Chicos rehenes de los “tironeos” legales entre adultos
Edición Impresa | 2 de Febrero de 2025 | 04:52

Alejandra Castillo
alecastillo95@hotmail.com
Si el calor no da tregua, tampoco la “novelita” mediática del verano, que suma capítulos y protagonistas a una zaga que esconde un riesgo cierto: la intimidad y el resguardo de ocho menores de entre 8 y 16 años, involucrados en lo que debería ser un litigio familiar entre Wanda Nara y Mauro Icardi.
Es que está en juego mucho más que la tenencia de las dos hijas de la pareja. La pelea salpica a los tres varones que la mediática tuvo con Maxi López y a los otros tres hijos que María Eugenia “China” Suárez tuvo con Nicolás Cabré y Benjamín Vicuña. ¿Quién o quienes deberían atender a la vulnerabilidad de los chicos para proteger sus psiquis en formación, teniendo en cuenta que los adultos responsables parecen estar ocupados en otra cosa? Hay distintas instancias, aunque no siempre funcionan.
Martín Ozafrain es un abogado civilista de La Plata con una larga trayectoria en derecho de Familia. Desde esa experiencia considera que “todo dependerá del enojo entre los mayores”. Si se trata de una separación acordada o sin demasiados rencores, “los problemas de los chicos se resuelven enseguida y los de los bienes también”, porque “no son pocos los que eligen perder, sabiendo que ganan en tranquilidad”.
Con las partes de acuerdo, el asunto se salda “con un escrito. Se presenta, se pide la homologación y listo. Si no, puede extenderse de por vida”, concluye. Si bien rescata el abogado que los avances en materia de legislación aliviaron todo lo relacionado con el proceso de divorcio, la cuestión se complica cuando cualquiera o ambas partes “toman a los menores como rehenes”. Entonces todo dependerá “del daño que quieran hacer”. Y puede ser extremo.
Pone como ejemplo el caso de Herman Krause, el platense que fue falsamente denunciado por su ex pareja, logró que la justicia la obligara a recomponer el vínculo con sus dos hijos y ella se los llevó de manera ilegal a Brasil. Entre una cosa y otra, hace casi un año y medio que Herman no ve a los niños, de 7 y 9 años.
“Con muy pocos elementos te pueden sacar a tus hijos de un día para el otro”, resalta Ozafrain, sobre todo porque una denuncia por abuso o violencia de género -que habilita el dictado de una perimetral o cautelar- no requiere de testigos y sí de un buen tiempo de investigación para probar que es falsa. Encima, las penas son irrisorias (al menos por ahora), el tiempo no se recupera y si hablamos de vínculos parentales, los daños pueden ser tan profundos como definitivos.
En muchos casos, ni siquiera necesitan de ese recurso extremo para evitar el contacto. El abogado pone como ejemplo un caso en el que intervino, con una madre que no quería que su ex marido viera al hijo y logró evitarlo desde que el nene cumplió 8 años.
“El padre hizo una denuncia por impedimento de contacto, se llegó a juicio y el fiscal no acusó, pero fuimos hasta la Cámara, que le dio la razón”, refiere el abogado. Aunque la justicia ordenó reanudar el contacto “de manera inmediata”, en los hechos esto nunca sucedió y ahora es el propio menor, de 15 años, quien se niega a ver al padre y hasta reclama el cambio de apellido. “En ese caso ya no podemos hacer nada”, asume Ozafrain, adjudicando el cuadro de situación a la influencia de la madre y a la inacción de la justicia: “Si hubiera intervenido de manera inmediata, esto no pasaba”, dice.
El impedimento de contacto es un delito tipificado por la ley 24.279 del Código Penal, que se configura cuando un padre, madre o tercero impide que un menor vea a su progenitor no conviviente, por cualquier vía. La pena es de un mes a un año de prisión, pero puede aumentar si se trata de menores de 10 años o con una discapacidad.
“PONERSE LOS PANTALONES LARGOS”
Otro abogado platense, Flavio Gliemmo, considera que “la legislación está bien, aunque se podría optimizar, pero es el juez el que tiene que ponerse los pantalones largos” y en muchos casos no lo hacen “porque están temerosos”. Con vasta experiencia en el derecho penal, reconoce que el impedimento de contacto es un delito más común de lo que se cree.
