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Policiales |Ocurrió en La Plata
Las medias celestes y la película perdida

Una prueba clave en el crimen de la profesora Oriel Briant fue tratada de manera tal que ayudó a la liberación de los principales sospechosos y condujo el caso a la impunidad final

Las medias celestes y la película perdida
Hipólito Sanzone

Por: Hipólito Sanzone
hsanzone@eldia.com

24 de Enero de 2021 | 04:10
Edición impresa

“Si quiere, lávelas”.

Denise Briant había preguntado qué debía hacer con el par de medias celestes que le estaban dando como parte de un trámite frío y rápido. Eran las medias que su hermana Aurelia u Oriel llevaba puestas la tarde en que encontraron su cadáver en un paraje de la Ruta 2, cercano a La Plata.

Y Denise las lavó, contaría luego a quien quisiera oírla cuando esas medias quedarían en medio de una polémica judicial sobre si tenían o no valor probatorio suficiente para mantener encerrados a los principales sospechosos del crimen.

Las medias, del mismo modo que el camisón que la víctima llevaba puesto, fueron periciados y devueltos a la familia. A 37 años de todo aquello el procedimiento resulta insólito y sólo permite suponer que hoy irían presos desde la primera hasta la última persona que intervino ahí. Como presos, o al menos destituidos de sus cargos, hubiesen ido los que manejaron aquella escena del crimen por donde la policía caminó sin cuidado.

La historia de las medias de Oriel es un mojón en el relato poco conocido de ese crimen famoso, para siempre acomodado en el primer salón de la galería de los asesinatos, pero también de los horrores cometidos por la Justicia y la Policía en tiempos sin protocolos y sin recursos tecnológicos y científicos como los de ahora.

GRACIOSO

El que le dijo a Denise Briant “si quiere lávelas”, quizá haya querido pasar por gracioso ante aquella atribulada mujer. Otro detalle horroroso.

Las medias de Oriel pudieron haber sido una puerta imposible de abrir para los asesinos. Marcaron el lugar donde la víctima estuvo con vida por última vez y donde quizá la hayan apuñalado.

El cuerpo presentaba 32 puñaladas desde el tronco incluyendo los genitales, lo que alentó la teoría del crimen ritual o la venganza de alguien “engañado”. “Pasionales” se les decía y se anotaba el término “infidelidad” para describir el móvil de un femicidio. El entonces ex marido de la víctima, el policía y docente Federico Pippo, quedaría en el centro de todas las sospechas.

En aquel 1984 en que la democracia todavía se agarraba de las paredes para sostenerse en ese nuevo caminar, más de uno se escandalizó al conocerse que Pippo era policía y también se tejieron historias sobre su rol en la Universidad más allá de la docencia. Historias paralelas fue lo que sobraron en el crimen de Oriel Briant, como la de la supuesta película casera que decían que se había filmado con los detalles de su martirio.

LA PELÍCULA

Se aseguraba y hasta se juraba que se había enviado una comisión policial a Estados Unidos para comprobarlo, que los asesinos de Oriel habían filmado todo y que esa película navegaba en las aguas oscuras y pestilentes del llamado “Cine Snuff”. Y que un platense que había visto el filme en un tugurio yanky, estando de vacaciones, lo había contado.

Para que una película sea snuff debe mostrar un asesinato con tortura o un suicidio o aberraciones diversas. El mito de su existencia tiene sucursales en todo el mundo pero nunca se llegó a probar un caso real, donde los crímenes mostrados no fueran más que escenas filmadas con efectos especiales a veces unos más sorprendentes que otros. Debe decirse, sin embargo, que el cine snuff es pariente de otras aberraciones fílmicas más reales de este tiempo como la pornografía infantil.

Con todo, la supuesta película donde Oriel era apuñalada nunca apareció acaso porque no existió. Años después, el escritor Ricardo Piglia transitaría un camino cercano sobre versiones de terribles películas clandestinas. En uno de sus relatos de “Los Casos del comisario Croce”, Piglia cuenta una historia ambientada en París, en Siria, en Berisso, Ensenada y en un altillo encima del Cine Rocha, en La Plata de los años 50. Y cuenta la búsqueda, el hallazgo y la destrucción de una supuesta película porno filmada diez años antes y que es objeto de una espesa trama política en uno de los momentos más turbulentos del país.

Pero más allá de las ramas por donde muchas veces trepó el caso de Oriel Briant, lo ocurrido con sus medias fue bien real y clave para que los principales sospechosos quedaran libres.

EL AFILADOR

El primer análisis que se hizo a las medias no permitió establecer si habían pisado otra superficie no fuese de tierra negra común y corriente. La única certeza a mano fue que los restos vegetales no se correspondían con el suelo del parador de la Ruta 2 donde fue encontrada. Es decir, que a ese lugar llegó muerta, que nunca hizo pié ahí. Pero un segundo estudio encontró abundante cantidad de limadura de hierro en la confección de las medias celestes.

¿Dónde cae hierro de fundición en diminutas migajas?, se preguntaron los investigadores.

