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Editorial

La falta de educación vial como causa primera de accidentes

La falta de educación vial como causa primera de accidentes

Cuatro víctimas fatales en los primeros diez días del año. Estos datos estadísticos referidos a los denominados “accidentes de tránsito” en la Región -que en realidad, como se viene señalando en esta columna, en el contexto caótico de las calles, resultan ser corolarios lógicos de ese estado de anarquía- marcan con elocuencia los altos grados de inconducta e imprudencia que imperan en los caminos y calles de nuestra zona.

Hace también ya muchos años que el desborde vehicular viene arrojando guarismos tan trágicos como dolorosos, tanto por la cantidad de víctimas causadas, entre personas muertas y heridas, como por el hecho de que se mantienen las características estructurales y las actitudes personales disvaliosas, sin que las autoridades atinen a modificar este estado de cosas.

En algunas oportunidades se han podido exaltar las charlas de educación vial en las escuelas que, bajo el denominado programa integral de educación vial, llevó adelante la Comuna platense en distintas instituciones escolares de nuestra ciudad. Sin embargo, se habla hasta ahora de acciones aisladas. Bien se conoce que las campañas educativas deben ser integrales y continuadas.

A grandes rasgos correspondería insistir en un punto en el que coinciden los especialistas, referido a que buena parte de la vida de cualquier persona transcurre en la vía pública -ya sea como peatón, ciclista, motociclista o automovilista- y que, sin embargo, a lo largo de toda la formación escolar que comprende a los tres niveles educativos, no se les imparte a los futuros ciudadanos ningún principio acerca de la mejor forma de comportarse en las veredas y calles.

En cuanto a la conducta de los adultos, es también imperativo alcanzar una mayor educación vial, tanto en nuestra región como en el resto del país. Las crónicas periodísticas no dejan de poner en evidencia la gran cantidad de accidentes registrados tanto en el casco urbano y en la periferia, en episodios que, como se ha dicho, han perdido ya la condición intrínseca propia de un accidente, es decir de sucesos imprevistos, para convertirse en resultantes de un estado de casi completa anarquía callejera.

A su vez, si bien resultan necesarios, de poco han servido algunos operativos de fiscalizcación, más encaminados al labrar actas y cobrar infracciones que a educar a los conductores. Pero es cierto que el mayor déficit se relaciona con la falta de una profunda educación en los peatones, ciclistas, motociclistas y automovilistas, que son todos, a la vez, potenciales gestores y también potenciales víctimas de la generalizada falta de respeto a las normas y a los principios de convivencia social.

Son muchos y complejos los factores que inciden en la inseguridad en el tránsito, pero esta sólo podrá disminuir ostensiblemente cuando cada habitante tome conciencia de la responsabilidad que le cabe al circular por la vía pública.

 

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