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Información General |UNA LEYENDA DE LA INFORMÁTICA ARGENTINA
Los 61 años de “Clementina”: la primera computadora científica del país

Comenzó a funcionar en mayo de 1961, pesaba 500 kilos y medía 18 metros de largo. Llegó desde Inglaterra y fue la primer máquina que se ocupó de resolver cálculos complejos

Los 61 años de “Clementina”: la primera computadora científica del país

Enorme era “Clementina” instalada en Exactas de la UBA / Web

16 de Mayo de 2022 | 03:52
Edición impresa

No tenía teclado ni monitor, contaba con 5 Kb de memoria RAM, con sus 18 metros de largo ocupaba toda una habitación, y la llamaron “Clementina” porque al finalizar cada cálculo, ejecutaba un sonido con los acordes de la canción “Oh My Darling Clementine”.

Fue la primera computadora científica del país que se ocupó de resolver cálculos complejos, y brilló en su rol para la época en que nació, hace 61 años, como cara visible de un proyecto que apuntaba a ser punta de lanza del desarrollo de ciencia y tecnología en el país, convirtiéndose en una leyenda de la informática argentina que comenzó a funcionar el 15 de mayo de 1961 en el Pabellón I de Ciudad Universitaria, donde se erigió en esa época el Instituto de Cálculo y la carrera de “Computador Científico”, la primera de su tipo en la región.

Pesaba 500 kilos y llegó al país en barco en el año 1960, tras haber sido encargada a la fábrica británica Ferranti, cuando el prestigioso científico Manuel Sadosky junto a otros referentes impulsaron en el país la licitación que ganó la fábrica Ferranti, ubicada en Manchester.

“Uno de los motivos por los cuales se decidieron por una computadora inglesa –cuenta Raúl Carnota, magíster en Epistemología e Historia de la Ciencia e investigador en historia de la informática - fue porque la fábrica Ferranti enviaba técnicos ingleses a colaborar en la puesta en marcha de la máquina, pero dejaban todo el ‘know how’ (los conocimientos técnicos) en manos de ingenieros argentinos, que lograron innovar en equipos periféricos al tener ese saber”.

La matemática Cecilia Berdichevsky, nacida en Polonia y nacionalizada argentina, fue la primera programadora de Clementina, tras capacitarse con la programadora inglesa Cicely Popplewell, que trabajó con Alan Turing y con el matemático español Ernesto García Camarero.

“Si pensamos a Clementina en relación con una PC actual – señala Carnota-hay una parte que se mantiene y es la arquitectura interna conformada por un procesador central, memoria, input, output, almacenamiento. Pero hay una diferencia abismal en cómo se constituyen esos elementos”.

Esa selva de circuitos valvulares de descomunal tamaño, era un símbolo del futuro

 

La computadora pesaba 500 kilos y medía 18 metros de largo, con sus 20 gabinetes funcionaba a válvula y requería de un gran equipo de refrigeración. Se demoraba alrededor de dos horas para arrancar y sin teclado, mouse ni monitor, se ingresaban u obtenían datos a través de cintas de papel perforado.

“Era una tira de papel resistente de tres centímetros que tenía varios canales representados en líneas – explica el investigador - sobre los cuales se podían perforar posiciones (o no-perforaciones). Esa cinta iba siendo leída por un artilugio que estaba en la entrada de la computadora, que se iba comiendo a la cinta como un fideo, y a medida que iba leyendo esas filas de cinco posiciones las iba interpretando. También había una posibilidad de comandar y de introducir una serie de parámetros a través de un tablero, que no era una pantalla visual, sino como un panel de llavecitas, alrededor de 30, que se podían combinar y constituían una forma de comandar con mayor detalle lo que hacía la computadora. Llegó a contar con cuatro tambores magnéticos, con ‘discos’ de 20 K cada uno, con una cabeza que leía o grababa posiciones, parecido a los discos de vinilo y su púa. Algo más rústico de lo que después fueron los lectores ópticos”.

A Clementina se la usó para proyectos científicos y tecnológicos, en muchos casos de empresas estatales, estimaciones de distribución de combustibles para YPF, análisis de datos de radiación cósmica para el Departamento de Física de la UBA, y para realizar modelos econométricos.

“Ciertos procesamientos posteriores al censo de 1960 de cierta complejidad se pudieron hacer en Clementina”, recordó Carnota.

UN SÍMBOLO DEL FUTURO

Clementina, esa selva de circuitos valvulares de descomunal tamaño, era un símbolo del futuro, de un mundo dominado por procesos automáticos conducidos por ‘cerebros electrónicos’ que estaba en marcha.

“Pero con Clementina – apunta por su parte el investigador Carlos Borches - se pudo ingresar de diversas formas a ese mundo, y lo singular no estaba en la máquina sino en la política que Sadosky tenía para ella”.

La máquina estaba instalada en el Instituto de Cálculo, donde convivió con la formación de Computadores Científicos que tuvieron una formación más integral, un entrenamiento intelectual que les permitió adaptarse a los sucesivos cambios y ser ellos mismos innovadores”.

“El Instituto de Cálculo – señala Borches - formaba técnicos y asistía en la resolución de numerosos problemas a empresas y grupos de investigación, pero en el plan de Sadosky todas esas experiencias podían ser puntas de lanza para que investigaciones científicas dieran respuesta a las demandas y generar ciencia de impacto nacional”.

En ese marco, la gestión de la matemática Rebeca Cherep de Guber, nacida en 1926, fue fundamental para la concreción de proyectos del Instituto de Cálculo. En 1960 asumió al frente de la Secretaría Técnica de ese organismo y participó junto a Sadosky de la creación de la Carrera de “Computador Científico”.

“A mi juicio, celebrar la creación del Instituto de Cálculo es más que recordar la compra de una computadora o la posterior creación de una carrera, es valorar la experiencia de la incorporación de una tecnología que estaba revolucionando el mundo”, enfatizó Borches.

Aquella suntuosa máquina conocida como “Clementina”, siguió funcionando hasta 1971, momento en el cual no había prácticamente ni repuestos ni posibilidad de mantenerla, para quedar luego absolutamente superada, como que sus capacidades no lograrían ni igualar siquiera a un teléfono celular de la actualidad.

 

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