La respuesta les llegó varias semanas después cuando fue allanado en Lobos el stud de un primo de los hermanos Pippo. El hombre tenía un rudimentario afilador de cuchillos y cuchillas de depostar vacas y caballos en las últimas de sus vidas. De hecho, su primo Esteban, hermano de Pippo y con fama de policía bravo, era conocido en el pueblo por su habilidad para matar animales grandes. “De un golpe le parte el corazón a un caballo”, decían en un frigorífico de la zona donde el hombre hacía changas.

La autopsia a Oriel Briant determinó que la primera de las puñaladas que recibió le partió el corazón y que las otras 31 las recibió ya después de muerta y desangrada.

Las limaduras de hierro desparramadas y mezcladas con la tierra negra del stud del primo de los Pippo, Néstor Romano, llevaron a una sola conclusión. Que la víctima había estado ahí y que ahí había sido asesinada para luego ser llevada al paraje donde la encontró un hombre que bajó a estirar la piernas o a algo más, de regreso de la Costa.

Ese elemento fue clave para que el dueño del stud y de la máquina de afilar se quebrase y contara que en la noche del crimen vio a Oriel bajar de un auto “como borracha” en el que estaban sus primos y su tía Angelita, la madre de Pippo. Siempre se dijo que Oriel habría sido narcotizada para sacarla de su casa de City Bell, en esa noche de 13 de julio de 1984.

EL ACTA DEL HORROR

Pero Romano no contó esa historia ante el juez ni ante el fiscal sino ante un grupo de policías de la Brigada de Delitos Graves, con asiento en Banfield y comandada por un comisario con fama de duro: el Lobo Polari. Eran otros tiempos. No había Unidades Fiscales de Investigación ni jueces de Garantías y todo quedaba en manos de los jueces de Instrucción que apenas tenían tiempo de salir de sus despachos y entonces no tenían otro camino que dejar todo, a veces absolutamente todo, en manos de la policía. Por caso, la misma a la que pertenecían Pippo y su hermano Esteban.

Con la prueba de los restos de limadura de hierro y la “declaración” del primo Romano alcanzó para detener a los cuatro: los hermanos Pippo, su madre y el primo. Pero no por mucho tiempo.

En el acta de secuestro de las medias de Oriel no anotaron ni siquiera si eran medias, ni cuántas, ni marca ni tamaño, color o tipo de tela. “Prendas”, se identificó al bollo de ropa que se mandó a analizar y que en vez de guardarse bajo siete llaves le devolvieron luego a Denise Briant.

“¿Qué hago con esto?”, preguntó entre sorprendida y molesta la hermana de la víctima.

Y el gracioso le devolvió un “si quiere, lávelas”.

“Y yo las lavé”, diría luego indignada la mujer al enterarse que los abogados de sus parientes políticos le habían entrado a la yugular a esa prueba y que las puertas de la cárcel se abrían para los principales sospechosos.

La Cámara Penal de La Plata decretó la nulidad del acta de secuestro de las medias y además se dio crédito a la denuncia del primo Romano en el sentido que en Banfield “le habían pegado” para que diga que esa noche vio bajar del auto, en Lobos, a Oriel “medio borracha” y que su tía Angelita la llevaba de un brazo.

ANGELITA Y EL BRUJO

La madre de los Pippo había dejado muchas señales sobre el odio hacia su ex nuera. Su bronca mayor era que la mujer, en un futuro reparto de bienes por el divorcio, se quedara con la casa conyugal de la calle 21, en City Bell, comprada con dinero que ella, Angelita, le había dado a su hijo. Y que no era cualquier dinero: era parte de la venta de una casa comprada con la indemnización por la muerte de su marido, también policía, cuando años atrás había intentado desactivar un explosivo colocado sobre las vías del tren, en Lobos. Hasta un “brujo” declaró en la causa al saberse que Angelita había ido a pedirle una pócima contra su nuera.

Pero el primo Romano no sólo se echó atrás con su confesión sino que acusó a la policía. En el sumario que se inició por la denuncia de apremio ilegal los policías de aquella brigada juraron que el golpe que el primo Romano tenía en la cara se lo había dado él mismo contra la pared. Pero del mismo modo en que una pericia les daría la razón al comprobarse que Romano tenía en la herida restos de mampostería, ese dato serviría para sostener la denuncia del imputado. “Me dieron contra la pared”, diría.

Pippo murió a los 68 años con un pié en la locura. Su hija mayor se quedó para siempre con su tía Denise, lejos de La Plata. Dos de sus tres hermanos tuvieron problemas con la ley y el tercero logró alcanzar una vida mejor.

También murieron Angelita, el primo Romano y el hermano Esteban vive en el campo. Y otro que murió fue el vidriero Mensi, detenido por confesar un romance vecinal con la víctima y que una noche se quiso suicidar con un cuchillito de despinar pejerreyes que nunca se supo cómo llegó a su celda, en la comisaría de City Bell.

Y quien sabe qué habrá sido de esas medias celestes.

Se aseguraba que habían enviado una comisión a EE UU a buscar la película

La Cámara Penal decretó la nulidad del acta de secuestro de las medias celestes

Pasionales, se les decía a esos crímenes y se destacaba la “infidelidad”

 

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Más allá del rótulo de “pasional” que se le dio al crimen, hubo un fuerte móvil económico / fotomontaje

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