Horacio Ferrer: un “piantao” que cambió al tango para siempre
| 28 de Diciembre de 2014 | 00:00
Para Horacio Ferrer el tango fue una manera de ser, de vivir. Un mundo -su propio mundo- que le permitió unir la bohemia con el trabajo y encontró entre las ilusiones y desesperanzas de la vida su manera de amar. Ferrer se crió entre las dos orillas del Río de La Plata. Viajero incansable, primero lo hizo a través de la lectura y luego ante su infatigable sed de conocimiento recorrió el mundo.
La biografía de Horacio Ferrer dirá que fue periodista, historiador, poeta y compositor. Se resaltará su capacidad de recitador, pero sobre todo, se hablará de una persona sencilla que en el deambular por las calles halló historias y personajes que quedaron estampados en las letras de sus tangos.
En su juventud, desde la revista Tangueando, en Montevideo, comenzó a materializar su devoción por el tango y sus representantes. Más tarde, como historiador y férreo defensor del género escribió “El libro del tango”, tres tomos que pesan 9 kilos y condensan la historia arrabalera del Río de La Plata. Y por si fuera poco, creó y presidió hasta su muerte, la Academia Argentina del Tango para salvar el patrimonio cultural del tango.
Como director, visitó en La Plata, la Casa del Tango, de calle 43, a la que nombró una de las instituciones representativas del género a nivel nacional. Rosa Orchuelo, miembro de la Casa lo recuerda como una persona “muy amigable” y agradecerá por siempre el gesto que tuvo Ferrer.
SU LABOR COMO LETRISTA
Horacio Ferrer, desde su capacidad poética, inventó nuevas palabras: “Tangamente” que apareció, por primera vez, en la letra de “Solo y espera” será recordada en el imaginario arrabalero como una palabra capaz de expresar una nostalgia y melancolía que -según los estudiosos de sus letras- ningún otra palabra hubiese podido pronunciar.
Fue admirador de Roberto Arlt y su primer poema, “Azul” se lo dedicó a Rubén Darío. En 1967, con 34 años, publicó su primer libro de poemas, Romancero canyengue”, título con guiño a Federico García Lorca. Otra vez, mientras estuvo un mes sin trabajar, aprovechó ese tiempo para escribir un poema por día, qué más tarde editaría con el título “El libro de los 30 poemas”.
Cuando todos los versos del tango parecían haber sido escritos, por pedido de Aníbal Troilo, compuso “La última grela”, y esa fue su consagración como letrista .
Era fines de la década de 1960 cuando parecía que el esplendor del tango cedía terreno ante el boom del cancionero folclórico y el estallido del rock de la mano de los Beatles. Pero es en ese momento que surge la dupla Horacio Ferrer - Astor Piazzola. Juntos compusieron la opereta “María de Buenos Aires” y crearon temas como “Chiquilín de Bachín” y el consagrado mundialmente “Balada para un loco”.
COMO SE HIZO BALADA...
Una tarde de regreso de la editorial a su casa - trayecto que solía hacer a pie - sintió una voz “Goyenecheana” que decía “ya sé que estoy piantao, piantao, piantao...”. Era, según Ferrer, la presencia de un viajero del asfalto que era capaz de volar también.
Esas primeras líneas se las envió a Piazzolla y juntos terminaron de componerlas. “Balada...” tiene una parte de vals y otra de tango, que les permitió matizar sus clímax.
“Tenemos, Horacio”, le dijo Piazzolla, “un misil entre las manos”.
Al día siguiente de la consagración de “Balada...” en el Luna Park fueron al departamento de Pichuco. Y les dijo: “ustedes no saben pero han vuelto a escribir “La Cumparsita”. Ferrer hizo una síntesis del porteño busca: del loquito que siempre se tira un lance. Era un loco “espirituoso”. El inventor del amor. “Es in-cre-í-ble para mí haber hecho una obra así”.
DE ALLI Y DE ACA
Horacio Ferrer pasó la vida escribiendo versos. Había nacido, el 2 de junio de 1933 en Montevideo, Uruguay. Pero pronto cruzaría el Río de La Plata y Bueno Aires sería su lugar de adopción. El hogar familiar estuvo impregnado de arte y fue - para él- un gran estímulo desde muy chico.
Su padre, Horacio Ferrer Pérez, era profesor de Historia y Geografía y a través de la magnífica biblioteca de su padre, Ferrer viajó por el mundo y sus tiempos.
Su madre, Alicia Ezcurra Franccini, había sido aprendiz de Alfonsina Storni y ella se encargó de transmitirle la pasión por el recitado y la poesía.
En Buenos Aires, el tío Arturo le contagió la fascinación por la noche porteña y sus personajes bohemios. Los cuales, más tarde, nutrirían sus letras. Este poeta del asfalto, fue amante de pasiones populares como el fútbol: en Argentina, hincha de Huracán y en Uruguay lo fue de Defensor Sporting . Pero también fue una persona refinada que eligió el barrio de Recoleta donde vivió por 30 años en el último piso del Alvear Palace Hotel, uno de los 20 hoteles más lujosos del planeta. Él, solía llamarlo su “bulín” de la calle Ayacucho. Amó como a nadie en este mundo a la pintora Lulú Michelli. Horacio Ferrer dejó de andar por las calles porteñas, el domingo 21 de diciembre. Tenía 81 años.
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