A dos años del crimen que movilizó a un barrio: cómo sigue la vida sin “Panchi”
Edición Impresa | 3 de Julio de 2017 | 04:25

Por DIEGO DIPIERRO
Francisco Guerrero tenía 28 años y estaba lleno de proyectos. Detrás de su dedicación a la medicina y de su habilidad para la artesanía y para hacer amigos, estaba latente su sueño de viajar por el mundo y de unirse a Médicos sin Fronteras. Las ilusiones quedaron truncas la noche en que caminaba con su novia, rumbo a festejar su cumpleaños, cuando lo mataron a tiros para robarle. El crimen fue el puntapié de un reclamo por seguridad sostenido aún hoy, y de algunos cambios en El Mondongo que no alcanzan a ser suficientes.
Francisco pertenecía al barrio. Ahí vivía y también ahí encontró una muerte absurda. Once años atrás había llegado de Concordia, Entre Ríos, para recibirse de traumatólogo. Su asesinato despertó el repudio generalizado, aunque con el tiempo, esa bronca devino en homenaje. Desde el miércoles pasado su nombre quedó inscripto en una placa a 200 metros del lugar de la tragedia. El recuerdo corrió por cuenta de los vecinos, a pesar de que “a él no le hubiera gustado”, como coincidieron sus amigos y familiares: “Panchi” cultivaba un perfil bien bajo.
Un comerciante de 66 y 118 dio el permiso necesario. Entonces, sólo hizo falta que la gente se acercara. María, su mamá, viajó especialmente desde Concordia, igual que su tía y unas primas. Gimena, su novia, también estuvo en el acto. Fue todo breve y conciso, austero tal vez, debajo de un cielo de invierno que parecía iba a caerse. Un escenario casi tan triste como el recuerdo del drama. El único que sonreía, mirando de perfil, era Francisco desde la pared.
Gimena siguió de cerca toda la ceremonia: con amabilidad se excusó de hacer declaraciones a la prensa. Algunos miembros de la asamblea vecinal por seguridad estuvieron ahí, y hasta un sacerdote que bendijo la placa.
Desde aquel 3 de abril de 2015, los años “fueron muy difíciles” para María. A poco de que se descubriera el homenaje y en diálogo con EL DIA, la mamá expresó: “Saber que su ausencia es perpetua es muy complicado. Al menos, nos apuntalamos con los que pasamos por una situación parecida”.
La sensación de hastío por la inseguridad que surgió por este hecho generó un trabajo vecinal constante y aún vigente. Lo que empezó como una ronda en la que se reclamaba a gritos por medidas urgentes devino en una ONG.
A la distancia, la madre de Guerrero siguió de cerca esa lucha: “El asesinato fue la gota que rebalsó el vaso, ya se venían sufriendo casos de violencia y falta de seguridad. Ellos tienen que seguir peleándola para que la cosa mejore. Quiero que los que cumplimos la ley estemos resguardados, que el Estado haga lo que tiene que hacer, más allá de él y de mucha gente también asesinada, que hoy no tiene un homenaje”.
el año que viene, el juicio
Lejos, aunque no tanto, parece el horizonte de la justicia. El proceso oral y público que se solicitó contra los dos detenidos -arrestados pocos días después del crimen- tiene fecha para septiembre de 2018. Mientras, seguirán detenidos con prisión preventiva. La fiscal Virginia Bravo instruye el caso y mantiene relaciones con la familia. “Nos acompañó todo el tiempo y siempre actuó rápido”, destacó María.
La mujer además opinó sobre la recientemente aprobada ley de protección a las víctimas de delitos. La catalogó de “fantástica” y dijo: “Espero que la reglamenten y no quede en lindos discursos. A partir de lo que pasó con mi hijo supe que no hay ningún tipo de asistencia estatal”.
un medico sin fronteras, inspirado en su abuela
“Era un pibe excelente, tenía amigos por todos lados. Sabíamos que el último día de su residencia iba a saludar a todos e irse. A dónde, no lo sabíamos. Y creemos que él tampoco”, cuentan hoy quienes siguen trabajando en el Hospital Gutiérrez y lo extrañan.
¿Qué pasaba por la mente de un pibe humilde que se hizo de abajo y logró un nivel profesional que nadie discutía?
“El tenía la intención de entrar a Médicos sin Fronteras, la ilusión de conocer el mundo, irse de mochilero y de subirse a un avión, que nunca lo había hecho”, se acordó su mamá.
La madre de María, es decir la abuela de Francisco, también fue doctora. “A ella se quería parecer. Era una pediatra pobre, de orientación social, que atendía cuando era necesario y sin importar a quién”.
Entre los R4 -la última camada de residentes- del Gutiérrez, se implementó hace dos años un reconocimiento al mejor compañero. Es una designación interna que se hace cada 20 de julio, para el día del amigo.
El galardón simbólico lleva el nombre que todos se imaginan.
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