritmo que le imponen las tareas pastoriles, siempre sobrevolada por el riesgo que supone el aislamiento y la carencia de todo servicio de infraestructura: la falta de energía eléctrica hace que cada jornada se termine con la caída del sol e impide contar con un recurso tan vital como el suero antiofídico, en una región donde confluyen las principales víboras venenosas del país, por la ausencia de heladeras.

Lo dice los maestros de las escuelas visitadas por los odontólogos y médicos platenses: el aislamiento se puede ver potenciado por hechos tan triviales en otras geografías como un chaparrón, o una sequía prolongada, de esas que convierten en imposibles para cualquier vehículo al polvo de los caminos. En Alto Alegre, por caso, recuerdan que la última lluvia derivó en 20 días sin poder salir.

Cualquiera de estos avatares jaquea la rutina de los vulnerables caseríos que crecen en los claros del monte. Los médicos, que suelen visitarlos una vez por mes para atender lo más urgente, suspenden sus viajes. Los odontólogos, abocados exclusivamente a las extracciones, también. Y el banco móvil que paga los planes sociales de 150 pesos asignados a los jefes de hogar, deja de viajar.

En algunos parajes, como en La Línea, habitado por aborígenes de la etnia pilagá, esas carencias se potencian aún sin que concurran factores externos. El médico que debería visitarlos dos veces por año, en pleno agosto todavía no pasó, dice el cacique García. Y el agua potable que llega en camión a otros pueblos cercanos aún no llenó el reseco tanque que está junto a su escuela.

Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE