Lácteos bajo la lupa: mitos, verdades y lo que conviene saber antes de eliminarlos
Edición Impresa | 11 de Enero de 2026 | 03:26
La relación entre los lácteos y la salud está atravesada por mitos persistentes. Son alimentos cotidianos, culturalmente arraigados y, al mismo tiempo, objeto de sospecha: que inflaman, que engordan, que son indispensables, que las versiones vegetales los superan o que la leche cruda es “más natural”. La evidencia científica, sin embargo, ofrece una mirada más matizada.
Uno de los errores más extendidos es creer que la leche es indispensable para una alimentación saludable. Si bien históricamente aportó nutrientes clave en contextos de escasez, hoy no resulta imprescindible.
El calcio, las proteínas, la vitamina B12 o el fósforo que aporta la leche pueden obtenerse de otros alimentos: pescados con espinas comestibles, verduras de hoja verde, carnes magras o productos fortificados. Estudios recientes incluso muestran que no hay diferencias significativas en el riesgo de fracturas entre quienes consumen mucha leche y quienes no lo hacen. La clave no está en un alimento aislado, sino en el equilibrio general de la dieta.
Otro punto discutido es la supuesta superioridad de los lácteos bajos en grasa. Durante décadas se los recomendó para reducir el consumo de grasas saturadas, pero hoy esa indicación se revisa. La leche entera y la descremada tienen cantidades similares de proteínas y calcio; la diferencia está en las calorías y la grasa.
La leche entera y la descremada presentan valores diferentes en las calorías y en la grasa
Algunas investigaciones incluso asocian el consumo de lácteos enteros con menor riesgo de diabetes tipo 2. No hay una opción universalmente mejor: la elección depende de las necesidades, preferencias y contexto de salud de cada persona.
En el extremo opuesto aparece la idea de que las leches vegetales son siempre más nutritivas que la de vaca. Aunque pueden ser una alternativa válida, no son equivalentes desde el punto de vista nutricional. Muchas tienen menos proteínas, calcio o vitaminas del complejo B y D, y algunas contienen azúcares añadidos o sodio. Además, no todas aportan proteínas “completas”, es decir, con todos los aminoácidos esenciales. La leche de soja es una excepción en este punto; la de vaca, también.
La intolerancia a la lactosa es otro motivo frecuente para eliminar por completo los lácteos, pero no siempre es necesario. Muchos productos contienen poca lactosa y suelen tolerarse bien: quesos duros, manteca, yogur y otros fermentados. También existen opciones sin lactosa y suplementos de lactasa que facilitan la digestión. En muchos casos, el problema no es el grupo de alimentos en sí, sino la forma y la cantidad en que se consumen.
El riesgo de la leche sin pasteurizar es real y grave en niños, embarazadas y personas mayores
Quizás el mito más riesgoso es el que reivindica la leche cruda como una opción “más sana”. La pasteurización puede reducir mínimamente algunos nutrientes, pero no de manera relevante. En cambio, elimina patógenos peligrosos como salmonela, listeria o E. coli.
El riesgo sanitario de la leche sin pasteurizar es real y especialmente grave en niños, embarazadas y personas mayores.
Desde el punto de vista nutricional, los lácteos siguen siendo alimentos de alto valor: aportan proteínas de calidad, calcio de fácil absorción, vitaminas A, D y E, y grasas que facilitan la digestión.
El yogur, además, suma probióticos que benefician la flora intestinal y el sistema inmunológico.
El queso concentra nutrientes, aunque también sodio y grasas, por lo que conviene moderar su consumo y elegir variedades adecuadas según cada caso.
Las recomendaciones actuales son claras pero flexibles: una taza diaria de leche o su equivalente, dos yogures y porciones moderadas de queso. No es obligatorio consumirlos, pero tampoco necesario demonizarlos. Entre el entusiasmo ciego y el rechazo absoluto, la evidencia propone una tercera vía: información, contexto y decisiones informadas.
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