El deseo y la caída de un hombre que lo tuvo todo
Edición Impresa | 16 de Noviembre de 2025 | 05:09
Julio Andrada es un hombre hecho a sí mismo. Viene del barrio, pero vive en Palermo; tiene una fábrica, una familia, una vida que parece perfectamente ordenada. Cada mañana, camino a su empresa, atraviesa en auto las calles humildes de la avenida Amancio Alcorta, donde su pasado aún respira. Le gusta mirar esos barrios: le recuerdan de dónde salió y, sobre todo, le confirman que ya no pertenece a ellos. Hasta que un día, en una parrilla, escucha una conversación casual entre camioneros sobre el mercado sexual en la villa. Entre risas, mencionan a chicas de catorce años. Y algo —una pulsión, una sombra— se enciende en él. Ese día, sin saberlo, Andrada empieza a perderlo todo.
En Oscura monótona sangre, Olguín retrata el derrumbe de un hombre atrapado entre el deseo y la culpa. Julio visita la villa, conoce a Daiana, una adolescente que sobrevive entre el paco y la prostitución. Lo que comienza como un impulso carnal se convierte en obsesión: Andrada quiere “rescatarla”, comprarle una vida distinta, construir con ella una pureza imposible. Pero en esa búsqueda termina cruzando todas las fronteras: la moral, la social y la del crimen.
No hay juicios en la narración. El autor elige mirar el mundo a través de los ojos de Andrada, incluso en sus momentos más miserables. Esa decisión incómoda es, quizás, el mayor logro de la novela: obliga al lector a confrontar sus propios límites, a preguntarse dónde empieza la monstruosidad.
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