Cinco actividades clave para cuidar la memoria y mantener la mente joven

Son tareas que se complementan entre sí y forman un círculo virtuoso: moverse, ser creativo, memotest, juegos y la compañía

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En un mundo que envejece aceleradamente, la salud cerebral se volvió uno de los temas más urgentes de la agenda pública. Las proyecciones globales muestran que los casos de demencia podrían triplicarse en las próximas décadas, pero también que el deterioro cognitivo no es un destino inevitable: una combinación adecuada de hábitos y estímulos puede fortalecer la memoria, mejorar la atención y construir la llamada “reserva cognitiva”, una especie de escudo interno que ayuda al cerebro a resistir los efectos del paso del tiempo. Diversas investigaciones avanzadas coinciden en que hay cinco actividades con impacto directo y comprobado sobre la salud mental a largo plazo, y que incorporarlas desde la mediana edad —o incluso antes— marca una diferencia significativa en la vida futura.

El ejercicio físico encabeza las recomendaciones en todos los estudios revisados. Lejos de ser una cuestión estética, moverse mejora la función del hipocampo, área crítica para la memoria, y estimula la liberación de proteínas como el BDNF, una molécula que actúa como fertilizante para las neuronas. Caminar a paso vivo, realizar rutinas aeróbicas y, especialmente, incorporar ejercicios de fuerza se asocian con menos inflamación, mejor circulación cerebral y un enlentecimiento real del deterioro cognitivo. Ensayos clínicos recientes demostraron que combinar aeróbico con fuerza es aún más efectivo que hacer solo uno de los dos: el cerebro, igual que los músculos, necesita entrenamiento variado para crecer y protegerse.

A la par del movimiento físico, los juegos intelectuales reaparecen como una herramienta poderosa. Ajedrez, damas, rompecabezas, crucigramas, cartas o incluso el cubo de Rubik funcionan como gimnasios mentales capaces de poner en marcha redes neuronales complejas que incluyen memoria de trabajo, atención sostenida, razonamiento lógico y flexibilidad cognitiva. La evidencia muestra que quienes practican estos ejercicios de manera constante desarrollan mayor reserva cognitiva y retrasan la aparición de síntomas en casos de enfermedades neurodegenerativas. No se trata solo de “no perder la memoria”, sino de estimularla en un entorno desafiante, divertido y socialmente enriquecedor.

El tercer pilar es aprender habilidades nuevas, algo que muchas veces se abandona después de los 40 o 50 años. Los especialistas coinciden en que el cerebro necesita novedades para mantenerse joven: estudiar un idioma, aprender a tocar un instrumento, iniciarse en el tejido o la carpintería, animarse a la cerámica o a la programación son ejemplos de desafíos que combinan atención, memoria, motricidad y creatividad. La neuroplasticidad —la capacidad de modificar conexiones y crear nuevas— se fortalece cuando el cerebro enfrenta tareas no rutinarias. Aprender es, en términos estrictos, una forma de rejuvenecimiento neuronal.

Las actividades creativas ocupan también un lugar central en la prevención del deterioro. Pintar, dibujar, modelar arcilla, hacer collage o bordar no solo estimulan áreas cognitivas vinculadas con la planificación y la concentración, sino que además reducen el estrés, uno de los grandes enemigos de la salud cerebral. El estrés crónico está asociado con inflamación y pérdida de volumen en zonas clave del cerebro, mientras que la creatividad funciona como un refugio emocional que favorece procesos de reparación interna. Lo interesante es que cualquier persona puede acceder a este tipo de actividades sin importar la edad o el nivel de habilidad.

Finalmente, la interacción social —a menudo subestimada— surge como un factor decisivo. Hablar con amigos, participar en grupos, compartir juegos, proyectos o simplemente una conversación cotidiana protege la mente tanto como un ejercicio cognitivo formal. La soledad y el aislamiento social duplican el riesgo de deterioro, mientras que la vida social activa estimula múltiples redes neuronales simultáneamente: lenguaje, memoria, emociones, toma de decisiones. En otras palabras, el cerebro necesita vínculos para mantenerse sano. El aislamiento, incluso en personas con alta escolaridad, puede acelerar el deterioro tanto como una mala alimentación o el sedentarismo.

 

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