Covid-19: por qué hubo millones de personas que rechazaron la vacuna

El temor a los efectos secundarios fue el principal motivo de rechazo, pero el seguimiento mostró que casi dos tercios de quienes dudaban terminaron inoculándose. Qué explica esa contradicción y qué deja como enseñanza para la salud pública

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La pandemia de Covid dejó una paradoja difícil de ignorar: mientras las vacunas permitieron reducir contagios, evitar muertes y acelerar la vuelta a una vida más parecida a la normal, una parte significativa de la población decidió no vacunarse o postergar la decisión durante meses. Esa resistencia, que se volvió más visible en plena emergencia sanitaria, hoy sigue teniendo consecuencias concretas en la salud pública.

Un amplio relevamiento realizado en el Reino Unido, recientemente publicado en una de las revistas médicas más prestigiosas del mundo, se propuso responder una pregunta clave: **por qué tanta gente rechazó o dudó de una vacuna que demostró ser eficaz**. El estudio no solo identificó los principales motivos de la desconfianza, sino que además siguió durante años a quienes se resistían para observar qué hicieron finalmente.

La investigación analizó datos de más de un millón de personas adultas. Aunque la mayoría aceptó vacunarse, un pequeño pero significativo grupo expresó reticencia abierta o indecisión. Al inicio de 2021, cuando la vacunación comenzaba a desplegarse, casi el 8% de la población mostraba dudas. Con el paso del tiempo, ese número bajó de manera considerable, aunque nunca desapareció del todo.

EL MIEDO COMO FACTOR CENTRAL

El hallazgo más claro fue que **el principal motor del rechazo no fue ideológico, sino sanitario**. La mayoría de las personas que dudaron lo hicieron por temor a los efectos secundarios, especialmente a largo plazo. Muchas manifestaron querer “esperar y ver” qué ocurría con quienes se vacunaban primero, una actitud más cercana a la cautela que a la negación absoluta.

También aparecieron dudas sobre la eficacia real de las vacunas, alimentadas por la rapidez con la que fueron desarrolladas y por la circulación constante de información contradictoria. En un contexto de incertidumbre global, el miedo a lo desconocido funcionó como un freno poderoso.

Otros motivos tuvieron menos peso, pero no fueron irrelevantes: dificultades para trasladarse a los centros de vacunación, problemas de salud preexistentes, experiencias negativas previas con otras vacunas o una desconfianza general hacia las instituciones científicas y farmacéuticas.

“YO YA TUVE COVID”

Con el paso del tiempo, surgió un argumento que creció con fuerza: la idea de que la vacuna no era necesaria para quienes ya habían tenido coronavirus. Esta percepción se duplicó entre 2021 y 2022, impulsada por la sensación de inmunidad natural y por el cansancio social acumulado tras meses de restricciones, noticias alarmantes y cambios constantes en las recomendaciones sanitarias.

En paralelo, también aumentaron las posturas que minimizaban el riesgo del Covid, especialmente cuando las formas graves de la enfermedad comenzaron a disminuir. Para algunos sectores, el peligro parecía haber pasado, aun cuando los especialistas advertían lo contrario.

UN DATO INESPERADO

Uno de los aspectos más reveladores del estudio fue el seguimiento a largo plazo. Contra lo que suele creerse, **la mayoría de las personas reticentes no mantuvo su rechazo de forma permanente**. Cerca del 65% de quienes inicialmente dudaban terminó aplicándose al menos una dosis con el correr de los años.

Este dato sugiere que la resistencia no fue, en muchos casos, una postura rígida, sino una reacción cambiante frente a la información disponible, la experiencia colectiva y el contexto social. A medida que millones de personas se vacunaban sin consecuencias graves y que los beneficios se volvían visibles, parte de la desconfianza comenzó a ceder.

UNA LECCIÓN PENDIENTE

La investigación también confirmó que la reticencia fue mayor entre personas con menos recursos, menor nivel educativo y en comunidades históricamente postergadas. Esto expone una falla estructural: **la comunicación sanitaria no siempre logró generar confianza donde más se necesitaba**.

Más allá del Covid, el fenómeno deja una advertencia clara. La desconfianza hacia las vacunas no surge de la nada ni se combate solo con datos científicos. Está atravesada por miedos, desigualdades, experiencias previas y una relación frágil entre la sociedad y las instituciones.

Entender por qué la gente dijo que no —y por qué muchos cambiaron de opinión— es clave para enfrentar futuras crisis sanitarias. Porque la próxima emergencia, tarde o temprano, volverá a poner a prueba algo más que a la ciencia: la confianza colectiva.

 

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