Los outsiders y el síndrome del último Iphone
| 16 de Diciembre de 2025 | 13:00
Jimena Monserrat Chabrux
La eclosión pública del pastor evángelico y showman Dante Gebel nos confirma la necesidad de novedad en el consumo político y la velocidad con la que figuras no tradicionales pasan de la periferia al centro de la escena, en un proceso que tiene su inicio en el primero de los outsiders que arribaron al poder durante el ciclo corto de la democracia recuperada en el año 1983.
Mauricio Macri era un outsider que venía del mundo de los negocios, un empresario de cuna, hijo de un capitán de la industria empresarial. Los políticos tradicionales lo veían con recelo, como alguien que no era propio del “sistema político”. Sin embargo, su paso exitoso como presidente del Club Boca Juniors, su desembarco como Diputado Nacional, su gestión como Jefe Porteño y su posterior Presidencia; lo integró con el tiempo a la estructura que inicialmente tanto lo resistía.
Ahora Javier Milei representa otra etapa de esta lógica, es el primer presidente argentino nacido en la era del algoritmo. Aparece como el más outsider de todos. Dicen que la política no es una carrera de velocidad pero, para él, vaya si lo fue. Su salto desde los sets televisivos, donde exhibía la misma personalidad eufórica que vemos hoy, a la Casa Rosada en apenas tres años es una demostración de cómo opera en la actualidad la atención pública. Lo llamativo, y nada casual, es que hoy las críticas más duras hacia Dante Gebel provengan del propio orbitante mileísta.
Lo que sucede es que para un outsider consolidado, la aparición de uno nuevo funciona como el síndrome del último Iphone: la llegada del nuevo modelo amenaza (y pretende) reemplazar al anterior, incluso antes de que este termine de asentarse. Y es que lo nuevo le tiene rechazo a lo último y la política, igual que el mercado tecnológico, se rige por una regla implacable: todos quieren “el último”, porque lo anterior puede quedar viejo demasiado rápido.
Esto se puede comprender desde la lógica misma del origen del outsider, ya que a diferencia del político tradicional que tiene un cursus honorum que va en toda su carrera de concejal, legislador hasta candidato a presidente; el outsider es la representación del consumo coyuntural que hoy vivenciamos como más efímero que nunca. En la era de la posverdad, vivimos en sociedades donde la atención se convirtió en un bien escaso. En nuestro país se estima un ecosistema digital de 40 millones de personas que pasamos entre 4 - 6 horas diarias en nuestro celular todos los días, no para conectarnos, sino para entretenernos. Ese déficit estructural de atención acelerado por la lógica algorítmica contemporánea, produce votantes que procesan la información en fragmentos, buscan gratificación instantánea y se sienten atraídos por aquello que irrumpe, sorprende y rompe la monotonía del flujo informativo. Este nuevo ecosistema favorece a los outsiders políticos, donde lo emocional pesa más que lo factual, y donde la legitimidad se obtiene por resonancia antes que por evidencia.
El electorado hiperestimulado busca lo mismo que busca en las redes: lo último, lo nuevo, lo excepcional. De esta manera, el fenómeno no debe leerse solamente como crisis política, sino como un sistema en crisis y el síntoma de una transformación cognitiva y cultural mucho más profunda donde la política está siendo filtrada por las mismas lógicas que ordenan nuestra vida digital. Y en ese terreno, quienes logran generar interrupción, sorpresa y novedad ganan.
Cuando nos falta el celular aparece la abstinencia ante la ausencia de dopamina que brinda la novedad. Cuando falta la novedad en política, aparece la apatía y la desconexión. En este punto el interrogante es si nuestras democracias y partidos políticos podrán reconstruir mecanismos de atención sostenida y deliberación racional, o si la política del futuro será, inevitablemente, la política del scroll infinito. ¿Cuánto tiene de novedoso el último Iphone respecto del anterior?
PD: esta nota que usted acaba de leer demandó apenas 3 a 4 minutos de atención, 637 palabras que lograron retenerlo antes de que su cerebro pida volver al celular. La política, créame, enfrenta exactamente el mismo dilema.
(*) Consultora en Asuntos Públicos y Comunicación Estratégica
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