“Marty Supremo”: una película que se lleva todo por delante
Edición Impresa | 17 de Enero de 2026 | 01:47
Pedro Garay
pgaray@eldia.com
Los hermanos Safdie, pretendidos herederos del nervio del cine de las calles neoyorkinas de Scorsese, se separaron: tras filmar en el indie joyas como “Heaven knows what”y saltar a la escena principal en asociación con A24 con “Good Times” y “Uncut Gems”, Benny y Josh decidieron que era hora de seguir caminos separados. Pero, como en un desafío, los dos estrenaron, en cuestión de meses, su primera película en solitario, y las dos son películas que transcurren en el mundo del deporte.
En la primera en estrenarse, “La máquina”, con La Roca buscando el Oscar por su encarnación de un luchador libre con problemas de adicción, Benny pareció quedarse algo corto: emotiva, quizás, pero un poco formulaica, con un héroe tranquilo en las tormentas, carecía del vértigo de las producciones de los hermanos, como si buscara distanciarse de ese gesto estético pero terminara pareciéndose demasiado a algunos dramas deportivos convencionales del último tiempo, más duros y realistas en su retrato de lo que hay detrás del glamour.
La respuesta de Josh, en cambio, conserva el nerviosismo, la desesperación, de los autores: “Marty Supremo”, recién estrenada en cines, continúa la tradición de transcurrir en Nueva York, al pie de la calle, protagonizada por un buscavidas, medio estafador, algo simpático, siempre acelerado. El héroe safdiano es un sobreviviente moralmente “complejo”, pongamosle. Sin dudas, un antihéroe nada convencional: Timothée Chalamet busca su Oscar como Marty Mauser, un jugador de tenis de mesa con cara de ratón, bigote puber, flacucho, afeado por el acné y el sudor de la vida y la lucha, y poseído, a pesar de todo, por la electricidad de los que tienen fe en su destino.
Marty, papel para el que Chalamet pasó siete años preparándose (algo que declama a los siete vientos, en parte todavía poseído por el espíritu ambicioso de su personaje, en parte quizás como un juego promocional), juega mejor al tenis de mesa que la mayoría. Pero el tenis de mesa, más aún en los años 50 en que transcurre la película, no da dinero, así que cuando no está vendiendo zapatos a regañadientes (pero con gran habilidad: es un experto mentiroso) está engatusando a jóvenes ingenuos en las fondas del under neoyorkino. Tiene sin embargo un sueño: dejar atrás todo eso y convertirse en una estrella de las que salen en las cajas de los cereales.
El nervio desesperado de la película es el nervio de Marty, que hará todo y más para juntar unos mangos e ir a jugar el Mundial a Japón: es una película deportiva, también una especie de coming of age, y sobre todo una historia de supervivencia en otra Nueva York, antes de la gentrificación, una Nueva York llena de gente endurecida por la vida, de buscavidas, de estafas, también de cierta vitalidad. Está inspirada en hechos reales, pero no es una biopic: basada en la vida de Marty Reisman, la película toma algunos datos puntales de su biografía pero sobre todo se abraza a su naturaleza de fabulador, y fabula con él fugándose hacia la ficción. Es una película fanfarrona como su personaje, como la ciudad que habita. Como su magnético protagonista, del que no podemos despegar la vista incluso cuando es insoportable, la película avanza a los tumbos, casi de manera improvisada, sin reflexión: las capas de desventuras (la peripecia deportiva se completa con mafiosos, tiros, persecuciones, perros escapados, embarazos, infidelidades…) se superponen de manera desordenada, absolutamente excesiva, pero “Marty Supremo” nunca pide perdón. Como Marty Mauser.
El resultado (filmado en 35mm en la picante Nueva York de los 50, recreada a la perfección para la ocasión) es vértigo puro, el retrato de una vida vibrante en un mundo despiadado: “Marty Supremo” es como un partido de tenis de mesa, donde es difícil seguir el rumbo de la pelotita que se mueve sin freno, sin respiro. Como escribió Diego Lerer, Josh Safdie cree en el cine como una experiencia kinética, movimiento continuo. Cree en llevarse todo por delante y arrastrar a todos en ese torbellino.
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