“Es cuando una de las dos partes incumple con lo dispuesto por el juez de familia. Vas a buscar a tu hijo y nunca está”, explica Gliemmo, “porque justo lo tuvo que llevar al médico y presenta un certificado trucho firmado por un amigo, porque no fue a la escuela” o por un larguísimo etcétera. A la otra parte le queda el recurso de hacer la denuncia: puede ir directamente a una comisaría y esperar meses para obtener una respuesta, o contratar a un abogado para que accione penalmente, con el costo que ello implica.
“Puede pasar que el chico no quiera ver al padre, como tampoco podés obligar a alguien a cumplir ese rol. Si agarra la valija, se va del país y deposita la cuota alimentaria, no podés hacer nada. Son temas complejos. El verdadero problema es cuando los dos padres les hacen daño a sus hijos y generan un lío con varias familias, por malas decisiones suyas”, reflexiona (imposible no conectar con el culebrón mediático del verano).
En tal caso, dice Gliemmo, “el juez tiene que llamar a las partes, a sus abogados y hacer cesar todo eso, porque tiene facultades ordenatorias en el proceso”. Aunque a veces no se note.
EL RIESGO DE VER A LOS PADRES SEXUALIZADOS
“Lo ideal siempre son separaciones en las que circule la palabra y no se tenga que llegar a la justicia”, destaca la licenciada en psicología Luciana Tamagno, pero, si eso no ocurre, el tercero mediador deberá garantizar que se llegue a un acuerdo que garantice el cumplimiento de las necesidades de los hijos, el tiempo que comparten con cada progenitor y el destino de los bienes en común. No mucho más.
“Cuando todo se vuelve tan encarnizado o es motivo de conflicto y a un escrito se le responde con otro, se esconden disputas emocionales disfrazadas de económicas, con adultos que buscan que la justicia les dé la razón o lastimar al otro”, explica Tamagno.
De nuevo, lo más grave es que los chicos suelen quedar entrampados en este laberinto judicial. “Rara vez quedan ajenos”, confirma Luciana, “hasta los escuchás hablar con un tecnicismo en su lenguaje que no es propio para su edad. Tenía una paciente cuyos padres se disputaban un bien desde hacía diez años y ella tenía esas palabras en su lenguaje cotidiano, lo que probaba que había sido parte, no solo con la escucha”.
La niñez es el tiempo en que “todo se dirime en quién es bueno y quién es malo, quién tiene razón y quién no, pero es muy difícil colocar en esos títulos a los padres”, dice la profesional. Siempre que no haya habido situaciones de abuso, violencia o cualquier otro extremo, en este tipo de conflictos no hay santos ni demonios, sólo dos adultos que cometieron errores y no se ponen de acuerdo.
El problema se agrava cuando uno de los progenitores, o ambos, pretende que el menor tome una posición o crea una idea de injusticia en relación con el otro: “No es gratis hacer parte de estos problemas a los hijos. Todo es un trofeo o un esquema de quien tiene razón”.
Este tipo de historias deja huellas que pueden afectar el concepto de figuras parentales, familia, relaciones; del hombre o la mujer, aunque aclara Tamagno que “el concepto es amplio porque el aparato psíquico tiene de particular que no todos reaccionamos igual. No es lineal, porque siempre podemos hacer algo con lo que vivimos. La diferencia la hace el sujeto con el conflicto a resolver. Y meterse ahí es siempre doloroso”.
“Un chico no tiene que estar en un juzgado, siendo peritado. Tiene que estar jugando, ver a los dos padres sin carencias económicas o viviendo realidades distintas, según en qué casa esté. Y tiene que ver a los padres como padres y no como esposos, porque los terminan viendo sexualizados. Hay brillantes padres que son malísimos maridos y lo que ocurre en una pareja no es correlativo a la paternidad”, compara la psicóloga.
Admite que el conflicto se multiplica por las redes y, si los padres son famosos, “la onda expansiva es mayor, porque para todos es un chiste, menos para ellos. El principal resguardo deberían ser los padres, pero la bomba está justamente en la casa”.
Por último, detalla Tamagno que un divorcio o separación no necesariamente es una condena para los hijos ni para la idea de matrimonio; “lo que es determinante es cómo los padres llevaron esa separación y cómo impactó en cada subjetividad. Lo vemos en hermanos con la misma historia y salidas distintas”. Lo único seguro es que “son situaciones que dejan marca”.
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