"Nuestros días más felices": un giro hacia la niñez al final de la vida

Con un pequeño paso de magia, Sol Berruezo Pichon-Riviére inicia su segundo largometraje, la historia de una mujer de 74 años que despierta en el cuerpo de una chica. Se estrena en el Festival de Mar del Plata y puede verse online

Cualquiera con abuelos o padres grandes entiende que cuando llega un cierto momento de la vida, los roles padre-hijo, cuidador-cuidado, comienzan a diluirse, a darse vuelta: con ese punto de partida, la cineasta Sol Berruezo Pichón-Riviére construye en su segunda película, “Nuestros días más felices”, una pequeña fantasía cotidiana sobre una madre que, ante la inminencia de su muerte, se transforma en una chica, mientras sus dos hijos tienen que cuidarla.

Estrenada en el Festival de Venecia en septiembre, apenas un año después de “Mamá, mamá, mamá”, su primer largometraje, “Nuestros días más felices” llega hoy al Festival de Mar del Plata (puede verse online, gratis) y, de hecho, de alguna forma, esta deriva de aquella: fue durante “Mamá, mamá, mamá” que la cineasta de apenas 25 años conoció a Matilde Creimer Chiabrando, y terminó escribiendo su segundo largo “un poco, por ella, para volver a trabajar con ella. Es una niña vieja, tiene una sabiduría medio ancestral, no sabés de dónde viene”. 

De hecho, Matilde encarna en “Nuestros días más felices” a Agatha, una mujer de 74 años que despierta en el cuerpo de una chica de 7 años de edad. La relación con su hijo, una relación absorbente, y también la de Elisa, su hija, que vuelve a la casa, comienzan a partir de ese paso de magia también a mutar, a transformarse. 

“Me daba pudor meterme con la vejez, porque todavía no la viví, no sé qué quiere decir, pero la ficción es a veces animarse a contar cosas que no te sucedieron”, afirma Berruezo Pichon-Riviére sobre su película, que además de partir de Matilde nació también de “conflictos familiares, como los que pasan en todas las familias: como los abuelos están cada vez más grandes, empecé a ver cambios en las relaciones intrafamiliares”.

“La vejez”, dice la realizadora, “es un momento muy existencial, además, es una edad con una melancolía inherente, me pareció muy poética. Igual que la infancia, que retrato en mi primera película”. 

Esa melancolía empapa el relato que, con cierta ironía juguetona, se llama “Nuestros días más felices”: “Creo que la tristeza es un sentimiento muy subestimado, al que se le tiene miedo, pero es el sentimiento que más eleva al ser humano, y me interesa abarcar ese sentimiento en todo lo que hago, creo que allí está el mayor misterio de la vida. Y siempre tratamos de perseguir su contrario, la felicidad… que no sé si existe, en todo caso son ratitos. En cambio la tristeza es más compañera, está más alojada. Así que esta película es un poco un ensayo sobre la tristeza”.

La tristeza está allí por la inminencia de la muerte, pero también porque trabaja con “personajes en pausa, en su proceso, en su vida”. Y de allí también parten los momentos de felicidad de la película: el trío protagonista, “que nunca había podido buscar un poco más allá” y que había quedado atrapado en un círculo de relaciones donde “todos están dependientes del otro y se abandonan a sí mismos”, inicia el filme en un momento de quiebre para los tres, y el tránsito los lleva hacia una especie de sutil liberación de ciertas cargas.

Drama y comedia conviven, así, en un relato que la realizadora define como “agridulce”: “Lo agridulce hace más efectivo el mensaje: si es todo dramático, o todo cómico, falta el contrapunto. El contrapunto entre felicidad y la tristeza, esa convivencia”, afirma.

Y en medio de ambos se cuela ese pequeño gesto fantástico. “El colage de géneros me parece muy rico, hay que alimentarse de lo mejor de cada género, apropiarse de esos recursos hace más vivo al cine. Hacer ficción, para mi, es usar toda la magia que tiene la ficción”, opina Berruezo Pichon-Riviére. “Hay un montón de recursos que habilita el cine para contar cosas de la vida real, pero de una manera diferente, para ver eso de otra manera”.

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