¿Verano de recuperación o de transición en la Costa Atlántica?

Niveles de ocupación dispares, consumo moderado y un gasto turístico por debajo de los promedios históricos

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Instituto de Economía Aplicada

Universidad del Este

Con la llegada de los meses de verano vuelven los debates vinculados a la actividad turística y su importancia como sector económico. A mitad de enero, la costa bonaerense transita su período de mayor intensidad estacional, pero el balance preliminar dista de ser contundente.

Si bien el flujo de visitantes se mantiene activo y algunas localidades muestran buenos niveles de ocupación, los datos disponibles sugieren una temporada que, lejos de ser excepcional, se apoya más en la cantidad de turistas que en la calidad del gasto y el impacto económico efectivo.

El turismo, clave para la economía bonaerense

La importancia del turismo para la economía de la provincia de Buenos Aires es indiscutible. En ciudades como Mar del Plata, Villa Gesell, Pinamar o el Partido de La Costa, el verano concentra una porción sustancial del ingreso anual, del empleo temporario y de la actividad comercial.

Sin embargo, esa centralidad también vuelve más visible cualquier deterioro en las condiciones de la temporada.

En 2026, el contexto macroeconómico —con salarios reales muy deprimidos, inflación persistente y tipo de cambio apreciado que incita al turismo en el extranjero— condiciona de manera directa el desempeño del sector.

En términos de ocupación, la temporada muestra fuerte heterogeneidad. Algunas localidades más asociadas a un turismo de mayor poder adquisitivo y estadías más cortas, registran niveles elevados de reservas, especialmente en fines de semana.

En la primera quincena de enero, Pinamar superó el 80% de ocupación hotelera con un promedio general de 84%, y Cariló rondó el 90%, cifras que están en algunos casos por encima de los promedios de la temporada 2025, cuando Pinamar se movía alrededor del 75% y Cariló cerca del 88–90%.

En cambio, destinos masivos como Mar del Plata exhibieron ocupaciones moderadas, con fuerte dependencia de picos puntuales y promociones de último momento. La ocupación rondó el 60-75%, similar a lo observado en 2025. Este patrón refuerza una tendencia ya observada en años previos: mayor fragmentación del turismo interno y dificultades para sostener niveles altos de ocupación de forma continua durante toda la temporada.

El gasto

Más relevante aún es el comportamiento del gasto. Comerciantes, hoteleros y gastronómicos coinciden en que el consumo promedio por turista es sensiblemente más bajo que en temporadas históricas comparables.

Se observa una reducción en la duración de las estadías, mayor uso de alojamientos informales y una marcada cautela en consumos no esenciales. Los datos indican estadía similar a 2025, que promedió los 3,2 días.

En términos económicos, esto implica que una ocupación “aceptable” no necesariamente se traduce en una temporada buena: el derrame sobre la economía local resulta limitado y presiona la rentabilidad del sector, especialmente en un contexto de costos elevados.

Un frente tensión

El frente internacional agrega un elemento adicional de tensión. El turismo receptivo continúa mostrando debilidad, mientras que el turismo emisivo se mantiene elevado, impulsado por un tipo de cambio real apreciado y mayores facilidades para viajar al exterior.

La Costa Atlántica se enfrenta a crecientes problemas de competitividad

Este desbalance tiene impacto directo en la cuenta corriente: el turismo opera como un canal neto de salida de divisas, agravando la restricción externa en un momento donde la economía necesita dólares para sostener la estabilidad macroeconómica.

Para la provincia de Buenos Aires, este escenario plantea un desafío estructural. La Costa Atlántica sigue siendo un destino central del turismo nacional, pero enfrenta crecientes problemas de competitividad, estacionalidad extrema y dependencia de un consumo interno frágil.

Hasta ahora en este 2026, el diagnóstico es claro: no se trata de una mala temporada en términos de presencia de turistas, pero sí de una temporada económicamente débil, con bajo gasto, alta informalidad y escaso margen para compensar un año difícil.

En síntesis, el turismo bonaerense vuelve a mostrar su resiliencia, pero también sus límites. La temporada 2026 confirma que, sin mejoras en ingresos reales, infraestructura y competitividad frente al exterior, el sector corre el riesgo de consolidarse como un sostén cada vez más precario de las economías locales. Aun en pleno enero, el balance invita más a la cautela que al optimismo.

 

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