Atravesar el dolor: qrué es el duelo, como se vive y por qué no existe una única forma de transitar una pérdida

Desde la muerte de un ser querido hasta una separación, una migración o la pérdida de la salud: cómo se desarrolla esta etapa, qué tipos de procesos existen y cuándo es necesario pedir ayuda

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El duelo no llega con aviso ni con instrucciones. Aparece cuando algo —o alguien— falta, y con esa ausencia se altera el orden cotidiano de la vida. En términos psicológicos, el duelo es el proceso de adaptación emocional, cognitiva y conductual que atraviesa una persona frente a una pérdida significativa. No es una patología ni un trastorno en sí mismo: es una respuesta humana esperable ante el quiebre de un vínculo, una identidad o un proyecto.

Aunque suele asociarse exclusivamente a la muerte, el duelo es mucho más amplio. También se activa frente a separaciones, despidos, mudanzas, migraciones, enfermedades crónicas, infertilidad o el derrumbe de una idea de futuro. Cada vez que algo importante deja de estar —o deja de ser como era— se pone en marcha este trabajo psíquico silencioso y, muchas veces, incomprendido.

UN PROCESO, NO UNA ENFERMEDAD

Desde la psicología, se insiste en una idea central: duelar no es enfermarse. Es atravesar una experiencia dolorosa que exige tiempo, recursos internos y, en muchos casos, acompañamiento. El problema aparece cuando el proceso se bloquea, se congela o se vuelve crónico, impidiendo que la persona retome su vida cotidiana.

Durante años, el duelo fue pensado como una secuencia ordenada de etapas. El modelo más difundido —negación, ira, negociación, tristeza y aceptación— ayudó a poner palabras a experiencias comunes, pero hoy se lo toma con cautela. Las investigaciones actuales coinciden en que no todas las personas atraviesan todas las etapas, ni lo hacen en el mismo orden.

 

Es un proceso de adaptación emocional, cognitiva y conductual frente a una pérdida

 

En la práctica, el duelo funciona más como un movimiento en espiral que como una escalera. Hay avances y retrocesos, días de calma y otros de desborde, momentos en los que la ausencia parece tolerable y otros en los que vuelve a doler como el primer día.

LAS ETAPAS, SIN RIGIDEZ

Aun así, describir ciertas fases puede ayudar a comprender lo que ocurre internamente. Cabe destacar que no es un proceso para nada lineal Negación es la primera etapa. Suele aparecer al inicio. Es una forma de amortiguar el impacto. La mente se resiste a aceptar lo sucedido y genera una sensación de irrealidad. Luego, suele devenir la ira: el enojo puede dirigirse al entorno, a uno mismo, a la persona perdida o incluso a la vida. Aparecen preguntas sin respuesta.

La tercera fase es la negociación: intentos mentales de revertir la pérdida, acompañados de culpa retrospectiva: “si hubiera hecho algo distinto”. Finalmente, apaece la tristeza profunda: contacto pleno con la ausencia. Llanto, apatía, cansancio emocional y retraimiento social.

La última es la aceptación: no implica estar bien ni olvidar, sino integrar la pérdida a la propia historia y seguir viviendo con ella.

Lo cierto es que aceptar no es resignarse. Es aprender a convivir con lo perdido sin que el dolor lo ocupe todo.

LOS DISTINTOS TIPOS DE DUELO

No todos los duelos son iguales ni tienen la misma complejidad. La psicología distingue varios tipos: el duelo normal, cuyo dolor es intenso, pero con el tiempo se transforma.

Se puede desencadenar el duelo anticipado: comienza antes de la pérdida, como en enfermedades terminales.

En tanto, el duelo complicado o prolongado significa cuando el sufrimiento no disminuye y la vida queda detenida.

También puede aparecer el duelo ambiguo: se desarrolla cuando no hay certeza de pérdida ni posibilidad de cierre, como en desapariciones o rupturas sin explicación.

Asimismo está el duelo desautorizado, que es socialmente invisibilizado, como la pérdida de una mascota, un aborto o una relación no reconocida.

En fin, puede desarrollarse el duelo colectivo: aquel que es compartido por una comunidad, como ocurrió durante la pandemia.

Estos últimos dejaron en evidencia algo clave: no todos los duelos reciben el mismo reconocimiento social, y esa falta de validación puede profundizar el sufrimiento.

EL CUERPO TAMBIÉN DUELA

El duelo no es solo emocional. También se manifiesta en el cuerpo: insomnio, alteraciones del apetito, fatiga, dolores físicos, dificultad para concentrarse. Muchas personas se sorprenden al notar síntomas corporales intensos y no los asocian al proceso de pérdida.

En una cultura que privilegia la productividad y la rapidez, el duelo suele vivirse en soledad o en silencio. Se espera que el dolor “pase” rápido, que la persona “sea fuerte” o “siga adelante”. Pero el duelo no responde a calendarios externos. No hay tiempos correctos ni formas universales de transitarlo.

QUÉ INFLUYE EN CÓMO SE DUELA

La manera en que una persona atraviesa una pérdida depende de múltiples factores: el tipo de vínculo, la forma en que ocurrió la pérdida, las experiencias previas, la red de apoyo emocional y el contexto social y cultural. No duele lo mismo una muerte repentina que una esperada, ni una pérdida acompañada que una vivida en soledad.

Por eso, comparar duelos suele ser injusto e inútil. Cada proceso es singular.

CUÁNDO PEDIR AYUDA

Aunque el duelo es un proceso normal, hay señales de alerta que indican la necesidad de acompañamiento profesional: cuando el dolor no disminuye con el paso de los meses, cuando aparece un aislamiento extremo, culpa persistente, ideas de muerte o una imposibilidad total de retomar la vida cotidiana.

Pedir ayuda no acelera el duelo, pero puede evitar que se vuelva un encierro.

 

En el duelo hay avances y retrocesos, días de calma y otros momentos de desborde

 

APRENDER A VIVIR CON LO QUE FALTA

El duelo no se supera como una materia pendiente. Se elabora, se transforma, se integra. La pérdida no desaparece, pero deja de ocupar el centro de la escena. En algún punto, el recuerdo deja de ser solo herida y empieza a volverse memoria.

Acompañar a alguien en duelo no requiere grandes discursos. Muchas veces alcanza con estar, escuchar y no apurar. Porque el duelo, en el fondo, es eso: el trabajo íntimo de aprender a vivir en un mundo que ya no es el mismo.

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